
El estallido de la verdad
Con la renuncia del presidente De la Rúa culmina en la Argentina un modo de entender la vida republicana. El retorno a la vida democrática, producido hace ahora dieciocho años, no se vio respaldado por un proyecto sino, tan sólo, por una circunstancia: la del agotamiento de la dictadura militar. El reencuentro con el orden constitucional no llegó a ser, en estas dos largas décadas, auténticamente democrático porque en ellas la incidencia de los ideales nacionales fue menor, mucho menor, que la defensa de los ideales sectoriales y corporativos.
La gente que en estos últimos días buscó la calle lo hizo para reivindicar su derecho a una vida con sentido. Y una vida con sentido es inconcebible sin dignidad. La dignidad no puede estar representada por los mercados. No es un bono ni un plazo fijo. Tampoco es una chequera. La dignidad florece donde hay trabajo, salud, educación. La gente salió a la calle a recordar a las dirigencias locales que no son nacionales, que el segmento les importó siempre más que el conjunto. La gente salió a la calle harta de que se la confunda con una cifra, de que se le hable con cifras cuando lo que quiere oír son valores morales. Nociones que infundan significado solidario a la experiencia social. A esas dirigencias, anémicas de patriotismo, la gente salió a reclamarles pensamiento. Ideas. Hondura. Espíritu de grandeza. La gente está harta de ser despreciada.
Es posible que la represión sofoque la violencia callejera. Pero no eliminará sus causas. Para eliminarlas hace falta gobernar con indeclinable pasión por la justicia social. La buena política, la política necesaria no es otra cosa que ese creciente esfuerzo por ampliar la conciencia y la práctica del bien común. Y donde éste importa, la política no puede estar al servicio de la economía. Es, en cambio, la economía la que debe servir a la política. Ni el gobierno ahora extinto ni la oposición han querido oír a tiempo la voz de la desesperación, la advertencia del sufrimiento colectivo. Y así fue como uno y otra se vieron obligados a correr detrás de los hechos. Y al hablar de los hechos no confundamos el oportunismo de los violentos con el hartazgo de los marginados y hambrientos. El país necesita, ante todo, una política nacional; concertación e integración entre sus partes. Un interés superior al de cada una de las partes que integren ese conjunto. El país está pidiendo a gritos y a cacerolazos que la democracia prepondere como meta por sobre los propósitos e intereses segmentados y mezquinos.
Sí, saquear es un delito. Pero saqueos no sólo son los de los supermercados. Lo son también los de los fondos públicos. La corrupción y los privilegios son saqueos. Es saqueo la perversión de la Justicia. La impunidad es un saqueo. El desprecio del deber y del derecho. Nuestra democracia no ha sabido concebir su modernización como un proyecto político sustancialmente patriótico y lo ha dejado todo en manos del mercado, del gremio, del sector. De quienes no tienen otra moral que la del interés y el negocio. Y donde no impera otra moral que esa falta de moral, el valor de la vida humana se vuelve irrelevante. Hoy sabemos -y lo sabemos duramente- que por ese camino no tenemos porvenir.




