Pasos para conectarte con tu instinto
¿Cuál es la fórmula? Menos cabeza y más entrañas. Consejos para abrirle camino a tu sabiduría interior
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Probablemente te haya pasado. O le pasó a alguna mujer cercana a vos. Ante una situación aparentemente absurda, torpe o trabada, escuchaste a algún terapeuta, a alguien con más experiencia o incluso hasta a algún profesional lanzar un consejo tan contundente como misterioso: “Seguí tu lado salvaje, escuchá tu cuerpo”. Es algo que te dicen cuando tenés que tomar una decisión importante y que suelen recomendarte cuando la lógica y lo racional no funcionan. Por ejemplo, estás buscando un bebé y –a pesar de no tener ningún problema físico– la nueva vida no llega. Lo escuchás también cuando estás ante una encrucijada, cuando tenés que acomodar tus prioridades o cuando tu cuerpo y tu carácter empiezan a tener manifestaciones aparentemente inexplicables como cansancio, ira constante o tristeza. O incluso cuando sos madre –especialmente primeriza– y necesitás respuestas, guías o modelos para criar a un hijo. Parece mentira que alguien tenga que “prescribirnos” conectarnos con lo que somos, con lo que pasa en nuestras entrañas, pero es así. Y cuando pasa, nosotras, que somos expertas en disciplinarnos y en pensarlo todo, no sabemos ni por dónde empezar a buscar.
Inmersas en una cultura lineal y científica, nos cuesta aceptar que en nuestro cuerpo hay una fuerza que parece venir de un lugar que no es exactamente nuestra cabeza. Nos sorprende notificarnos de que ese poder estuvo siempre, que nunca se irá y que es contenedor de un tipo de sabiduría que no se consigue en ningún buscador. ¿Qué sabemos del instinto que no esté relacionado al pecado y “lo bajo” de nuestras personalidades? ¿Cómo llegamos a negar este aspecto de nosotras? Y lo más importante: ¿cómo hacemos para volver a abrirle camino en esta maraña de datos e interpretaciones en la que quedamos enredadas?
Naturaleza sabia
El instinto es el terreno de la naturaleza. Y ya sabemos cómo es la naturaleza: compleja, misteriosa, creadora y destructora por igual. Totalmente caótica, pero, al mismo tiempo, infinitamente inteligente. Basta con pensar en la inteligencia de los bosques, de los océanos, de las selvas, para comprender lo inabarcable que puede ser su potencia para las estructuras de pensamiento humanas. Si nadie puede enseñarte a seguir tu instinto, es porque se trata de una fuerza que escapa a los métodos, a la disciplina y hasta al lenguaje. Es una fuerza que ya es, que ya está, por lo que no hay que incentivarla, entrenarla ni buscarla. Simplemente, hay que dejarla ser. Esto significa: crear las condiciones necesarias para que pueda fluir. Olvidate de la culpa, porque que semejante fuerza se haya obstruido en nosotras no es responsabilidad nuestra. Así como las ciudades podan, encauzan y combaten lo salvaje subyacente, nuestra cultura mutila aspectos de nuestra personalidad. Esto es especialmente cierto en el terreno de lo femenino: a nosotras nos educan para ser lo más “mansas” posible. Existe en nuestros contextos un complejo sistema de premios y castigos que parece enaltecer a las mujeres que mejor controlan lo que en verdad les pasa. Esto censura aspectos naturales en nosotras. Es difícil, por ejemplo, lograr conectarse con el instinto de cuidado cuando se vive en un espacio de confrontación constante, o con tu naturaleza creadora, cuando te movés en ámbitos en los que lo lúdico es ridiculizado. Los contextos inciden tanto que es perfectamente posible que olvidemos por completo ciertas capacidades que venían con nosotras de nacimiento.
¿Cómo recuperar la conexión con nuestro lado salvaje?
- Ponete en “modo inventario”. Cuando una mujer quiere recuperar sus capacidades naturales, lo primero que tiene que recuperar es la noción de lo que realmente pasa en su interior. ¿Estás aburrida? ¿Harta? ¿Guardando un enojo? ¿Acaso tenés unas ganas terribles de hacer algo que censurás? ¿Hay dudas que te cuesta confesar? Es muy difícil para las personas completamente “civilizadas” asimilar los verdaderos sentimientos cuando estos no parecen ser los “correctos”. Empezar a admitir lo que sentimos parece obvio, pero es difícil. La vía para lograrlo es la quietud. La contemplación silenciosa de nuestros pensamientos y emociones. Como en los verdaderos inventarios, en los que hacés una lista de objetos con descripciones, cantidades y tamaños, animarte a contarte a vos misma tu estado interior sin asustarte es clave. Conectarse, en este caso, es tan fácil (¡o difícil!) como no negar lo que te pasa.
