La poesía se refugia en las calles de Antigua
Rodeada de volcanes, esta ciudad colonial enamora a los viajeros
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- Está situada a 45 km de la capital y es Patrimonio Cultural de la Humanidad
- A los residentes se los llama panzas verdes porque les encanta el aguacate
En la Casa de la Cultura de la Antigua, Guatemala, sobre la pared, hay un cuadro con una frase del poeta antigüeño Luis Cardoza y Aragón, que dice: "La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre". Y Antigua es como una bella poesía.
A 45 kilómetros al oeste de la capital la ciudad colonial, fundada en 1543 con el nombre de Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, se presta a que los pies la recorran lentamente.
Poesía es cuando, en época de lluvias, las buganvillas descienden suavemente por el empedrado en cascada multicolor: alfombra de flores.
Poesía es cuando una niña de ojos carbón teje su telar en cuclillas en el Museo del Tejido Antiguo, vestida a la vieja usanza.
Poesía es despertarse a la mañana con la custodia de los volcanes Agua, Fuego y Acatenango, o contemplar el rojo del atardecer sobre las paredes terracota, en contraste con el verde de la tierra.
Poesía es el nombre de sus calles: Sexta Calle Oriente, Octava Calle Poniente, Calle de los Peregrinos o de las Animas, de los Duelos, del Desengaño.
Como tejiendo
Los pies recorren las calles de la Antigua, como dicen aquí, como si fuera un telar. Su trazado es fácil de seguir con un mapa.
A pesar de la sucesión de pestes, terremotos, destrucción y abandono, la conservación de las construcciones y calles del siglo XVII y XVIII es admirable. En la actualidad es uno de los mayores atractivos del país, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.
La presencia policial es notoria aunque ya hace cuatro años que terminó la guerra civil que asoló a este país durante 36 años.
Entre los lugares que un viajero no debería dejar de visitar se encuentran la Plaza Mayor, donde están la mayoría de los edificios principales: al Sur, el Palacio de los Capitanes Generales; al Norte, el Palacio del Ayuntamiento; al Este, la Catedral Metropolitana.
Otros sitios de interés son el ex Convento de las Capuchinas, los museos y el Hotel Casa de Santo Domingo.
Dentro de este último funciona una fábrica de velas artesanales. Las ofrendas de candelas están por todas partes y cada color posee su significado.
El artista Biron Orlando López, de tez negra, ojos fuertes y manos callosas, se sienta ante un círculo que sostiene 31 pabilos. Se pasa todo el día con su tarro de cera y su cuchara, embadurnándolos una y otra vez hasta que el grosor sea el adecuado.
El hermano Pedro
En la iglesia de San Francisco descansan los restos del hermano Pedro (siglo XVII), el santo de los pobres. Cuentan que recorría las calles con una campanita y en medio de tanta ingratitud daba consuelo a los indios, marcados a hierro candente como ganado, cantando, como una letanía: "recordad hermanos que un alma tenemos y no la recobraremos".
La plaza es perfecta para pasarse la tarde entera, sobre todo si es viernes. La Banda de la Gobernación toca ritmos centroamericanos y los cafés invitan a descansar. La infusión es excelente: la ciudad se encuentra rodeada de cafetales.
Las cervezas nacionales son otra opción, con alguna doblada -tortilla rellena con carne, pollo o verduras-, o un chuchito -pequeños tamales rellenos-.
A los antigüeños se les dice panzas verdes porque gustan del aguacate (palta) y de las hierbas. "Verde porque te quiero verde, noventa veces verde", dijo el poeta Miguel Angel Asturias de su país.
Los herrajes de las ventanas, el rosado de las paredes, las flores -el naranja de los collares de la reina, las orquídeas- las mujeres con su carga en la cabeza, las fuentes públicas, el embrujo de los vestidos y la quietud: todo remite a un pasado que se cuela por todos los poros.





