
Peregrinar al Mont St. Odile
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Cuando emprendimos con mi marido parte de la llamada Ruta de los Vinos, de Estrasburgo a Colmar, en la zona de Alsacia, Francia, habíamos marcado como destinos algunos pueblos de ensueño, ahora franceses, pero que conservan el aspecto edilicio y espíritu de su gente.
El entorno natural transcurrió entre colinas sembradas de viñedos, con sus casitas de techos rojizos y cuidadas flores, y las montañas cada vez de más altura, circundadas por curvas y rutas que van dejando debajo vistas panorámicas sorprendentes y horizontes bañados de diversos tonos verdes.
Jamás imaginamos, pese a la obvia belleza del camino, que un lugar siquiera contemplado por algunas guías o circuitos turísticos cambiaría nuestro maravilloso viaje. Y es que el Mont St. Odile (o monte de Santa Odilia) resulta poco renombrado en la Argentina, a pesar de su fama mundial como lugar de peregrinación, incluso visitado por el papa Juan Pablo II.
Dice la leyenda que en el siglo VII, el duque de Etichón que deseaba un hijo varón repudió a su hija Odile que habría nacido ciega. Repentinamente Odile habría recobrado la vista en el momento de su bautismo, y varios años después, su padre le regalaría un castillo para fundar su convento. A su muerte, el sitio se convirtió en un monasterio, lugar obligado de peregrinación en Francia, y ella en santa patrona de Alsacia.
A unos 29 km de Estrasburgo, en el valle del Rin, la ruta serpenteante envuelve el monte que es parte de la cordillera de los Vosgos y va tomando altura, hasta llegar a su cumbre, donde sin aviso nos encontramos con la majestuosa construcción que corona la colina. Al atravesar el portón de ingreso, un patio cuidado y sereno abre paso a un lugar idílico. La paz es absoluta e inmensa. El edificio se encuentra construido al borde de una de las paredes del monte, desde donde se pueden apreciar más de treinta diminutas aldeas y a lo lejos, la selva negra alemana. Allí mismo se pueden visitar las pequeñas capillas de las lágrimas y los ángeles con hermosos mosaicos.
Entramos a la basílica construida en el siglo XVII, donde está la cripta de Sainte Odile con sus restos y varias esculturas. Resulta inexplicable la experiencia que vivimos allí, en aquel lugar oscuro sólo iluminado por velas. La emoción se apoderó de nosotros un instante, como si el estar ahí detuviera el tiempo por completo y nos comulgara con el dolor y sacrificio de aquella mujer rechazada por su propio padre, que la habría, según la historia, enviado a matar. Al igual que el nombre que lleva una de las capillas, las lágrimas corrieron espontáneamente por nuestras mejillas. No sé cuánto tiempo permanecimos frente a su tumba. Lo que sí se es que fue lo suficiente para que ese recuerdo quedara grabado para siempre.
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