Días de injusticias y desaciertos para Cristina Kirchner

Joaquín Morales Solá
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26 de febrero de 2004  

Cristina Fernández de Kirchner ha oscilado en los últimos días entre el padecimiento del prejuicio y el desacierto propio. Conoció la injusticia cuando la criticaron por su viaje a Nueva York, por su presencia en algunas revistas de actualidad o hasta por su cuidadosa forma de vestir. Pero cometió sus propios errores cuando habló de las condiciones internacionales de la Argentina o cuando destrató inútilmente a sus opositores.

Empecemos por separar la cáscara de la esencia. Bella y elegante, esos atributos no los descubrió con la presidencia de su esposo. Siempre fue igual, incluidos los tiempos de su militancia peronista en la Universidad de La Plata. "Rajaba la tierra que pisaba", recuerda un actual ministro que la conoció en sus épocas de estudiante.

Otra cualidad que la acompaña es su proverbial inteligencia para descubrir el centro de un problema y desgranarlo por los cuatro costados. Esa inteligencia y el don de la palabra le han permitido que sus discursos disciplinen, como latigazos de una amazona furiosa, al indómito Senado. Oficialistas y opositores, radicales y peronistas, han confesado que le temen a esas imprecaciones y reprimendas que brotan de su boca, en pleno recinto, como llamaradas fulminantes.

¿Qué le reclaman los que critican su viaje a una de las más hermosas ciudades del mundo, su aceptación de aparecer en las revistas o la elegancia de su vestuario? ¿Acaso un poco de hipocresía? ¿Podría aparecer ahora la senadora como la sumisa esposa que nunca fue? ¿Podría, en fin, quemar su guardarropa para vestirse con el estilo del aburrimiento? ¿Para qué pedirle que sea lo que no es? Basta con que ya sea la primera dama con más formación política e intelectual desde la restauración democrática.

El argumento que más se ha escuchado señala que la senadora debería reflexionar sobre las formas de sus apariciones públicas en un país con tanta pobreza. La actuación frente a la pobreza es un conflicto de los intelectuales. Los pobres quieren dejar de ser pobres cuanto antes y saben discernir entre quienes comparten ese sueño, más allá de la decoración.

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Veamos la política, que es lo que importa. Aunque Cristina Kirchner crea lo contrario, será difícil de alcanzar aquel sueño en un país aislado. La senadora acaba de decir que la Argentina podría seguir viviendo si fuera aislada, porque quebró cuando más conectada estaba con el mundo. Es lo mismo que recomendarle a un enfermo que no vaya al médico porque muchos murieron cuando estaban en manos de médicos.

La Argentina vive ahora de sus fenomenales exportaciones. ¿Qué es eso si no estar conectada con el mundo? Ningún país serio del universo aceptaría (ni aun la entrañable España, como acaba de precisarlo el presidente José María Aznar) que una nación con capacidad limitada de pago, pero capacidad al fin, decida simplemente desconocer la deuda en default más grande de la historia.

Una parte de la sociedad argentina aspira a regresar a los tiempos del ascenso social y el pleno empleo y la otra parte ya no está en condiciones de hacer más sacrificios. ¿Con qué argentinos la senadora pondría a prueba su tesis?

Hace poco, otra sentencia de Cristina Kirchner relativizó la importancia de la seguridad jurídica para la seducción de inversores. "¿Qué seguridad jurídica hay en China? Ninguna, y, sin embargo, allá los inversores hacen cola", lanzó. Es extraña esa definición en la esposa de un presidente que ha hecho de la reconstrucción institucional una de sus principales promesas políticas. La seguridad jurídica es, al fin y al cabo, una conclusión de la presencia de instituciones sólidas y confiables.

Pero hay un elemento fundamental que la senadora no sopesó. China viene creciendo al 7 por ciento anual desde hace más diez años y tiene una población de mil millones de habitantes. Es un anzuelo demasiado apetitoso para cualquier inversor. La Argentina, por el contrario, viene de una depresión económica de casi cinco años y tiene una población sólo de 36 millones de habitantes, la mitad de los cuales consumen poco y nada. Decididamente, la Argentina tiene que hacer un esfuerzo frente a los inversores que China no necesita hacer.

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El lunes último, la senadora Kirchner se negó a escuchar en silencio al senador Eduardo Menem cuando la Cámara alta trataba una cuestión referida a la Corte Suprema de Justicia. No hay senador más solo en ese cuerpo que Menem, soledad que demuestra la relatividad de las victorias y de los fracasos de la política. Es difícil escuchar sermones sobre la independencia de la Justicia -es verdad- de parte del representante del gobierno que más hizo para desacreditar la Justicia.

Pero la tolerancia es una virtud escasa porque es difícil practicarla. Sin embargo, más difícil es imaginar una vida y una cultura democráticas carentes de tolerancia. ¿Qué le costaba a Cristina Kirchner escuchar sin descalificar a Eduardo Menem, sobre todo cuando ella tenía la posibilidad posterior de la réplica?

Algunos podrán argumentar que, en todo caso, se trata de opiniones de una senadora. Sin embargo, la propia Cristina se autocalificó como una "militante" de la conducción política de su esposo, tiene un despacho permanente en la Casa de Gobierno y jamás desmintió las versiones que la señalan como la principal consejera del Presidente. Es verdad, también, que Kirchner termina haciendo siempre lo que él piensa y quiere. La única diferencia es la que divide a los colaboradores que consulta y a los que sólo les da órdenes.

Podrían agregarse también las recurrentes últimas expresiones de la senadora sobre los errores del periodismo, sobre lo que la prensa hace y sobre lo que debería hacer. Pero en este caso es preferible defender incondicionalmente el derecho de los funcionarios a criticar al periodismo, aun cuando frecuenten el error. La libertad de expresión no es propiedad exclusiva de la prensa.

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