Aislamiento interno y burbuja internacional
El Presidente ha profundizado su tendencia a hablarse y escucharse a sí mismo, mientras busca amparo fuera del país entre los que piensan igual o saben disimular las disidencias
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Javier Milei se diferencia en muchas cosas de la mayoría de los presidentes que lo precedieron, aunque a veces solo exagera los rasgos más agudos. Hasta rozar la caricatura.
El Presidente repite y exacerba desde hace algunas semanas una conducta demasiado reiterada de los gobernantes cuando atraviesan momentos complicados de su gestión, los resultados no son los esperados y mengua el apoyo social.
Por un lado, Milei ha profundizado su tendencia al aislamiento interno, hablándose y escuchándose mucho a sí mismo y prestándole poca atención a muy pocos.
Por otro lado, se ha vuelto a refugiar en la burbuja externa. Esa que oficia de confortable cobijo donde es arropado por los que piensan igual o saben disimular las disidencias. Y, también, opera como campo de batalla para enfrentar enemigos a medida, con el propósito de satisfacer a aquellos a los que busca agradar, sean los propios o sus referentes más poderosos, y, si es posible, estimular el nervio nacionalista de las mayorías locales.
Las consecuencias de esa deriva se ven con claridad en las últimas y reiteradas apariciones mediáticas del Presidente en su recobrado, corregido y aumentado papel de vocero de sí mismo, tras la demorada y escandalosa salida de Manuel Adorni y el por ahora fallido experimento de Adrián Ravier como reemplazante.
Solo Milei habla por Milei y se repite con los mismos modales extremos originales, pero ahora sin agrandar la audiencia y desafiando la tolerancia de los que lo escuchan.
Desde hace siete meses se registra una dominancia de las reacciones negativas respecto del Presidente y de su gestión en las redes sociales, según lo reflejan los seguimientos que hacen las consultoras especializadas Méthodo y AdHoc. En tanto, las encuestas muestran un sostenido deterioro de la imagen presidencial y del Gobierno, así como una caída de las expectativas económicas de la población.
Esos indicadores serían producto de la falta de resultados de las políticas púbicas, en particular las que tienen que ver con la calidad de vida individual (ingresos, empleo, poder adquisitivo), lo que potencia un aparente agotamiento del atributo central que terminó depositando al libertario en la Presidencia.
El “Milei, fenómeno verbal”, que analiza con agudeza en el libro de igual título el ensayista Juan José Becerra, parecería estar necesitando una actualización del software. “El político que se hizo a sí mismo hablando”, como reza el subtítulo de ese ensayo, afronta dificultades para seguir haciéndose Presidente. La ausencia de rivales competitivos subraya el problema, tanto como atenúa las consecuencias. Al menos, en lo inmediato.
Los casi 14 meses y medio que aún faltan para la elección presidencial y la fragmentación opositora llevan a suponer que el Presidente y su gestión tienen todavía tiempo suficiente a su disposición para un reseteo o un maquillaje.
Milei ya lo hizo en los tiempos turbulentos que fueron del abrumador triunfo kirchnerista en las elecciones bonaerenses de septiembre pasado, hasta que recobró el aliento hacia fines de año con el triunfo en las elecciones nacionales de octubre y la recuperación de la paz cambiaria. Ese cambio es lo que Becerra denominó “el apagón estratégico” de la verba inflamada mileísta. Esa que acaba de volver y estaría obligando al autor a una edición ampliada.
Las últimas apariciones del líder libertario en modo desenfrenado, con la reivindicación explícita de sus “horribles modos”, cómo él mismo los calificó en la conversación con Luis Majul, permiten conjeturar que el aislamiento interno que lo atraviesa, la burbuja internacional que habita y un sesgado diagnóstico del triunfo electoral de octubre pasado están reforzando la versión original de Milei antes que propiciando a una revisión, que el contexto parece demandar.
En la cima del poder libertario reina la convicción (o sobreestimación) de que la victoria en las elecciones nacionales de medio término es mucho más por mérito propio y apoyo popular a su gestión que por efecto del rescate de urgencia de Donald Trump y Scott Bessent, junto con un profundo miedo al regreso del pasado, con las turbulencias cambiarias y la disparada de la inflación. Los errores de diagnóstico pueden tener consecuencias funestas.
Cambio de contexto
El contexto muestra hoy cambios evidentes. La paciencia social está registrando fisuras. Lo revelan las encuestas, los grupos focales, el rastrillaje en las redes sociales, así como las reacciones que empiezan a asomar en el espacio público y los recientes cambios de posturas de dirigentes y gobernadores aliados o colaboracionistas, que ecualizan apoyos y rechazos al Gobierno en sintonía con las expresiones del humor social.