- Creá remansos a tanta civilización. Para hacer un inventario, un diario íntimo puede ser un perfecto aliado: un lugar para expresar esas fantasías o pensamientos que nadie conoce, para descargar la furia y volcar berrinches sin que nadie te juzgue. También podés apelar a esas amigas con las que puedas ser brutalmente honesta o unirte a un círculo de mujeres, si sentís que no las tenés; estas son dos alternativas que pueden ayudarte en la ardua tarea de aceptar amorosamente tus volcanes interiores.
- Buscá experiencias, no métodos. No importa qué tanto sabe ese médico chino que es furor en YouTube o cuál es la última terapia llegada de Europa. El único maestro que necesitás está en vos, en tus células, en tus corazonadas, en tu olfato, en tus tripas. ¿Qué querés vivir? ¿Qué te gustaría sentir? ¿Con qué te encantaría experimentar? Nos conectamos al instinto a través de búsquedas estéticas, de sensaciones, de emociones, de encuentros reales, de aventura. De sentir el sol en la piel, de descansar con los pies en el pasto, de fantasías, de colores, de experiencias que involucren nuestra corporalidad –bailar, moverte, tirarte al piso a jugar–, incluso desde la incomodidad. Esto no se trata tanto de una voluntad sino de un registro. ¿Qué harías si pudieras superar el miedo a ser ridícula? ¿Qué harías si nadie se enterara?
- Participá del caos. Aunque los seres humanos tendemos a aborrecer lo impredecible, lo que desborda nuestros esquemas, el caos es aquello que la naturaleza usa para crear nuevas entidades y acontecimientos. Existen en las fuerzas instintivas patrones, sensibilidades y reglas de lo imprevisible que conducen a lo nuevo en vos. Cuando te encuentres con ese “no sé” al que tanto le temés, aceptá la invitación a dejar de ser una “controladora” del mundo, para convertirte en una exploradora. Si hay algo que nos asusta del instinto, es que no se trata de un “vamos acá para llegar hasta allá”. Es simplemente un “vamos y vemos”. Y en esa invitación, hay que entregarse al caos.
- Buscá en la oscuridad. La libertad es condición necesaria para volver a conectarnos con nuestros instintos. La libertad interior que nos permite desafiar convenciones del buen gusto, de lo correcto, de la elegancia. Aquella que nos permite comportarnos de una manera que no es la que se espera, la más correcta o racional, y movernos a un territorio desconocido. Para representar esta necesidad, nuestra psicóloga nos cuenta siempre la historia de un borracho que busca su llave extraviada bajo el único farol con luz de una cuadra, habiéndose perdido en otra. Es imposible que la encuentre en ese lugar, pero como hay luz ahí, le parece “más sensato” reducir su búsqueda a lo seguro. Nosotras hacemos exactamente eso cuando decidimos encarar la sanación de nuestros instintos perdidos o averiados con las mismas armas que los obstruyen: la palabra, el adoctrinamiento, las indicaciones, los manuales, las autoridades.
- Celebrá la incomodidad. Cuando comiences tu exploración, es probable que te sientas tonta, bruta, desubicada, infantil o ridícula. Bien por vos. Todas esas palabras son las que la civilización usa para volver a encauzarnos en lo predecible. Felicitate por animarte, celebrá cada paso y no juzgues nada de lo que te permitas como un error. Así como no hay fórmulas para escribir bien un poema, no hay fórmulas para redescubrir tu propia piel. Buscate aliados que celebren con vos y cuidá esta búsqueda de quienes pueden juzgarla. Nada asusta más a una persona desconectada que alguien que busca salir de la desconexión.

Los enemigos del instinto
Nuestra mente controladora va a incitarnos a volver a las condiciones conocidas. Los principales “enemigos” de tu naturaleza instintiva están siempre ahí, convirtiéndose en nuestros patrones, nuestras costumbres y nuestro modo de pensar y actuar. Tené presentes estos obstáculos porque seguro van a aparecer en el camino... y vas a tener que ser hábil para que no te frenen. ¿Qué evitar?
- 1. La necesidad de agradar. Si siempre estás preocupada por hacer felices a los demás, es imposible que detectes lo que necesitás vos. Nuestra cultura le confiere a la mujer un rol proveedor, pero puede dejarla “seca” o desnutrida.
- 2. El exceso de corrección. Sonreír forzadamente cuando querés llorar a mares, apretar los dientes para contener tu enojo y no gritar y portarte como una “señorita” en cualquier circunstancia van dañando tu sensor emocional. Es probable que llegue un momento en que ni siquiera sepas lo que realmente sentís.
