
Luis Wells en Córdoba
El Museo Imaginario que Luis Wells fundó junto con un grupo de colegas en los años sesenta neoyorquinos ya hablaba de su gusto por el desplazamiento: se trataba de un museo fragmentado, conformado por los distintos estudios de sus amigos plásticos, entre los que mediaban largas cuadras que los visitantes transitaban con ayuda de un mapa que se les entregaba en cualquiera de las partes del todo.
De los viajes, dice Luis Wells que lo que más le gusta es estar en el camino, y que entre sus trayectos preferidos está uno de la ruta 38, el que une La Cumbre con Ascochinga. "Yo lo llamo Mi pequeña Irlanda por todo ese horizonte de colinas verdes; y realmente pocas cosas disfruto tanto como estar ahí, viajando en mi auto, con rumbo, pero sin prisa."
Y sin trabajo. Luis W., que se ha dedicado a la escultura, el diseño arquitectónico y la pintura, no se dedica a ninguno de ellos en sus frecuentes viajes a Córdoba. "He tratado, en realidad, pero algo me lo impide; tal vez sea el paisaje, tan imponente, tan perfecto. Entonces no quiero dedicarme a nada más que a estar ahí. Me siento verdaderamente transportado: me gusta ver cómo, a medida que avanzo, el aire se va volviendo más diáfano, la temperatura empieza a bajar, los colores a ganar nitidez, intensidad.
"La primera vez que hice ese trayecto, cuando volví a instalarme en la Argentina, tomé hacia la derecha en una bifurcación del camino y así fue que descubrí Candonga, con esa iglesia colonial que me dejó mudo."
El recorrido de Luis W. no descarta las escenas fantásticas: de pronto, su marcha se ve interrumpida por iguanas y lagartijas, y una cantidad interminable de sapos rojos que surgen de los costados del camino.
"Otra de las postas donde suelo detenerme es el Uritorco, un cerro de casi 2000 m que se ha hecho muy famoso porque parece que es también el favorito de los platos voladores. Juro que me he concentrado horas, pero nunca logré ver ninguno.
"Ahí sí, en cambio, he visto sapos plateados y árboles plateados. Y también están todos esos durazneros y ciruelos de Las Huertas Malas, árboles que fueron plantados a principios de siglo y que ahora crecen indiscriminadamente entre los arroyos y las cascadas: un miniparaíso."
Vueltas y vueltas
Dice Luis W. que, más allá de ese tramo de la 38, hay otros trayectos que ya se han convertido en fijos, que no puede irse de Córdoba sin haberlos visitado cada vez. Uno es, ya fuera del auto, una caminata de tres horas hasta la cima de la montaña sobre la que está Cruz Chica.
"Hay muchas formas de llegar hasta esa cima; yo siempre elijo subir bordeando el arroyo, sobre todo porque se convierte en un camino con muy buen acompañamiento musical.
"En ese camino he comprobado que la montaña, contrariamente de lo que suele pensarse, se modifica constantemente: cambian los ruidos, los colores: se vuelven rojas o violetas según la posición del sol.
"Arriba están las piletas que abastecen de agua a toda la ciudad, construcciones extrañas, que descolocan, y abajo se ve todo el Valle de Calamuchita.
"Cerca, y en una apuesta que nada tiene que ver con los encantos del mundo natural, está El Descanso: una experiencia inigualable, el paraíso del kitsch . Es una especie de museo con una sala dedicada a los presidentes, por ejemplo, donde hay una colección de bustos identificables; pero si no llegan a tener el de uno determinado, entonces recurren a un busto base al que van agregando barba o bigotes o anteojos según haya sido el caso del presidente aludido.
"Hay también una sala que se llama Antigua Roma, con un intento de reconstrucción de época inconcebible; y más allá cisnes que son macetas. Desopilante."
Los itinerarios siguen, porque después de estadas extranjeras -Nueva York y Londres- Luis W. vuelve siempre a Córdoba como una necesidad, como punto de arribo de un peregrinaje profano.
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