
De cómo recuperar el equilibrio

Recuerdo que los primero días después de mi separación fueron extraños. Hoy creo que fue como una especie de paréntesis en mi vida. Uno de esos que surgen cuando uno patea el tablero, rompe con la rutina y sacude un poco las ideas. Tenía la sensación de estar como vagando por el mundo algo extraviada, con la incertidumbre que trae consigo el hecho de haber elegido un camino nuevo. Tuve ráfagas fuertes de felicidad, accesos de adrenalina y risas por cualquier pavada. También llantos inexplicables, ansiedad y angustia. Pero pasados esos primeros meses peculiares de desbordes emocionales y acomodamiento a la nueva cotidianeidad, los días de ansiedad de pronto se incrementaron.
Claro que es mejor estar solo que mal acompañado, pero la realidad es que en el fondo el plan no había sido llegar a los cuarenta bastante desilusionada del amor y con el desafío de recomenzar. Pero las cosas son como son, yo lo había elegido así. Ahora tenía que inflar el pecho, volver a poner la frente en alto y encarar cada circunstancia con el mejor esfuerzo. Sin embargo, todas las teorías de cómo debemos actuar ante ciertos cambios inesperados, de cómo sobrellevar mejor las emociones descontroladas, son sólo eso: teorías. Después llega la noche, la almohada en soledad absoluta, y los miedos nos sorprenden con la guardia baja.
Comparto este tema para lo que sigue. Sublime para mí.
Y sí, en los duelos de la vida, estamos vulnerables. En mi caso, a pesar de que creía (y creo tener) muchas cuestiones en claro acerca de mis ideas y mis sueños, me encontré total y absolutamente fuera de eje, desbalanceada. Un día fui muy consciente de esa debilidad; consciente de que ante cualquier pavada quizás toda mi fortaleza podía derrumbarse para dar paso a simplemente no querer levantarme más de la cama. A veces uno está demasiado cansado.
El primer año después de mi mudanza y separación, me focalicé en mi trabajo en la editorial y en mis nuevos emprendimientos. Con dedicación, muchas cosas empezaron a salir muy bien y, sin embargo, me sentía frágil. Es cierto que mantener la mente ocupada, y más en lo que nos gusta, es un privilegio y un gran motor para avanzar y superar ciertos momentos endebles. Pero la verdad es que estaba como desordenada en mis sentimientos y, de pronto, tapada en responsabilidades. Sin haber sanado del todo, estaba caminado por una cuerda floja.

Antes de que fuera tarde, decidí que mi “volver a empezar” tenía que cambiar de rumbo una vez más. En mi nuevo trayecto, puse en práctica actitudes inéditas pero posibles. Lo único que tenía que tener, era determinación.
Una nueva actitud fue aprender a decir NO; a dejar de creer que todo lo puedo. Cuando uno trabaja mucho, por ejemplo, a veces se produce el efecto “bola de nieve”; el trabajo trae más trabajo –algo de lo que estoy agradecida, sin duda-, pero si no aprendemos a frenar un poco, la bola se vuelve incontrolable, gigante, y empieza a tragarse todo lo que está delante. En mi caso se fagocitaba el tiempo propio, la conexión conmigo y con otros, y los objetivos reales y significativos de mi vida. Al comenzar a decir que no, pude ordenarme de a poco en mis elecciones, conectarme mejor y aprender a distinguir qué me llena, qué me hace bien y qué no. Decidir empezar a decir que no a ciertas cosas, me obligó a frenar dos segundos para pensarlo y entender por qué hay lugares que elijo para mí y otros en los que tengo que dejar pasar el tren.

Y en el tema de descubrir qué me conecta con mis ideas y me ordena mis pensamientos, abracé el hecho de que caminar (literalmente caminar) mucho con mi música y en todas las ocasiones que puedo, me relaja, me regala nuevas ideas y me libera de las tensiones del momento. Y así, hace varios meses que camino unos seis kilómetros por día. Salvo el tren que me une de provincia a capital, dejé de tomar subtes, colectivos (ni hablar taxis) y camino a todos lados, a cada reunión, a cada destino, y también las veinticinco cuadras que me unen de la estación al trabajo. Al observar la urbanidad, las tonalidades de la ciudad y el ritmo de la gente, mis ideas surgen solas, mis problemas pierden tanto peso, y ciertas preguntas encuentran de forma natural su respuesta. Así es como me atreví decirle que no al gimnasio sin culpas, otro lugar al que tenía que llegar a las apuradas y que en el fondo personalmente no disfrutaba. Hay cosas que simplemente no son para uno, y creo que en vez de forzarse, es mejor buscar alternativas.

También descubrí que cuando me levanto muy temprano para ir a un evento editorial, siento que mi cabeza está más clara y descansada que cuando me levanto tipo 7 u 8 am. Suena extraño, pero es así, a las 5:30 o 6 de la mañana, pareciera que mis sentimientos y pensamientos arrancan con un halo de optimismo y frescura. Esto se lo comenté a una amiga que se dedica al Yoga y ella me confirmó que ese es un excelente horario para encarar actividades que a uno le gustan mucho o tal vez tan sólo para empezar el día despacio, desayunar bien y tranquilo y vestirse con movimientos lentos. “Es un momento de mayor calma alrededor. El silencio y la paz ayudan a que se ordenen las ideas y a empezar el día con una energía muy positiva”, me dijo. Le puse en duda el hecho de poder lograrlo, dado que también hay que dormir bien y que no siempre logro acostarme temprano. “¿Ves? Por eso a la gente le cuesta cambiar hábitos aunque sean para mejor”, me dijo, “No tenés que levantarte todos los días a las 6 am. Empezá con una o dos veces por semana. La noche anterior vas a elegir sola irte a dormir más temprano. Si tenés un objetivo real, es muy probable que lo logres. Después, si querés, vas sumando días.”

Ahora todos los martes y los jueves me levanto a las 6 am, una hora antes de lo habitual. Lo normal para esos momentos es que me haga un buen desayuno y me siente a escribir. Lo disfruto muchísimo y siento que mi día empieza y termina muy bien.
Y hay algo más que empecé a hacer, pero lo voy a dejar para otro post porque creo que merece un capítulo aparte.
Desde que comencé con estos nuevos “gestos” para conmigo, puedo afirmar con seguridad que hoy estoy siendo una persona más alegre de manera genuina; el ruido en mi cabeza durante las noches bajó considerablemente y mi garganta y mi pecho se cierran cada vez menos. Todo de a poco. Lo importante es que ya no siento que camino en la cuerda floja.
Pero cada persona es un mundo, ¿cómo lo viven ustedes? ¿Tienen algún hábito que les devuelva el equilibrio cuando están algo desbalanceadas en la vida?
Beso,
Cari






