
La felicidad de volver a Galicia, la tierra de mis padres
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Por Norma Agra
Cuando finalicé mi tarea docente, alentada por mi hijo Sebastián, decidí viajar a Europa con mi esposo, conocer algunas ciudades y tratar de ubicar a la familia de mi padre en Arzúa, La Coruña (aldea: Pela) y de mi madre en Cerbaña, Pontevedra.
Mi mayor preocupación era encontrar el primer sitio, por cuanto no habíamos mantenido relación con la familia de mi padre. Lo único que recordaba de mis conversaciones con él cuando era chica, era el nombre de tres de sus ocho hermanos.
Con ese bagaje escaso, pero llenos de determinación, luego del tour-excelente-, terminamos en Madrid. No sabía que lo mejor estaba aún por venir. Al borde del llanto por la emoción y la incertidumbre, esperé a mi esposo que había ido a retirar el auto alquilado y partimos.
Una autovía impecable nos llevaría hasta Galicia. Los carteles en la ruta achicaban la distancia a La Coruña. Anocheciendo, llegamos a esta ciudad para enterarnos de que, para ir a Arzúa, debíamos habernos desviado a la altura de Lugo. Desalentados, descubrimos que Santiago de Compostela era el vértice de un ángulo que se abría hacia el Norte, donde se encontraba Arzúa en La Coruña y hacia el Sur, donde se encontraba Cerbaña en Pontevedra. A la mañana, ya contentos otra vez, decidimos dar un rodeo por la costa hasta Finisterre para luego entrar a Santiago: un camino con hórreos de distintos tamaños, jardines de piedra y señoras vestidas íntegramente de negro, incluidos pañuelo en la cabeza ¡y delantal!
Desde Santiago salimos rumbo a Arzúa para encontrar Pela, la aldea donde mi padre llevaba las ovejas a pastar. ("Toma o pan e bota as ovellas", le decía su abuela). Yo imaginaba que si encontraba algún familiar me presentaría mostrándole el pasaporte y si no lo encontraba, pero alguien me señalaba la casa, caminaría a su alrededor, recogería del suelo las castañas de las que hablaba mi padre y me conformaría pensando que pisaba el mismo suelo que él había pisado tantos años atrás.
Cerca de un cartel que decía "Benvidos a la Vila de Arzúa", clavado en un colchón de hojas de otoño, encontramos el Concello de Arzúa y allí subí a averiguar, ese mediodía con llovizna persistente, quedando mi marido al volante. El señor que me atendió, José Ramón, creyó recordar que había conocido a mi padre. Se retiró un momento para volver con un joven que resultó estar casado con la nieta del hermano menor de mi padre, Rosa María. Nos ofreció esperarlo hasta la hora de salida de su trabajo (14 hs) para llevarnos a casa de sus suegros.
Todas las previsiones que había pensado para identificarme fueron olvidadas: sólo veía la parte trasera de la camioneta que nos guiaba hasta la casa adonde había vivido mi padre. Allí nos recibió un matrimonio: mi prima hermana María y su esposo. Al instante conversábamos como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Y al caldo gallego que hervía sobre la hornalla se agregaron como por arte de magia una tortilla de papas perfecta y unas rebanadas de chorizo, jamón y pan casero: ¡lo más rico que comí en mi vida!
Dos veces más los volvimos a ver, felizmente, al igual que a la familia de mi madre en Cerbaña, Pontevedra, pero nunca olvidaré ese primer encuentro y el orgullo de comprobar que son personas tan buenas y honestas como lo fueron mis padres.
Creo que estos sentimientos deben ser comunes a todo hijo de inmigrantes cuando vuelve a la tierra de sus padres. Es una felicidad que recomendaría no privarse de sentir. Yo estoy profundamente agradecida por haberlo logrado.
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