Yabrán y la incredulidad general

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22 de mayo de 1998  

A la sorpresa general provocada por el aparente suicidio de Alfredo Yabrán en su estancia de Villa Mantero, se ha sumado un fenómeno que no puede dejar de considerarse en sí mismo como noticia: el altísimo grado de incredulidad advertido en la opinión pública sobre la información oficial que daba cuenta de que el tan poderoso como misterioso empresario se había quitado la vida.

Varios sondeos de opinión pública con distintos niveles de rigor metodológico coincidían en que un alto porcentaje de la sociedad descreía hasta ayer de que efectivamente se hubiera tratado de un suicidio. Algunos comentarios periodísticos, al mismo tiempo, optaron por una cautelosa actitud a la hora de calificar el trágico episodio. En la calle, la sensación térmica corroboraba un estado de incertidumbre y de sospechas generalizadas: no poca gente piensa que se trató de un asesinato o de un suicidio inducido y otro alto porcentaje deja trascender su impresión de que ni siquiera era de Yabrán el cuerpo encontrado sin vida.

Tanto las opiniones de la jueza que interviene en la causa como de los profesionales que practicaron la autopsia confirman que se trató de un suicidio y que el cuerpo correspondía al controvertido empresario.

No habría, en principio, motivos para dudar de que haya sido así. Sin embargo, la sociedad argentina también tiene motivos para sospechar de que no necesariamente las cosas hayan sucedido como se las pretende mostrar.

Son varios los factores que permiten explicar este fenómeno. Durante los más oscuros años de nuestra historia los argentinos hemos sido objeto de operativos de ocultamiento y de campañas psicológicas destinadas a disfrazar la realidad. Tiempo después, el país recuperó la democracia, pero no la certeza sobre un eficaz funcionamiento de la Justicia, al tiempo que vio incrementadas las sospechas sobre la existencia de grupos mafiosos con influencia en los tres poderes del Estado y acerca de la impunidad de ciertos personajes vinculados con el poder político.

Con los actuales índices de desconfianza generalizada en la Justicia, en virtud de la politización a la que se encuentra sometida, y con los innumerables casos de corrupción o de atentados irresueltos al cabo de varios años, no debería extrañar que el sentimiento de la mayoría de la opinión pública frente a las explicaciones oficiales sobre la muerte de un empresario sospechado de tener fuertes vinculaciones con el poder político sea de un franco escepticismo.

Si hubo un sector que en los últimos años ha bregado por desenmascarar esos hábitos perversos y por dotar a las instituciones de una transparencia que demanda la sociedad, ha sido la prensa independiente. Y si en la opinión pública reinan las dudas y la incredulidad frente a la muerte de Yabrán, hay que ver su génesis en turbias complicidades que el periodismo libre está ayudando a descubrir.

Por eso resulta indignante que algunos dirigentes políticos del partido oficialista señalen, en sintonía con el vocero del empresario fallecido, que "Yabrán ha sido víctima de la condena mediática y de un acoso periodístico impresionante".

Gracias a José Luis Cabezas, hoy sabemos que efectivamente hay grupos mafiosos y que la vida en democracia exige su erradicación. Su martirio debe conducirnos al convencimiento de que ya ningún sector podrá imponer sus intereses por medio del miedo o la violencia. Y para que esa voluntad sea una realidad, no es posible que la prensa libre retroceda un milímetro en su camino hacia la verdad.

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