
Porto de Galinhas
En el nordeste brasileño, este puerto conquista con la serenidad de sus playas y los sabores del mar
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RECIFE.-- Porto de Galinhas es un poblado diminuto, con más espíritu caribeño que brasileño y una sola calle principal, sin mayor tránsito que el de los buggies que cargan y descargan turistas en los hoteles.
Aquí el clima promete ser tropical, con escasas lluvias, pero si por casualidad le tocan, hágase el distraído y celébrelo tranquilo: el sol regresa rápido y los aguaceros no son tan poco frecuentes como declaran los habitantes.
Sesenta kilómetros al sur de Recife, en el municipio de Ipojuca, este pueblo tiene playas de arena blanca, fina, permanentemente empapadas por un mar calmo --excepto en raras excepciones ideales para el surf como en el balneario de Maracaípe-- que componen un litoral tranquilo a tal punto de cualquier visitante siente, con sólo una par de horas en el lugar, que allí el día tiene más de 24.
Es tal la paciencia con que todo se mueve en este sitio --incluso el sol demora en ocultarse-- que convoca a descansar bajo las palmeras, tomar una barcaza para respirar aire de mar o hacer snorkeling muy cerca de la costa. Planes atractivos que van a la par del relax que imponen las piscinas naturales.
Sí. Nada de piletas de material. Las piletas naturales son un símbolo de Porto, con una colonia de corales que forma uno de los más bellos escenarios del mundo acuático en el nordeste de Brasil.
Y lo mejor del caso es que se puede acceder a ellas en jangadas --embarcaciones alargadas de madera que se mueven por acción de un remo que más que empujar el agua se clava en la arena para avanzar--, o bien, caminando y nadando en una profundidad que no supera el metro y medio.
A sólo 100 m mar adentro aparece el sitio para sumergirse entre los pececitos de colores. Basta ver el rostro de felicidad de los que llegaron antes a las piletas para sentir el placer de darles de comer a los habitantes del mar que rodean a todos sin timidez.
Mientras tanto, los que prefieren una experiencia más cercana al buceo tradicional tienen la posibilidad de visitar una suerte de cavernas submarinas también cercanas a la costa.
Como en las postales
Aquí abundan las hamacas tendidas de tronco a tronco que invitan, con el aire más fresco de la noche, a leer, tomar un trago o dormitar en ellas hasta que el sueño pueda más.
Comer y dormir en este sitio implica comodidad en pequeñas pero cálidas posadas, con salones de juego para refugiarse a la hora del sol y amplísimas piletas para grandes y chicos demasiado cercanas a las playas como para dejarse engañar por sus aguas cloradas (aunque al anochecer resulten una buena opción para refrescarse).
Las instalaciones hoteleras crecen constantemente por la gran afluencia de turismo interno --muchos de los habitantes de Recife pasan sus fines de semana en Porto--, y es común encontrarse con parejas de mieleros que eligen este destino para unos días de pleno romanticismo.
Eso de cenar a la luz de las velas y con los pies descalzos sobre la arena está muy bien visto en los mejores restaurantes del poblado, como Beijupirá o Bico Verde, que no son precisamente baratos, pero sí convocantes.
Por supuesto que no faltan los tradicionales puestitos en la calle que ofrecen comida al paso, como tapiocas enormes, dulces y saladas, preparadas a la vista. Pero es casi una obligación probar los frutos de mar con arroz o los pescados grillados con batatas en la orilla, con los pies apenas sumergidos en el agua.
Para conseguir uno de esos momentos sublimes, basta con aprovechar las horas de marea baja para detenerse en la playa céntrica, la más tupida de sombrillas, y dejarse tentar por los manjares recién salidos del agua salada. Allí aparece Junior: uno de los personajes de la isla que, desde su metro cincuenta, se regodea con un negocio familiar donde se privilegia la buena atención y una parrillita diminuta sobre la que se extienden todo tipo de delicias de mar. Y abrirá el menú con traducción al instante para viajeros desorientados.
Tardes de arena y sol
Más de veinte kilómetros de playa conforman la esencia de este puerto que, antes de denominarse Porto de Galinhas, recibía esclavos para aumentar su producción de madera. La llegada de estas embarcaciones se anunciaba con el grito de "ahí llegan las gallinas". El caso es que los esclavos, cuyo tráfico estaba prohibido, venían dentro de jaulas con estos animales. Y de allí salió el segundo y definitivo nombre para el poblado.
De cara al mar transparente, hay varias playas imperdibles para recorrer en buggy; sin duda, el medio de locomoción más solicitado del pueblo.
Para empezar, no se puede dejar de ir a la playa de Muro Alto, un imponente paredón de arena sostenido por miles de palmeras, postal que se amontona en los puestos callejeros por los que resulta inevitable dejarse seducir.
En este murallón hay una piscina natural de 2,5 km2 donde el boleto de entrada consiste en jurar respeto por el equilibrio ecológico del lugar.
Otro de los sitios predilectos para ponerse la malla y las ojotas es Camboa: esta extensa playa ubicada en el litoral sur de Pernambuco, es el símbolo de la calma. Entre sus propuestas poco agitadas está la de observar el atardecer enmarcado en un desierto de arena y en el que sólo se halla reparo debajo de unos cocoteros.
Pero, sin duda, lo más bello de la zona es la isla de Itamaracá. Antes de abordar el catamarán que acerca a su desolado paisaje de sol y palmeras rodeadas de agua azul, se puede conocer una de las iglesias más antiguas de Brasil y ver el ritmo de los lugareños, que se mueven siempre al compás de la música local, un son que contagia.
Maracaípe, refugio de hipocampos
Se pueden observar y fotografiar navegando por el río
Este es el límite donde todo el paisaje ya visto se puede suplantar por otro absolutamente distinto, pero no distante. A apenas veinte minutos en buggy desde el centro de Porto de Galinhas está el Portal de Maracaípe: una playa de río y mar compartida sin disputas, pero con las diferencias bien marcadas entre uno y otro. Allí donde termina el mar con su espíritu cristalino y su arena blanca comienza el río, con su pasividad cobriza, un fondo que contiene mucho yodo y raíces que sobrepasan el nivel del agua y saturan las orillas.
Hasta allí llegan todos, absolutamente todos, los turistas. Porque consideran, con justicia, imperdible visitar el lecho de este río de aguas amarillentas donde habitan caballitos de mar de todos los tamaños. Y hasta es posible tocarlos y fotografiarlos en un corto lapso porque el estrés del contacto humano puede causar serios riesgos para su población, reservada y cuidada hasta en los mínimos detalles para garantizar su conservación.
Eso sí, en medio de tanta tranquilidad, en un recodo donde casi no sopla el viento, en las primeras horas de la tarde comienza el desfile de parapentes y tablas de surf rumbo a Maracaípe, una playa completamente marítima donde las olas de más de dos metros de altura permiten a los deportistas escalar en los récords por enfrentarlas.
Datos útiles
Cómo llegar
En avión US$ 558
De ida y vuelta, a Recife, con tasas e impuestos incluidos. El traslado en minivan hasta el pueblo cuesta US$ 12 por persona.
Alojamiento
Posadas desde US$ 30
Base habitación doble en posadas y hoteles tres y cuatro estrellas, con desayuno incluido.
Paseos
Punta a punta US$ 30
Recorrido en buggy para cuatro personas, por 18 km de playa.
Isla de Itamaracá US$ 20
Por persona, con paseo en barco y almuerzo incluidos.
Olinda y Recife US$ 35
Por persona, con almuerzo y visita a las playas de ambas ciudades.
En Internet:
https://www.portodegalinhas.com.br





