Hay debate, hay propuestas y, por suerte, tenemos Gran Cuñado

Alejandro Rozitchner
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26 de junio de 2009  • 01:15

Quejarse de la falta de ideas, de la falta de debate, de que la oposición esto o lo otro, etc. Es el modo en el que el argentino que quiere ser inteligente se expresa en tiempos electorales. Aunque ninguna de las cosas que diga sean ciertas ni provengan de una mirada realista -las dice sin pensar- se satisface militando en su mirada escéptica del mundo, a la que estima como una forma superior de lucidez y hasta como un aporte al mejoramiento nacional. Nada más falso.

El deporte nacional, el planteo de objeciones y reparos, fundamentado en el dudoso pero reiterado valor supremo del "pensamiento crítico", resulta generalmente extenuante, pero en tiempos de elecciones se expresa de un modo particularmente descreído e impide nuevos aportes.

Examinemos algunos de esos supuestos repetidos automáticamente:

1. No hay debate

Sí, hay debate. No sólo los principales candidatos se han enfrentado públicamente por televisión sino que los candidatos que les siguen en las listas han participado de numerosos encuentros públicos confrontando sus ideas. En los medios, en universidades, etc.

Hay, además, artículos de todo tipo, en la prensa, en Internet. Hay programas periodísticos, por la tele y por la radio, en donde también deben contarse como parte del debate social las expresiones que cada uno de los candidatos expresan por su cuenta. Unos responden a otros, ayudados por los periodistas que cultivan la cizaña, perdón, que facilitan el diálogo social (es lo mismo, sí, y no está mal que lo sea, pese a que en algunos casos se lo haga miserablemente, es decir, faltando a la verdad y con ánimo confusionista).

Hay conversaciones familiares, también, o con amigos, en donde el debate tal vez más importante tiene lugar: la cocción de posiciones se hace en la vida íntima más que en la pública y allí tiene lugar un intercambio de ideas, entretejido con todo tipo de vivencias, que es la carne política fundamental.

2. No hay propuestas

Dos cosas limitan el alcance de este lugar común: la primera es que las propuestas existen, pero son muchas veces formuladas en declaraciones indirectas, en actitudes, en la forma en la que cada candidato alude a las situaciones nacionales, aun en su forma de reír y de mirar (este punto lo ampliaremos cuando hablemos de Gran Cuñado).

La segunda, es que puestos frente a las propuestas, finalmente, exhibidas frente a nuestros ojos, todos preferimos mirar para otro lado: las propuestas nos tienen hartos, son generalmente formulaciones un poco vacías de realidad en las que los programas intentan ser dichos explícitamente y no captan la atención de nadie. Las propuestas formuladas en un estilo convencional no interesan. La palabra propuesta tiene el valor de ser un comodín crítico: se usa para decirle al otro que no tiene propuestas. O la usa el ciudadano "crítico inteligente" para poder hacer salir su rechazo a la política amparándose en una supuesta falla de los políticos mismos (cosa con la que oculta su falla propia como ciudadano político aportante).

"Propuesta" es algo que uno dice para quedar bien, sin interesarse realmente en examinar ni conocer ninguna propuesta. Al menos en su forma clásica, expresada en un programa de gobierno, porque formuladas de manera indirecta en un programa de televisión las propuestas resultan ser más atractivas y más claras.

3. Gran cuñado devalúa la política

No me gusta Tinelli, en términos generales, o mejor dicho: no es un comunicador para mí. Me parece gritón y ordinario. Pero no tengo ni creo que nadie deba tener problemas con su existencia: tiene un público enorme, vigoroso, que legitima sobradamente su realidad. No lo consagra como un valor universal y objetivo (ninguno, en los hechos, lo es) pero no corresponde enjuiciarlo ni denigrarlo. Suponiendo que a alguien, como sé que pasa, le suceda de tener sentimientos parecidos a los míos y tenga la tentación de tirarle mala onda a Tinelli, quiero recordarle que en ese gigantesco público, hay muchas personas con las que tenemos relaciones de intimidad y a las que valoramos mucho, por no decir queremos: la gente no es una sustancia abstracta extraterrena, son las personas con las que vivimos en la sociedad, nuestros amigos, parientes y vecinos.