- 3. La desconexión con tus ciclos naturales. Dormir poco, comer mal, no saber ni siquiera cuándo fue la última vez que te vino ni si tus ciclos son regulares. Ignorar el ritmo propio del cuerpo es, básicamente, ignorar el instinto.
- 4. La autoexplotación. Agotarte, forzarte, sobreentrenarte, estar siempre en acción. Llevar tu cuerpo a un estado bélico y alerta también es una forma de vivir anestesiada. Pensarse a una misma como un robot hacedor nunca puede ser un camino hacia nuestros instintos. La pausa y la contemplación son la otra cara para aprender a escuchar tu voz más primitiva y salvaje.
- 5. La ausencia de una tribu. Si tu vida está repleta de amistades superficiales, competencia, comparaciones, personas que sacan ventaja o relaciones de conveniencia, en definitiva, estás sola. La tribu genuina es ese conjunto de personas en las cuales podés descansar sin “caretear” tus estados, por más miserables que sean.
- 6. La evasión de las peleas. A veces, por custodiar la perfecta armonía de todo, bajás la cabeza y evitás el conflicto por todos los medios. Pero hay ocasiones en que la causa lo vale. Por eso, enojate y defendete cuando tengas que hacerlo; mostrá las uñas, los dientes, hacé lo que tengas que hacer para defender tu espacio o tu integridad. Sos mujer, pero también sos una fiera.
- 7. La apatía. Nada anestesia más los sentidos y el instinto que vivir rutinas y contextos agobiantes, que te apagan. Las brújulas se dañan y luego se apagan cuando no hay nadie que las use para ir tras lo que desea.
¿Sentís la fuerza?
El instinto es mucho más que un conjunto de respuestas condicionadas por un estímulo. Es parte de una fuerza psíquica que nos permite ir hacia el camino de la vida, hacia lo que nos enciende y nos hace querer estar vivas. Herir el instinto de una especie, de un grupo o de un género es una forma de ganar poder sobre él y de ponerlo al servicio de valores que le son contrarios a sus intereses. En este sentido, preservar tu naturaleza instintiva no es un lujo personal: es una responsabilidad para con tu tribu y para con el espacio en que habitás. No por civilizado el mundo deja de ser una jungla. A la larga, todas necesitamos de esta fuerza.

La domesticación del placer sexual
No solo a través de las prohibiciones y las censuras el instinto sexual puede verse atrofiado. Especialmente en un contexto sobreestimulante y (al menos supuestamente) libre –como este en el que vivimos–, el peligro de herir nuestra naturaleza íntima parece venir desde un lugar que nunca esperarías: la difusión constante del placer. Fue el filósofo francés Michel Foucault el primero en subrayar que la idea de aprender a gozar, a gozar correctamente, puede ser más eficaz para controlar a las personas que la prohibición de hacerlo. Cuando en una cultura empieza a haber indicaciones más o menos precisas sobre “la importancia de tener sexo”, cómo, dónde, con qué tipos de personas y cuántas veces a la semana, también hay que estar alertas. La estandarización de las pasiones, la medicalización del placer y la construcción de identidades a partir de ser deseable no indicaría entonces la construcción de un contexto más sofisticado en el dominio de los cuerpos, y bajo ningún concepto “más liberado”. Según esta concepción, el deseo, la sexualidad, la libido, es por naturaleza indomable, inclasificable, arbitraria, algo que representa una verdadera amenaza para los sistemas rígidos en los que buscamos hacer encajar nuestra humanidad. Sentirse “rara”, “tonta”, “sucia”, “inapropiada”, “ridícula” suelen ser las señales más claras de que nos estamos saliendo de la norma, la manera en que nos llamamos a nosotras mismas cuando algo que nos pasa o sentimos no se condice con las figuras ideales de la sexualidad. Tener la capacidad de cuestionar esos grises, esas zonas poco exploradas por las que se supone que no debemos pasar, es una manera de ser honestas con nosotras mismas y de mantener en vista el hecho de que cada cuerpo es un mundo y cada deseo, un universo al que nadie más puede tener completo acceso. Es esa profundidad y no las respuestas condicionadas lo que nos hace verdaderamente humanas.
Expertas consultadas: Inés Dates. Nuestra psicóloga. Florenzi Aduriz. Psicóloga y coordinadora regional en Gather the Women.
Maquilló y peinó Andrea Pisani para Sebastián Correa estudio con productos Givenchy. Agradecemos a Catalina D’ Alessandro su colaboración en esta nota.
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