El retiro del capítulo sobre el acceso de los extranjeros a la propiedad de la tierra al igual que el ítem referido al manejo del fuego del proyecto de ley denominado de “inviolabilidad de la propiedad privada” es de una elocuencia que expuso la nueva realidad. Una realidad que hizo explotar conflictos internos en el Gabinete y resaltó la insularidad en la que se ha sumido el Presidente, a la que acceden muy pocos y, no siempre, para lograr éxitos. La visa de la que goza Federico Sturzenegger está en revisión en la oficina migratoria de Karina Milei.
Mientras tanto, los colaboradores que buscan sumar voces e instalar temáticas en la agenda pública solo están aportando ruido y cacofonía, sin los atributos del original. Dos de lo más importantes ministros del Gabinete, como el titular de Economía, Luis “Toto” Caputo, y el canciller Pablo Quirno, encabezan la lista de imitadores desafinados, que antes que concitar adhesiones irritan y generan rechazo en la opinión pública que aún sigue los avatares de la política o que se conecta esporádicamente en función de las temáticas tratadas. En la narrativa oficial, las cámaras de eco y los sesgos de confirmación alcanzan hoy su máximo esplendor y su mínima capacidad de reverberación.
Ahí están la percepción mayoritaria de insensibilidad y falta de empatía que generó el desdén con el que Milei se refirió al aumento del endeudamiento y la morosidad entre los argentinos comunes y corrientes, al minimizarlo como el producto de un problema entre privados sin responsabilidad alguna de sus políticas económica, financiera y cambiaria.
Otro tanto puede decirse de la necesidad (y la imposibilidad) de explicar tardíamente de Caputo respecto de que cuando habló de “los tarados que defienden a la industria” no estaba insultando a los empresarios y trabajadores industriales y sus familias afectadas por el apagón que sufre uno de los mayores dadores de empleo.
Con treinta y dos meses de gestión transcurridos, son cada vez menos los que exculpan al Gobierno por la herencia recibida, más cuando aparecen voces insospechadas de integrar el batallón de “terroristas” antilibertarios, según las nuevas categorías del milei-trumpismo, sino que hasta hace nada eran bien ponderadas por el propio líder libertario. Las recientes observaciones al respecto del economista Ricardo Arriazu no pasaron inadvertidas en el Gobierno, en la oposición y entre los observadores de la situación político-económica.
Disonancia cognitiva
La otra cara de la nueva realidad que transita Mile se advierte con su frenética incursión en las relaciones exteriores, en dos dimensiones contrapuestas.
Por un lado, ofició de vicario regional del trumpismo más radical con su injerencia en el proceso electoral brasileño, que no se limitó a expresar su apoyo al opositor derechista Flávio Bolsonaro.
Fue mucho más lejos con la larga secuencia de insultos, imputaciones y descalificaciones a su par (aunque él no lo considere así) Luis Inácio Lula da Silva y a un juez del máximo tribunal de Justicia de Brasil que generaron la peor crisis diplomática con el principal socio comercial del país y la llevaron al borde de la ruptura de relaciones. No faltó como recurso y excusa la recurrencia a la creación del enemigo externo con la acusación a la administración de Lula de haber financiado “una campaña antiargentina” durante y después del Mundial de Fútbol. Lo ocurrido con la ley de tierras demostró la ineficacia de la estrategia. La sociedad y la dirigencia política no libertaria parecieron advertir la disonancia cognitiva entre la retórica y la política pública.
Otro tanto, podría ocurrir con el intento de apropiación por parte de Milei y Quirno de la visita papal al país, que podría convertirse en un búmeran. La mayoría de las expresiones de León XIV, así como las de los jerarcas de la iglesia argentina en cuestiones político-económicas, no pueden estar más desalineadas de la narrativa y la práctica mileísta.
La homilía del arzobispo porteño, Jorge Ignacio García Cuerva, en la conmemoración de San Cayetano no solo no ahorró señalamientos sobre el impacto negativo en la sociedad de ciertas políticas del Gobierno sino que hizo un expreso llamamiento a no callar los cuestionamientos.
Octubre y noviembre prometen ser meses muy interesantes por la influencia que tendrán los asuntos exteriores en el país. La elección presidencial en Brasil y los comicios legislativos que podrían cambiar la composición del Congreso en Estados Unidos precederán a la visita de León XIV. Texto y contexto.
Mientras tanto, Milei buscó el cobijo de la burbuja externa que proveen los oropeles del ceremonial y protocolo de los gobiernos con los que se mantienen relaciones cordiales, potenciado en este caso por el sesgo ideológico regional de los anfitriones.
Su raid por los países andinos que estrenaron gobiernos de derecha afines, como Perú y Colombia, seguramente lo devolverá al país reconfortado y potenciado. Nada a lo que no hayan recurrido otros predecesores para aliviar parte de sus inviernos.
Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Néstor y Cristina Kirchner, Mauricio Macri y hasta el desvalido Alberto Fernández vivieron con frecuencia esa experiencia.
Sin embargo, ninguno de ellos se libró de las inclemencias de la realidad nacional. Por el contrario, la historia demuestra que el aislamiento interno y la burbuja externa suelen potenciar los rigores climáticos.