Me parece, después de este largo preámbulo moral, que Gran Cuñado es un aporte de Showmatch a nuestra vida cívica. Hay que entenderlo al revés de cómo se lo ha entendido: trajo a la atención de la masa televidente el asunto político, hizo énfasis en la necesidad de pensar las elecciones, de poner el voto bajo nuestra consideración.

¿Qué no lo hizo de manera profunda, racional, inteligente? Sí lo hizo. Podemos recordar a Paul Valery (va a quedar mejor que lo diga un francés a un dudoso filósofo argentino): lo más profundo es la piel. Y eso vimos en Gran Cuñado : la piel de los políticos, su onda, su mirada, su sonrisa, su sinceridad o su plan de ocultamiento, su informalidad o su envaramiento, sus ganas de estar o su incomodidad, su capacidad para comunicarse con el país por medio del humor (gran valor, ni hablar si lo comparamos con la violencia) ¿Nos parecen unos idiotas los políticos que hacen monerías en Gran Cuñado pero nos gustan los que "juegan su vida heroicamente", para no decir mueren y matan? O, menos tremendamente: ¿preferimos políticos -es decir, personas que se dedican a la política- dispuestos a simular ser prohombres plenos de perfección y pureza alienada a políticos capaces de joder un poco y quitarle gravedad a la política?

Creo que la política funciona mejor cuando no es tan importante, cuando la vida social puede encontrar su rumbo, su ritmo, sin estar todo el tiempo concentrada en la lucha política por el poder. Eso no es ceguera, es vitalidad. La verdad política no existe en el nivel del discurso, sino en la producción de mundo, en la creación de realidades. Eso lee una persona en su propio mundo para entender la política.

Además: en términos de calidad de humor, de entretenimiento logrado, Gran cuñado es notable. Bien pensado, bien escrito, bien actuado. Ni siquiera tiene la mala onda que nos caracteriza: tiene hasta cierta valiosa inocencia.

4. La oposición no es capaz de dejar de lado sus egoísmos para unirse.

Es evidente que lo que pasó fue exactamente lo contrario. De todas formas se definieron opciones, claro que sí, pero opciones que juntaron, tal vez más que nunca, a políticos que tuvieron que ceder para acercarse. Por el lado de Unión Pro y por el de la Coalición Cívica. ¿Qué se pretende, que se junten todos contra los Kirchner? ¿Por qué pensar que resultaría de allí un gobierno mejor que el de los Kirchner? Es falso, es tener la mirada demasiado encerrada en una interpretación clásica, antigua, inadecuada de la política. Es no saber pensar el poder, los conflictos reales, que no son expresiones de mala voluntad sino inevitables defensas de posiciones propias.

Hay que contar con eso, con la naturaleza y sobre todo con la naturaleza humana, saber que las sociedades son conflictos en constante movimiento y que no pueden ser de otra forma. No se trata de luchar por el orden y la racionalidad en un mundo descaminado: se trata de trabajar para dar pasos concretos que mejoren la situaciones que queremos mejorar, sin tener que alterar las leyes básicas de la vida y su constante choque de fuerzas. De trabajar, en este mundo no descaminado pero sí complejo, para lograr lo lograble, que no es todo, pero es mucho. Basta de poner objeciones, de decir "sí, pero", de tirarle mala onda a la realidad. Conservemos la mala onda para aplicársela a quien se la merece, a los gobiernos recios, inútiles, prepotentes, ignorantes, como los de los Kirchner, y no para volverla el abordaje por default frente a todo fenómeno. Sepamos distinguir.

Habría que agarrar a los ciudadanos desencantados por las solapas de sus abrigos en las calles y gritarles a la cara: "Decí de una vez qué querés y dejate de hablar de lo que NO querés", y no sólo eso: "Basta de hablar desde afuera de la realidad, involucrate, hacé algo". Sería una acción política violenta y reprimible, un lamentable retroceso a los tiempos en los que había violencia política y respecto de los que tanto hemos avanzado. Políticamente, al menos. Mejor no lo hagamos.

* El columnista es autor del blog www.100volando.net

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