
El arte de recibir... amigos extranjeros
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¿Qué se le muestra a una pareja de norteamericanos que decide pasar dos semanas en el asfalto porteño? ¿Cuál es el recorte que se debe hacer si, a veces, uno mismo no conoce lo más interesante de la ciudad en la que vive?
Hace dos sábados, un amigo me pidió que lo acompañara a llevar a un grupo de siete turistas a ver el partido de Argentina contra Perú, que tuvo a Martín Palermo gritando bajo la lluvia con su nariz rota, cual Rocky Balboa en versión futbolera.
Eran dos canadienses, una australiana, dos brasileños y la joven pareja de Estados Unidos (ella, Holly, nacida en un pueblito de Illinois; él, Tim, un inglés entrador que la conoció viajando por América, se enamoró y se instaló con ella en Washington).
Después del triunfo albiceleste, nos fuimos caminando bajo la lluvia torrencial y les recomendé que visitaran dos boliches de tango: la confitería La Ideal, en Suipacha y Corrientes, y La Catedral, en Sarmiento y Medrano. "No son lugares tan for export y no les van a cobrar una fortuna", les avisé, contento de haberles pasado un buen dato. Pero después me quedé pensando que mi recorte, en vez de ser supuestamente original, también era de lo más arbitrario.
A veces creo que muchos de nosotros deberíamos leer la guía Lonely Planet de Buenos Aires para descubrir la cantidad de programas que nos estamos perdiendo. Es decir: pensarnos como turistas y empezar todo de nuevo, con otros ojos: ir a los museos, a La Boca, plantarnos frente al Obelisco, pasear en lancha por el Tigre y todas esas cosas que a uno sinceramente le resultan un plomazo.
Cuando me tocó a mí decirles a Tim y Holly qué lugares debían visitar, me sentí el peor guía turístico del planeta, porque nada me parecía demasiado atrayente (de hecho les recomendé pasar el día en Colonia) y ellos, en cambio, estaban completamente fascinados por todo. Será lo que los antropólogos llaman la mirada extrañada, verse a uno mismo desde otro lugar. Quizás ese extrañamiento del viajero es lo que se necesita para disfrutar la ciudad en la que nos despertamos cada día.
Casi como un experimento decidí acompañarlos a La Catedral, para analizar de cerca qué les pasaba al ingresar a esa viejísima fábrica reciclada donde se dan clases de tango -los martes parece ser el día clave- y se arma una tremenda milonga cerca de la medianoche. Tim y Holly no podían creer lo que veían: gente reunida para bailar el 2 x 4, ni más ni menos que eso. O todo eso junto.
Ante semejante fascinación me permití redoblar la apuesta y les recomendé que fueran a escuchar un recital de un grupo de tango electrónico llamado Tanghetto, que tocaba el fin de semana siguiente en el N/D Ateneo. Entonces entendí que a una pareja de turistas europeos o norteamericanos que ronda los 30 no hay nada que los deslumbre más que ese curioso reciclaje que se ha dado con el tango, esa fresca colonización de una música que, para las nuevas generaciones, parecía simplemente demasiado vieja.
"Ya los tengo en el bolsillo", me dije, orgulloso de verlos a los dos boquiabiertos como dos nenes que se suben por primera vez a la montaña rusa. Era el momento de dar el batacazo.
Resulta que, charlando en las viejas mesas de madera de La Catedral, cerveza de por medio, Tim me había contado sobre su pasión por el fútbol y su sueño de jugar un partido en la Argentina.
Dicho y hecho: otra vez preso de un altruismo turístico que a esta altura me convertía en algo así como el guía ideal, lo invité a la canchita de fútbol 5 en la que todos los sábados juego con mis amigos, atrás de la cancha de Atlanta.
El tipo apareció a las 4 en punto con Holly: parecía un futbolista de la selección de Inglaterra del 66 y ella se destacaba en el sudoroso predio de Atlanta por un enorme sombrero blanco salido de la película A frica mía. No me equivoco si digo que nunca vi a alguien tan feliz corriendo detrás de una pelota.
Y ahí, viéndolo gambetear como un loco mientras su mujer lo alentaba desde las gradas con su atuendo colonial, entendí que, sin darme cuenta, había organizado el tránsito de esa pareja en Buenos Aires. Y que había sido un tránsito feliz.
Así, volviendo a casa, paré en una librería sobre Cabildo y compré la guía de Buenos Aires más actualizada que encontré. No fuera cosa que los próximos turistas me agarraran desprevenido.





