
Catamarca descifra su pasado inca
Un equipo de arqueólogos está dedicado a reconstruir Shincal, una ciudad de este antiguo imperio, próxima a la localidad de Londres; una visita para adentrarse en una historia de 500 años, pieza por pieza
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LONDRES.- Alguna vez los mismísimos incas habitaron el territorio argentino. Alguna vez, todo lo que hoy es el Noroeste fue la provincia más austral de su célebre imperio. Y como toda provincia tuvo una capital: Shincal.
No se pueden conocer los pormenores de esa historia que ya tiene 500 años porque los incas no dejaron testimonios escritos. Ni siquiera se sabe si ellos llamaban Shincal a la ciudad. En cambio, para los turistas del siglo XX sí es posible visitarla en el corazón de la provincia de Catamarca, a sólo 5 kilómetros de la pequeña Londres.
Allí, un equipo de arqueólogos está resucitando aquel pequeño Cuzco. Lo están reconstruyendo. Y más interesante aún: a diferencia de otros centros indígenas argentinos restaurados, Shincal está volviendo a ser exactamente lo que fue.
Es que la fidelidad a la hora de volver a poner cada piedra en su lugar es el requisito número uno para el equipo que dirige el doctor Rodolfo Raffino, jefe del Departamento de Arqueología del Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
"No podemos permitir lo que pasó con el Pucará de Tilcara, en Jujuy, o con las ruinas de los quilmes, en Tucumán -dice-, donde construyeron una pileta de natación sobre una vivienda santamariana y un hotel arriba de un sector de viviendas calchaquíes, además de la restauración en sí, que está muy mal hecha."
Campeones de la diplomacia
Acercarse hasta las ruinas de Shincal implica varias cosas. Por un lado, disfrutar de sus deliciosas 23 hectáreas arboladas con algarrobos y chañares, tal como lo hicierron los incas. Por otro, dejarse llevar por la magia de sus 100 construcciones levantadas durante el siglo XV: las terrazas, la plaza de armas, los cuarteles para las tropas... Todos exponentes de una arquitectura estándar que los incas repetían en cada ciudad que levantaban a su paso.
"Los incas ingresaron en lo que hoy es el territorio argentino hacia 1470 y no les costó demasiado dominar a los grupos humanos que ya existían aquí", explica Raffino.
¿Usted ya se imaginó los ejércitos incas como una horda desaforada arrasando con todo lo que se le interponía? Nada más alejado: "En realidad eran sumamente diplomáticos -agrega el arqueólogo-. Arrasar con todo hubiera significado sacrificar la mano de obra local, que ellos explotaban. En general, los incas negociaban con los líderes locales y trataban de persuadirlos. Claro que con el ejército atrás".
Según quienes estudian nuestro noroeste, la convivencia entre los incas, los diaguitas y los calchaquíes (estos últimos, los grupos nativos) fue pacífica. Hasta donde se sabe, en el momento en que los incas ingresaron en la región, las cosas no andaban bien entre diaguitas y calchaquíes.
"Cuando los incas llegaron aquí se encontraron con culturas organizadas en señoríos -agrega Raffino-. Había líderes que gobernaban sobre grupos de gente. No era un Estado con verdaderas instituciones, como tenían los incas."
La rebelión de Chelemin
El Shincal duró poco. En realidad, el Imperio Inca, con sus maravillas incluidas, existió apenas un siglo. La gran capital del Sur, menos que eso. Quizá sólo 50 años.
Oficialmente, el imperio cayó en 1532, pero el Shincal siguió siendo administrado por los incas hasta 1536. Durante aquel año, el español Diego de Almagro capturó en nuestro noroeste la última caravana de 70 llamas cargadas con oro para tributar en el Cuzco, la capital del imperio, ubicada en el actual Perú y ahí se acaba la historia de los incas.
Pero Shincal no murió inmediatamente. Por ejemplo, en 1558, el conquistador Juán Pérez de Zurita fundó la ciudad catamarqueña de Londres utilizando las estructuras existentes, como el acueducto y los muros.
Pocos años después, durante una de las más grandes rebeliones de los calchaquíes contra los españoles, el líder indígena Chelemin desalojó a los españoles y utilizó la ciudad como búnker.
Luego de 300 años
Pero los españoles volvieron, vencieron a Chelemin y lo descuartizaron. Desde entonces, Shincal quedó abandonado y existió para la historia sólo en unos pocos documentos reales. Pasarían casi 300 años para que, en 1901 el arqueólogo Adrián Quiroga diera con el sitio, y otros 90 antes de que Raffino y su equipo comenzaran a reconstruir esta antigua ciudad inca.
Por eso, bajo el suelo de Shincal los arqueólogos no sólo encuentran alfarería incaica. "También aparecen vestigios de ocupaciones posteriores -ilustra Raffino-. Por ejemplo, encontramos cerámica de manufactura española, como la loza de Talavera, y también restos de un caballo asado, seguramente robado a los españoles durante la rebelión calchaquí."
Ver y entender
Llegar a Shincal es fácil. Primero hay que acercarse a Londres. De allí a las ruinas son sólo cinco kilómetros por un camino parquizado.
La entrada está señalizada desde la ruta 40. Si el viajero no cuenta con un vehículo, desde la antigua plaza de Londres parte un ómnibus hasta la entrada a las ruinas. "Ysi no, la gente del pueblo es de lo más amable y siempre habrá una manera de llegar", afirma el doctor Rodolfo Raffino.
En Shincal, lo ideal es comenzar la visita desde el centro de interpretación. Allí hay de todo: desde explicaciones sobre las técnicas de restauración hasta restos de alfarería que constantemente los arqueólogos recuperan.
La idea, agrega Raffino, es no sólo visitar el sitio, sino que los turistas entiendan todo lo que están viendo. Por eso, permanentemente, hay arqueólogos que reciben a los --a veces- 100 visitantes que se acercan cada día.
"¿Va a ir al Shincal? Entonces lleve agua -dice Raffino a modo de advertencia-. De por sí, es un sitio para caminar mucho. Pero, además, puede llegar a soplar el viento zonda, que es muy cálido y seco. Tanto, que los incas lo utilizaban para fundir el bronce."
En la línea de los Andes
Según quienes estudian el tema, hacia 1530 el Imperio Inca tenía entre 10 y 15 millones de habitantes. Llegaban hasta el sur de Colombia, por el Norte, y hasta nuestra provincia de Mendoza y Chile, por el Sur: 1.800.000 kilómetros cuadrados de territorio donde construyeron cerca de 1500 instalaciones y 25.000 kilómetros de caminos.
Siempre siguiendo la línea de los Andes, claro. Porque los incas jamás consiguieron establecerse a nivel del mar.




