El Rey domina la selva en Salta
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SALTA.- El Rey es una herradura de montañas que captura el verde hasta sus cimas más altas. Una sucesión de árboles que se escalonan unos detrás de otros y trepan, entre nubes bajas, rozándose, arañándose, buscando tocar el cielo con las ramas.
Lo más saludable para hacer es caminar. ¿Cómo si no sentir la sofocación y los ruidos? Incursionar en la selva, cruzar ríos y subir cerros. Transpirar. Previamente se debe cumplir un ritual. Siempre, antes de cada salida, un grupo de chuñas patas rojas orquesta la despedida del caminante. Merodean el campamento con sus ojos saltones y sus pestañas llamativas.
Cada momento en el Parque Nacional El Rey exhala sabores y colores disímiles. A la mañana, el pasto del invierno se cubre del rocío caído durante la noche. Hasta que no se evapora, las plantas del amanecer brillan por las pequeñas gotas.
Temprano, el suelo está húmedo y blando. No es crujido lo que se siente al caminar, salvo que se pisen ramas secas recién desprendidas. Es un chapoteo constante. De tanto en tanto se forma algún charco de agua y surge un plaf. Saben las hojas que caen que el sitio de aterrizaje les depara una desintegración más o menos lenta.
El sol se va llevando lo que la noche depositó en las plantas. Entonces, el verde del período seco alardea su verdadera coloración: teñido de oliva si no de gris. Está opacado por la falta de agua, pero se resiste a quedar esmaltado de moribundo marrón. Hay grandes árboles con plantas colgando desde las copas que intentarán abrazar a quien se cruce.
Sabor vespertino
El aroma fresco de la mañana termina pastoso a la tarde. Se forma un cóctel de sabores profundos. Como si se hubiese hecho un tajo en cada tallo para que espiren la espesura de la savia, melosa y penetrante.
El cuerpo siempre transpira al caminar en El Rey. Poco importa. El parque está atravesado por numerosos arroyos y ríos. Son cristalinos en esta época del año. Se ven grupos de sábalos que comparten espacio con los dorados. Se miran con recelo. Se desean unos a otros para echarse un tarascón en un momento de distracción.
El río es también una pausa a los sonidos de la selva. El martín pescador entra su pico en el agua y suena cual una gota que cae desde muy alto como una fina lanza. Es un plic pasajero. De nuevo en el corazón de la selva, los ruidos salen de cada rincón. De atrás de un tronco, de las ramas, del interior de un pastizal. Uno se pregunta si pueden ser del yaguareté, pero el rey de la selva está extinguido en el parque.
En un parque destronado, ¿a qué animal, entonces, pertenecen los sonidos de la selva? Tal vez, a alguno de los príncipes herederos, como el puma, el anta, si bien jamás podrían alcanzar la ferocidad del tigre. Rugido fuerte, seco y desafiante de puma. Ruido de topadora, que quiebra ramas, aplasta arbustos, pisotea flores; es el tapir que inicia una rápida carrera entre la vegetación. Quejido y chirrido de criatura caprichosa, potestad del mono. Grito de tipo neurótico, de garza que vuela por encima de los cedros y yuchanes.
Mientras se sigue transpirando, las criaturas de la selva continúan haciendo de las suyas. Un par de pantalones cortos es fatal aunque los largos raspen y den calor. Los polvorines aprovechan el paso de uno para pegar el salto a los tobillos desprotegidos. Se afirman como garrapatas. Es el principal acusado de las inevitables picazones sentidas al fin de la salida. Pero cualquier cosa podría ser señalada con el dedo. Todo raspa, todo huele, todo sofoca en este parque hasta que el rocío cubra el verde.
Los príncipes herederos del rey y sus huestes mantienen la vivacidad de la selva. Y se aseguran andar con total libertad como si el legendario tigre americano los estuviese cobijando (y acechando) con su feroz mirada.
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