Volver al primer amor: el necesario regreso a las encuestas presenciales

Daniel Cabrera
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23 de agosto de 2019  • 18:23

Un reciente artículo de LA NACION trae noticias para el mundo de las encuestas. Buenas y malas.

La buena es que a raíz de un generalizado fallido en la predicción de los resultados electorales, varios consultores y analistas políticos se reunieron para reflexionar acerca de sus desaciertos. Un sano ejercicio corporativo.

Esta vez la responsabilidad del fracaso se lo llevó la desacertada decisión de elegir metodologías inadecuadas para consultar la opinión de la ciudadanía: las encuestas vía teléfono fijo.

En efecto, cada vez más se observa un profundo silencio telefónico aun en hogares que poseen el tradicional aparejo. El teléfono está, pero nadie lo usa. El celular gana la batalla por knock out.

Cuando esporádicamente llama el teléfono atendemos relativamente confiados porque creemos que puede ser nuestro familiar de avanzada edad, aunque también con temor a escuchar alguna noticia fatal o, asimismo, al metálico resonar de una mecanizada voz o -en el mejor de los casos- la modulada e impostada palabra de un operador -imposible no reconocerlo-. En este caso, inmediatamente lo etiquetamos y estigmatizamos -a veces equivocadamente- como un vendedor. No obstante, puede que se trate de un encuestador. Pero mala suerte para él, o ella. Lo más probable es que no lo atendamos y cortemos sin más vueltas. Al software que el consultor emplea no le importa -sea CATI o IVR-: inmediata y simultáneamente estará llamando a otros 10 hogares.

A todos estos tipos de encuesta le caben, además, otro par de argumentos negativos: la dificultad de establecer con cierta dosis de seguridad características básicas de los encuestados -género y edad- y la impracticabilidad de emplear cuestionarios largos y complejos -la mayoría de las pocas preguntas que se efectúan buscan como respuesta meras dicotomías: si, no; a favor, en contra; muchas veces desligadas de una actualidad cada vez más rica en matices, donde casi nada es blanco o negro-.

Sin embargo, los expertos hacen hincapié en el lugar errado. La debilidad del método telefónico no reside en un supuesto sesgo etario debido a su obsolescencia. La encuesta telefónica, apoyada en una muestra de hogares con teléfono fijo, confunde el universo de estudio que debería basarse en personas en condiciones de votar. Es decir, hay un problema importante en la construcción de la muestra, por más ajustes y ponderaciones que se realicen con posterioridad.

Por otra parte, la cantidad de personas que residen en hogares con teléfono fijo no coinciden con las habilitadas para sufragar, que son muchas más. Otro inconveniente en la elaboración muestral y punto en contra para esta opción, a pesar de su velocidad y escaso costo.

Parientes de esta metodología, aunque en fase de prueba, son las encuestas on line o a teléfonos celulares. Puede que introduzcan alguna mejora, pero ambas conservan la falla de origen: la falta de correspondencia entre la población que se desea estudiar -los facultados para votar- y el marco muestral de base; en este caso, computadoras y celulares -y no personas-.

Actualmente, en Argentina la cantidad de individuos -y no específicamente ciudadanos- no concuerda con el caudal de PC o de celulares. Para el año 2018, INDEC informa que un 42% de personas utiliza computadora y 63% de los hogares tiene acceso a una. Por otro lado, se registran 40 millones de usuarios únicos de celulares, según un estudio de Mobile Marketing Asociation.

Vayamos ahora a la mala noticia: parece ser que el alto costo de afrontar encuestas presenciales -la estrella de la película a la que nadie se anima a volver, por ahora- estaría llevando a los expertos a enfrentar una de las reglas básicas de cualquier metodología: la combinación de procedimientos. Qué saldrá de la mezcla y a qué porción de ella se asignarán los futuros equívocos, no se sabe todavía; pero estaría muy bien que lo vayan pensando los que saben.

*Docente e Investigador. Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y Flacso

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