Las flores en Castillos de hielo
Hay días en que recuerdo tres, cuatro, cinco veces, muy seguido o cada ciertas horas, la escena de una película. Debe tener todo el sentido. El gesto. Debe tener sus motivos. Mi ánimo, mis propósitos, mis dolores. No es cualquier cosa en lo que pienso ni tampoco el infinito. Son segundos de películas que me gustan y que me vienen a buscar por ese algo. Por ejemplo, el arranque de Rocky V. En el plano está él, le acaba de ganar a tajos en el rostro y moretones y trompadas al ruso Iván Drago. Está sentado en un banco en el vestuario tras la pelea. Llega su esposa, se le acerca, se acuclilla en sus rodillas y él le dice: “Adrian, no puedo hacer que mis manos dejen de temblar”, mientras la cámara enfoca esas palmas que fueron la fuerza que derribó Babel y ahora tiritan como una flor en tierra que avisa que el tiempo pasa. Por ejemplo, casi el final de X-MEN Apocalipsis. El profesor está herido en el suelo, el mundo entero se derrumba en la parte de atrás y él la llama a Jean, la mutante más poderosa, y le dice “Desatá tu poder, Jean, dejalo ir” y ella, el pelo del color del fuego cuando calienta, avanza y abre los brazos y una luz inmensa sale de su cuerpo para encandilar en rojo, para detener la tragedia. Otro ejemplo, el plano secuencia de Notting Hill. Will camina por una feria en una escena que dura poco más de un minuto pero que muestra verano, otoño, invierno. Viste siempre igual, se va sacando o poniendo o cerrando el blazer según el clima y camina entre frutas, personas, su hermana, esas vidas, los amores, lo que nace y lo que muere. Esa me encanta.
En los últimos días pensé mucho en la cuarta escena en la que suelo pensar, el final de Castillos de hielo, la película de 1978 que cuenta la vida de una joven que patina, que tiene un accidente, que se queda ciega y vuelve a patinar igual, sin decirlo. Pensé en ese momento, en cuando preparan su regreso a la pista de hielo y se olvidan de las flores, las rosas rojas que el público le arrojaba cada vez que ella se lucía. Sí habían pensado en lo demás: en reconocer los bordes, las barandas, en ubicar el centro para arrancar cuando la música lo marcara, en memorizar el lugar en que se sientan los jueces para que nadie sospechara que no ve, para que nadie descubriera su secreto. Pero pensaron tanto en todo que no tuvieron en cuenta las flores que le iban a ofrendar si patinaba perfecto y ella patinó perfecto, la cadencia, el movimiento de los brazos que hacían pensar en un cisne blanco, las piernas hermosas, levantadas, abiertas, los saltos triples como si la fuerza fuese algo que si consigue con aire. Ella patinó perfecto y le tiraron flores y la tiraron al suelo porque no las vio. Porque meses atrás patinó con rabia una noche tras una discusión con su nueva entrenadora y chocó con unas mesas y golpeó su cabeza contra unas cadenas y ya no puede ver. Por eso justo antes de pisarlas, antes de tropezar por culpa de un tallo, él, que estuvo desde siempre, que la quiere desde siempre, que la vio alejarse hasta convertirse en famosa, que la vio con otro, le gritó desde las gradas, Lexie, las flores, e intentó alertarla, pero no. Ella cayó igual y el estadio, que se había convertido en un vendaval de aplausos y de carteles a favor, porque ella había regresado, al darse cuenta se quebró como se astilla un vidrio por un sismo, se quedó en silencio e hizo del lugar un espacio frío. Así está Lexie en el final de la película y en ella pienso por estos días. Tiene el pelo rubio apenas alborotado por el imprevisto, el traje de pollera corta azul, la piel clara, la espalda rígida. Está como cualquiera, con un secreto que quería guardar y la verdad afuera. Se queda unos segundos echada en el suelo, impávida, luego se levanta, lento, con ayuda. Es una roca que el mar dejó a la vista y obligó a mostrar lo que no quería: que a veces las cosas se pueden soportar en la intimidad pero ya no cuando las conoce el mundo.
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