La mutación del orden internacional
La captura de Maduro inauguró una nueva forma de diplomacia; Milei apunta a liderar un grupo regional de apoyo a Estados Unidos; la tensión con Brasil
13 minutos de lectura'


La irrupción de Donald Trump en Venezuela para capturar al dictador Nicolás Maduro y llevarlo a declarar a los tribunales de Nueva York como sospechoso de narcoterrorismo ha puesto al mundo ante la evidencia de que el orden internacional basado en reglas, tal como se lo construyó a partir de la Segunda Guerra Mundial, está amenazado por el naufragio.
Esa mutación está determinada por otra, más específica: bajo el liderazgo de Donald Trump está cambiando el modo en que los Estados Unidos entienden su rol dentro de ese mundo.
La diplomacia misional, encaminada a alcanzar una paz global sostenida en compromisos multilaterales, casi siempre facilitados por afinidades ideológicas, está siendo sustituida por otra, cuyo objetivo es la defensa intransigente del propio interés nacional.
Este giro comenzó por la política comercial, con la imposición unilateral de aranceles, y continúa con la intervención militar sobre territorios soberanos, con la justificación de la seguridad de los Estados Unidos.
En los dos campos el método es siempre transaccional. La novedad está encendiendo alarmas cada vez más intensas. Primero, en América Latina, por la intervención sobre Venezuela. Pero en las últimas horas comienza a crecer el temor en Europa: el foco de atención está en Groenlandia, a la que la administración norteamericana quiere ver anexada a su territorio. Groenlandia es una colonia danesa, con gran nivel de autonomía. Dinamarca, que es la encargada de la Defensa y las Relaciones Exteriores de ese territorio, convive con los Estados Unidos en la OTAN. A la incertidumbre se suma la complejidad.

La operación de Trump en Venezuela desconcierta, sobre todo, a sus aliados. La inusual extradición del tirano Maduro no es tan novedosa. Como recordó Bernardo Saravia Frías en su último newsletter, esas acciones se justifican en una opinión técnica que emitió el Departamento de Justicia de los Estados Unidos en 1989, con motivo de la captura del dictador panameño Manuel Noriega.
El dictamen privilegia la normativa penal norteamericana por sobre la regulación internacional. Se lo conoce como “Doctrina Ker-Frisbie”. Saravia consigna también que la Corte Suprema ratificó ese criterio, aun cuando el acusado hubiera llegado desde el exterior bajo secuestro. La participación de fuerzas estadounidenses fuera del país obedece a otras reglas. Por ejemplo, según su duración depende de una autorización del Congreso.

El encuadre penal de la intervención de los Estados Unidos para capturar a un narcoterrorista está siendo sometido a ajustes en las últimas horas. El Departamento de Justicia acaba de desestimar la presunta influencia de Maduro en el Cartel de los Soles, integrado por altos mandos del Ejército. Hasta la existencia misma de ese cartel empieza a ser dudosa. ¿Hubo información equivocada en un principio? ¿O hay que disolver el Cartel de los Soles, al menos en los papeles, para que se vuelva tolerable la continuidad del actual comando del Ejército en Venezuela? Cuando la ley debe ajustarse a la política, sucede lo que enseño el pragmático cardenal Angelo Sodano, “el derecho debe comportarse como un acordeón”.
La intervención venezolana tampoco representa una innovación desde el punto de vista valorativo. Una corriente tradicional, que entiende que el orden internacional debe basarse en un sistema de principios, considera que el principio de no intervención existe para garantizar la autodeterminación de los pueblos. Quiere decir que, si esa autodeterminación no está vigente, como en el caso de una dictadura opresora que ignora hasta el resultado de los comicios, el principio de no intervención pierde su razón de ser. Como sostiene Julio María Sanguinetti en estas horas, “el principio de no intervención no puede funcionar como una coraza para los tiranos”.
Esta es la razón por la cual el rasgo más inesperado de la captura de Maduro fue el tratamiento que Trump dio a la oposición venezolana, que ganó las últimas elecciones con la candidatura de Edmundo González Urrutia. La Casa Blanca omitió la palabra democracia en la justificación del procedimiento.
Los Estados Unidos reconocieron al de Urrutia, que participó de los comicios por la proscripción de María Corina Machado, como el legítimo gobierno venezolano. Pero, una vez capturado Maduro, Trump consideró que ni Urrutia ni Machado estaban en condiciones de administrar el país. Quiere decir que en esta operación hubo dos soberanías ignoradas: la territorial, y también la popular, que se manifiesta a través del voto. Una lectura retrospectiva de todo el proceso obliga a preguntarse si la ayuda de Washington a Machado para que, escapándose, pudiera asistir a la entrega del Premio Nobel en Oslo no habría tenido como segunda intención alejarla de Venezuela cuando ocurriera la irrupción norteamericana. Tarea para los historiadores del futuro.

