Wall Street, donde juró Washington
En el siglo XIX, Manhattan ya había sido agredida
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El barrio se estremeció con los dos sacudimientos e, inmediatamente, a los temblores gigantes siguieron irrespirables nubes de polvo. Pero George Washington no se inmutó. Allí, en la escalinata del Federal Hall, en el 26 de Wall Street y la esquina de la calle Broad, permaneció emblemático en el bronce que lo perpetúa. Es cierto, sólo una estatua puede permanecer inconmovible ante tanto caos. Los registros dicen que también soportó una larga serie de pánicos. Es que la calle se transformó en el epicentro financiero de la ciudad a partir de 1790. Se acentuó dos años después cuando, debajo de un árbol a la altura del número 68, dio sombra a las reuniones de dos docenas de iniciales intermediarios de valores. Fueron los conjurados de un mutuo acuerdo. Así nació la más famosa bolsa de valores del mundo y el distrito quedó señalado como el ombligo del mundo.
Ese bajo Manhattan ha sido el origen histórico de la ciudad aun antes de 1600. Pero fue la Guerra de la Independencia lo que determinó la importancia estratégica del lugar. El primer ataque contundente fue el cañonazo disparado en agosto de 1775 desde el buque británico Asia. Dio en el tejado de la Fraunces Tavern, fastuoso comedor y vivienda de tres plantas erigido en 1719 en el 54 de la calle Pearl. El extremo isleño fue invadido por los ingleses en 1776 y se quedaron hasta 1783.
En el Bajo Manhattan -ya decididamente llamado Distrito Financiero-, la conjunción de los ríos Hudson y East flaqueó la epidemia de cólera en 1831 y la de 1849, que abatió a cinco mil víctimas. En 1835, el vecindario había entrado en pavura a causa del gigantesco incendio que lo devoró todo por debajo de la calle Wall, aquel enjambre de comercios, barracas y viviendas. El fuego tomó la parte oriental en dirección a Battery Park y produjo pérdidas por 10 millones de dólares.
Pánico permanente
Pérdidas aún mayores se proyectaron con las crisis financieras, frecuentes a partir de 1820. La del 10 de mayo de 1849 produjo tan profundo malestar que devinieron en disturbios y la consecuente represión: 131 soldados heridos y 30 muertos civiles. En enero de 1861, el mayor Fernando Wood declaró que la secesión era un hecho decidido y propuso que se proclamara una república independiente llamada Tri-Insula, formada por las islas de Manhattan, Long Island y Staten Island.
Era una etapa de crisis aguda, aunque la ciudad sostuvo lealmente la causa de la Unión (le brindó más de cien mil soldados a un costo de casi 15 millones de dólares). Para entonces, Nueva York se había extendido, y ya no era el lugar ceñido a unas calles tortuosas y cercano a las dársenas pobladas de bodegones y prostitutas. Iba camino de una lustrosa Big Apple y a ser emporio del comercio y las transacciones financieras. Los nuevos motines de 1863, facturados al descontento y a la perversidad del manejo de ciertos grupos que preferían beneficiarse del caos, produjeron mil muertes. El puerto estaba superado de actividad, pero el distrito financiero producía el caos. Había fraudes perpetrados por el Tweed Ring dependiente del Tammany Hall. Para 1871, el Tweed Ring quedó convencido de que le había robado a la ciudad 20 millones de dólares y se disolvió. El último pánico del siglo XIX alborotó la calle que nace en la Trinity Church en mayo de 1884.
¿Ese era el sueño de Washington? Sólo ambicionó recapturar a Nueva York, que ya a fines del siglo anterior se insinuaba como el centro del poder. Quería concluir la guerra y sugerir un gobierno estable y democrático. Tuvo la oportunidad de hacerse dictador después de encabezar -exitosa y dolorosamente- la Guerra de la Independencia, aun saboteado por complots internos. Ya Inglaterra había declinado y estaba por proclamarse la finalización de la guerra cuando más de un oficial se enroló en otra conjura. Enfrentó al general Gates y a muchos oficiales dispuestos a embarcarse en un peligroso movimiento. Washington irrumpió en la reunión, sacó unos lentes, confesó que la larga guerra le había agrisado los cabellos, pero también le traía la ceguera y leyó, pausadamente, un discurso en el que pidió la execración de quien quisiera destruir la libertad de su patria (no cabe duda de que tras el ataque al World Trade Center sus palabras se actualizaron).
Pero los acontecimientos de entonces no diseñaban mágicamente la gobernabilidad necesaria: el triunfo necesitaba maceración. El 19 de abril de 1783, en ese extremo de la isla neoyorquina se declaró la derrota final de los ingleses y seis días después el general Washington se encaminó con su estado mayor hasta el edificio que había recibido el primer cañonazo inglés sobre la calle Pearl. Allí comieron y brindaron por el futuro del país en la promesa de licenciar a las tropas.
Gracias a una restauración fiel de 1907 encomendada por los Hijos de la Revolución del Estado de Nueva York que compraron el edificio en 1904, la Fraunces Tavern permaneció indemne en la manzana que más edificios del siglo XVIII mantiene en pie de todo el distrito. Hasta el presente ha servido comidas en su encantador salón con chimenea de planta baja (reservas por el teléfono 425-1778 con visita a un museo que funciona en la parte alta).
Jura en la calle Wall
Pasaron muchos años mientras se vivieron los acontecimientos que buscaban la fórmula constitucional adecuada y que de por sí no podía resolver la vieja Confederación. Cuando se logró -en gran parte por las ideas de James Madison- y se escogió a Nueva York como capital interina, también se coincidió en que el primer presidente constitucional fuera Washington. Hubo que convencerlo. Estaba retirado y dichoso en su granja de Mount Vernon, sobre el río Potomac y no lejos de donde surgiría el distrito federal que llevaría su nombre (también atacado el martes último).
Debía marchar hasta aquella isla de la que se despidió en la vieja taberna. El distrito, lo sabía, había sido un enclave inquietante desde 1626 cuando Peter Minnewit o Minuit de Wesel la compró a los indígenas locales por 60 florines (unos 24 dólares) en especies: algunos dicen que en baratijas y otros, que fue en espirituosos barriles de whisky. Diecisiete años después los pobladores holandeses mataron allí a 120 aborígenes y esa crueldad generó una sangrienta guerra por dos años.
Pasó una eternidad hasta el 30 de abril de 1789, día en que George Washington, venido de su granja, salió desde esa otra casa lugareña en Cherry St. y caminó a lo largo de la ahora Pearl Street hasta el Federal Hall de Wall Street. Allí, desde un balcón y ante la muchedumbre que lo vitoreaba, juró como primer presidente de los norteamericanos. El edificio fue reconstruido, pero adentro se conserva el balcón histórico al que siempre acudieron los ciudadanos para cautivarse con la emoción del pasado, aunque, en adelante, en el Lower Manhattan -donde también la historia fue atacada- ya nada será igual.






