
Allen: ¿Quieres ser Hemingway?

Cada vez que se estrena una película dirigida, escrita, producida o actuada por Woody Allen, el marketing y la publicidad se encargan de resaltarlo con letras capitulares. La sola mención de su nombre es garantía de éxito. Sea este de taquilla, prestigio, críticas, la cuestión es que el sello Allen hace más de veinte años certifica la calidad en el mundo del espectáculo como las normas ISO en la industria: pocos conocen a fondo de qué se trata pero su sola mención predispone mejor al público.
Hay sobrados motivos para que así sea y cualquiera que tenga suficiente ancho de banda podrá comprobarlo googleando en este preciso instante. La conversación que nos convoca hoy es, como propuso deshollinador, el aspecto de Woody como escritor, algo que íbamos a valorar a partir de El episodio Kugelmass. ¿Lo leyeron? Si todavía no, pueden clickear el título. En este sentido, dispuestos a explorar la faceta de escritor de Woody Allen, lo primero que tenemos que saber es que no vamos a encontrar grandes sorpresas. Su estilo es prácticamente idéntico al que nos tiene acostumbrados en sus películas.
Obsesivo, neurótico, absurdo, imaginativo, con la lupa puesta en el mundo real, rutinario y al mismo tiempo en mundos imaginados por otras grandes mentes de la creación artística universal. Esos son apenas algunos de los rasgos más reconocibles del genial director. Hay más, a mí el que más me sacude es la naturalidad con que hace tomar forma a las fantasías más delirantes pero que al mismo tiempo son tan comunes a cualquier persona occidental urbana común y corriente (y no sólo a los neoyorquinos, como se suele destacar).
En El episodio Kugelmass, por ejemplo, logra tener un romance con Madame Bovary gracias a que consigue un mago que lo ayuda a viajar a las páginas del libro, y así escapar de un matrimonio rutinario y desapasionado. Este intercambio de escenarios entre mundos reales e irreales es un recurso conocido: lo usó –por nombrar una- en La rosa púrpura del Cairo y, más recientemente, en 2011 en un film que me interesa especialmente traer hoy porque nos conecta con otra de nuestras lecturas propuestas – esta vez sí, por Gauchito_Hill -: Ernest Hemingway.

En Medianoche en París (2011), un adinerado y matrimonio estadounidense típicamente republicano viaja a esta ciudad por negocios, acompañado por su hija y el novio de ésta, comprometidos para casarse e irse a vivir a Malibú. Inez comparte con sus padres hábitos caros y elegantes, y empieza a salir muy seguido con un amigo que se encuentra en la capital francesa un intelectual pedante y completamente distinto de su bohemio prometido, Gill Pender. Alter ego de Allen, este personaje es un guionista de Hollywood que busca alejarse de ese mundo con el que no se siente a gusto para poder dedicarse a escribir una novela. En París encuentra el escenario ideal para inspirarse, no sólo por la belleza de la ciudad, sino porque en una de sus calles encuentra un portal que le permite trasladarse a la Belle époque. En uno de esos viajes, cual cenicienta trasnochada, con el fondo de las campanadas de las doce, unos extraños pasajeros de un viejo auto lo invitan a subir y trasladarse con ellos a los años veinte.

Allí tiene la ocasión de conocer y entablar amistad con los artistas de la "generación perdida", entre ellos Ernest Hemingway, a quien le pide que lea su novela y le dé una opinión. Por absurdo que parezca, la idea no lo es. Más de un escritor contemporáneo se ha basado en los Varios consejos de Hemingway para escribir y probablemente hasta los haya discutido mentalmente con él. Lo único que hace Allen en este film es mostrar esa escena tan soñada por muchos. Y si no logra que el genial escritor –que en los años veinte se había instalado en París y se ganaba la vida como corresponsal mientras empezaba a publicar sus primeros trabajos literarios- lea su libro, al menos se lleva un consejo: "Si elegís escribir, entonces declarate a vos mismo el mejor escritor que existe. Pero no lo sos, porque yo estoy alrededor". Es una cita real del autor y en parte es la esencia de lo que el Nobel 1954 representó en la literatura. Hemingway tenía toda una filosofía detrás de su estilo breve, llena de insinuaciones, pero con una prosa limpia, sin adornos.
Allen, en cambio, encuentra la fuerza en la exageración. Diálogos extensos, redundantes, de asociación libre como si su vida transcurriera en un consultorio psicoanalítico portátil y todo interlocutor fuese su analista, sus personajes hablan mucho, se preguntan y se contestan a sí mismos, los espectadores o lectores quedamos hipnotizados. Nos cuesta seguir el hilo pero siempre descubrimos una verdad que nos resuena. Y ahí es cuando se produce el encanto.
Para terminar les dejo un diálogo de Midnight in Paris, con Dalí y Buñuel, que ilustra esta obsesión de Allen por ser Hemingway, sin reconocer que justamente no ser como Hemingway es lo que lo hace tan genial como este autor.

Dalí: - Pender dice que está en una situación perpleja.
Pender: - Esto es muy loco, pensarán que estoy borracho. Pero he de decirle a alguien, que soy de otro tiempo, de otra era, del futuro, vengo desde el dos mil hasta aquí. Me monto en un carro y viajo en el tiempo.
Buñuel: -Exactamente, habita en dos mundos, hasta el momento no veo nada raro.
Pender: -Sí, usted es surrealista, pero yo soy un tipo normal.
Próxima cita: tres cuentos de Hemingway
Tal como sugirió Gauchito les dejo el link para leer y comentar la próxima: Un canario como regalo
Pero, porque me parece que con un solo nos vamos quedar con las ganas, les paso Colinas como elefantes blancos y El fin de algo.
Como siempre espero sus comentarios y propuestas en clubdelecturaohlala@gmail.com
Cariños.