Una peculiaridad del cuadro venezolano es que los principales líderes de la oposición están en el exilio. No sólo Machado y González Urrutia. También Leopoldo López, que vive en Madrid.
Otra justificación sobre el menosprecio a la oposición que había ganado las elecciones es que esa fuerza no está en condiciones de enfrentar a un chavismo que sigue afirmado sobre el territorio de Venezuela con la fuerza de las armas. El de Caracas es un régimen militar, como volvió a quedar claro cuando, antes que la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien fijó una posición fue Vladimir Padrino López, el jefe de las Fuerzas Armadas. Padrino pidió por la liberación de Maduro. La idiosincrasia castrense a la que quedó reducido el movimiento creado por Hugo Chávez explica una de las principales declaraciones que ayer realizó el secretario de Estado Marco Rubio: “Debemos evitar que se desate el caos”.
La peripecia de Venezuela difiere mucho de la del panameño Noriega. Cuando él fue capturado en su país había un gobierno electo pero no reconocido, el de Guillermo Endara, quien se hizo cargo del poder de manera casi inmediata.
Más allá de las dificultades de un eventual reemplazo en la presidencia, que hoy ya está descartado, el reconocimiento del poder fáctico del chavismo por parte de Trump confirma que la democratización venezolana no es su intención principal. Como desarrolla José Francisco Bertrachini en un excelente artículo publicado en Razón Estratégica (https://razonestrategica.com.ar/articulos/la-fortaleza-americana-anatomia-del-nuevo-paradigma-de-seguridad-nacional-y-el-corolario-trump), una de las condiciones de la estrategia de seguridad del actual gobierno de los Estados Unidos es garantizarse el control exclusivo del hemisferio. Es un cambio de prioridades importantísimo respecto del interés en áreas como Europa o Medio Oriente.
El nuevo mapa está pensado a la luz de la competencia china. Ese es el propósito principal de Trump en Venezuela, es decir, de Trump en un país que exporta petróleo a China y Cuba. Los extremos de esa intención parecen insólitos: ayer Rubio ratificó que los Estados Unidos se apropiarán de parte de ese petróleo venezolano para venderlo en el mercado internacional.
Con el correr de las horas también ese proyecto se fue ajustando. Hacia el final de la tarde de ayer, Trump sugirió que Venezuela sería remunerada por su petróleo, y que esa remuneración sería aplicada a comprar productos estadounidenses.
No hay que olvidar la dimensión doméstica que tienen estas iniciativas de Trump. Dañado por una seguidilla de derrotas electorales, él intenta demostrar al electorado de su país que sus incursiones externas tienen un beneficio económico inmediato para los norteamericanos. Mientras tanto, cumple con su slogan: “Maga”.
La síntesis de toda esta concepción se encuentra en el posteo fijado por el Departamento de Estado en su cuenta de X: una imagen de Trump en blanco y negro con la leyenda “This is our hemisphere (Este es nuestro hemispherio)” https://x.com/StateDept/status/2008221563888292207
El desinterés por la situación institucional venezolana ha dado lugar a un experimento exótico. Trump amenazó con éxito a la vicepresidenta Rodríguez. Le advirtió que, si no cooperaba, la pasaría peor que Maduro. Es un personalismo caudillesco conocido. “Si Milei no gana las elecciones no seremos generosos con el país”, advirtió antes de firmar el cheque que salvaría al gobierno de su amigo argentino. A Brasil le aumentó los aranceles comerciales porque el Tribunal Supremo estaba por condenar a su amigo Jair Bolsonaro. Con Rodríguez, es cierto, fue más severo. Y Rodríguez, ya como presidenta encargada de Venezuela, entendió: de inmediato emitió un comunicado proponiendo una relación de cooperación con Washington. En el texto faltaba algo: ya no figuraba el reclamo por la liberación de Maduro que había pedido el general Padrino.
Delante de un grupo de legisladores de su partido, el presidente de los Estados Unidos ofreció explicaciones que no terminaron de despejar las incógnitas. Sobre todo una: con qué intensidad y con qué metodología está involucrado el gobierno norteamericano en la administración de Venezuela. Trump mencionó a los funcionarios que están a cargo: el secretario de Estado, Rubio; el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el asesor en seguridad y migración, Stephen Miller; y el vicepresidente JD Vance.
La subordinación de Delcy Rodríguez a ese comando vendría a reemplazar a la que su equipo mantiene con agentes chinos, rusos e iraníes. El secretario Rubio advirtió que la presidenta encargada debe despedir a esos oficiales extranjeros.
Esa desconexión de los países que han sostenido al régimen de Caracas durante todos estos años sería una de las condiciones de la transición venezolana. Va a ser interesante conocer la reacción de esos aliados. Hasta ahora, más allá de las formalidades, Xi Jinpiing, Vladimir Putin y Masoud Pezeshkián se vienen lavando las manos frente a la suerte del chavismo. En el caso de Putin, hasta sugirió una mediación. Ayer se agregó un episodio que puede alterar esta convivencia plagada de tensiones: la Guardia Costera de los Estados Unidos terminó abordando un petrolero de bandera rusa que había eludido el bloqueo dispuesto en el Caribe para el tráfico de crudo venezolano.
Hay otro aspecto del proceso venezolano que es un misterio: qué sucederá con los miles de presos políticos que permanecen cautivos en las cárceles del régimen. Durante el encuentro con legisladores republicanos, Trump dijo que las autoridades de Caracas cerrarán el Helicoide, cárcel de seguridad a la que calificó como “un centro de torturas”. De nuevo: el supuesto de que el avance de los Estados Unidos sobre Venezuela está inspirado en la restauración de los Derechos Humanos está escondido en una bruma de imprecisiones.
Las lagunas explicativas dejan en falsa escuadra a los aliados de Trump, que deben reorientar su discurso a medida que la operación sobre Venezuela delimita sus contornos. En el mismo trance están los amigos del régimen, sobre todo desde que Delcy Rodríguez manifestó su voluntad de cooperar, olvidándose de pedir por la liberación de Maduro.
En el primer grupo están Javier Milei y su equipo diplomático. El canciller, Pablo Quirno, emitió un primer comunicado celebrando la avanzada de los Estados Unidos y dando por segura la asunción de González Urrutia. Con el paso de los días esta última novedad fue suprimida de los textos. Sin ir más lejos, en el informe que ofreció el gobierno de los Estados Unidos de la conversación que mantuvieron ayer Quirno y Rubio se agradece el compromiso de la Argentina con la lucha contra el narcoterrorismo y los esfuerzos por convertir a América en un continente más seguro.
La tensión con Brasil y el grupo de los 10
Sin embargo, lo más significativo del apoyo de Milei a Trump fue que está asociado desde el minuto cero con una descalificación de la conducta del presidente brasileño, Lula da Silva. El primer posteo de Milei apoyando la captura de Maduro terminó con una imagen del tirano venezolano junto a Lula.
Esa rivalidad se mantuvo, más disimulada, en los informes sobre las discusiones de la CELAC. El domingo pasado se realizó una reunión de cancilleres de la CELAC por videoconferencia, convocada por el gobierno de Colombia, que ejerce la presidencia pro tempore de esa organización.
Desde varias cuentas particulares de X se informó que la Argentina había liderado un bloque de 10 países que se opuso a la emisión de un comunicado condenatorio de la incursión de los Estados Unidos en Venezuela. El canciller Quirno reposteó varias de ellas. Todo es parte de un enredo. La Argentina, Paraguay, Perú, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, República Dominicana y Trinidad y Tobago presentaron una carta ante la dirección de la CELAC advirtiendo que no suscribirían condena alguna. Era difícil que esa condena alcanzara a formularse porque la CELAC sólo se pronuncia por consenso. Es decir, un comunicado hubiera requerido la unanimidad de todos los Estados miembros. Quiere decir que ese bloque de 10 países previno algo que no ocurriría. De hecho, no se conoce el texto “rechazado”.
Lo que sí ocurrió fue que México, Colombia, Brasil, Uruguay, Chile y España suscribieron una declaración condenando que los Estados Unidos hubieran violado las reglas internacionales en su intervención. El colombiano Gustavo Petro presentó ese documento como la expresión de la mayoría de la población de América Latina. Una trampa retórica: el pronunciamiento correspondió a los países con mayor población. Pero no a la mayor parte de esa población. También fue un ardid afirmar que esa posición iba a ser llevada a la CELAC, donde de antemano se sabía que jamás tendría aprobación.

