Antes, maduras, carnales e intensas; ahora las llaman relaciones realistas
En círculos del Departamento de Estado ha comenzado a cobrar forma una suerte de redefinición de las relaciones con la Argentina.
No porque el país sea vital ni estratégico, como creyeron durante mucho tiempo algunos de sus dirigentes, sino por las instancias vertiginosas que ha atravesado en pocos años: de una pertenencia sobrenatural al Primer Mundo, por la paridad uno a uno entre el peso y el dólar después de un 5000 por ciento de inflación anual, a la certeza casi absoluta de haber quedado librado a su suerte, por la disparidad con el Fondo Monetario en medio de vítores y hurras sorpresivos, y sorprendentes, al default .
Ya no se trata, pues, de relaciones maduras (versión Raúl Alfonsín), ni de relaciones carnales (versión Carlos Menem), ni de relaciones intensas (versión Fernando de la Rúa), sino, según confió a LA NACION una fuente del gobierno norteamericano, de relaciones realistas.
Redefinición que, en principio, no implica un cambio trascendente del lado argentino, sino un mojón de realismo. A secas, no mágico. O, tal vez, un mojón de realidad latinoamericana: el canciller Carlos Ruckauf, rara avis siendo argentino, ha mediado por por compatriotas en penosa condición de ilegales en los Estados Unidos. Circunstancia nueva, curiosa, después de haber sido uno de los pocos que podían ingresar sin visa. Tan curiosa, y nueva, como las artes y los oficios que desempeñan en el exterior, antes frecuentes en gente de otras nacionalidades.
El cambio trascendente, o drástico, ha provenido esta vez del lado norteamericano. En especial, por el afán de la administración de George W. Bush (encarnada en la dureza del secretario del Tesoro, Paul O´Neill) de no ceder un ápice ante la crisis hasta tanto vea luz al final del túnel. Es decir, un plan de desarrollo sustentable, sentando de ese modo un leading case (caso testigo) en una región que, si no temiera represalias, con gusto se enrolaría en las filas de los vítores, y las hurras, al default .
"You are the winner, Carlos"
Muchos ven lejano, en lontananza casi, el 3 de noviembre de 1990. Dos días después del alzamiento de los carapitandas, encabezados por Mohamed Alí Seineldín, George Bush (padre) zigzagueaba en una disyuntiva de fuego: ir a Buenos Aires o no.
Estaba en Brasilia, pronto a partir rumbo a Montevideo. No conocía del todo a Menem, el nuevo presidente argentino, ni sabía qué iba a encontrar. Podría haber suspendido su última escala en América latina antes de regresar a Washington, pero, concluyó, iba a ser considerado un cobarde por propios y extraños.
Sobre todo, por ceder ante los temores que infundía el ideario de un militar místico con preceptos religiosos medievales como Seineldín, considerado amigo y aliado del general panameño Manuel Noriega, en desmedro de la premisa norteamericana de promover la democracia y el libre comercio en el continente. Puntales de la globalización inminente. Decidió entonces, a pesar de los reparos del servicio secreto, de la CIA y del FBI, no modificar su agenda.
Una vez en la Casa Rosada, en donde habían silbado las balas, Bush alzó el brazo de Menem: " You are the winner, Carlos ", le dijo.
Menem desvió la vista hacia su intérprete. "Usted es el ganador, Carlos", tradujo. No había entendido una palabra, en realidad, pero era el comienzo de las relaciones carnales.
Que, después de haber reportado en los años siguientes el título de aliado mayor extra-OTAN como devolución de gentilezas por contribuciones con fuerzas de paz en donde hubiera tropas de los Estados Unidos, pasaron a ser relaciones intensas durante el gobierno de De la Rúa. No maduras, con tal de diferenciarse de Alfonsín.
La oferta de aliento si arde de nuevo el Golfo Pérsico ha derivado en otra definición. O redefinición made in USA : relaciones realistas. Forma que invalida el presunto trato de igualdad. O, acaso, nos iguala con nosotros mismos.
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