Esta esgrima de picardías permite ver cómo el caso venezolano se ha convertido en la plataforma de lanzamiento de un bloque de 10 países aliados de los Estados Unidos, liderados por la Argentina. Es la principal tarea en la que está comprometido Milei en el frente internacional. Los posteos de X que informaban el “fracaso” de los que censuran a Trump incluían una valoración: el papel decisivo de Quirno en que ese “fracaso” tuviera lugar.
Son los primeros trazos, tenues, de una operación a la que Milei asigna crucial importancia. El primero, establecer una rivalidad con Lula, a quien Milei parece provocar para un duelo por redes sociales. El segundo, utilizar esa rivalidad como la base de constitución de un bloque de 10 países aliados de los Estados Unidos y liderados por Milei. Esta es la pregunta: ¿la cofradía que se está formando estará a favor de algo o contra algo?
La rivalidad de Milei y Lula es muy conocida. Carente de una oposición interna consistente, es posible que el presidente argentino prefiera un conflicto de otro nivel con un líder reconocido a nivel global. Los dos se tienen fobia en lo personal y expresan políticas internacionales enfrentadas. Para advertirlo alcanza con ver los discursos del embajador de Brasil ante la OEA, Benoni Belli, y el que pronunció el representante argentino ante la ONU, Francisco Tropapi, en la última sesión del Consejo de Seguridad, ambos sobre la jugada de Trump en Venezuela.
Desde Brasilia no hubo respuesta a los dichos de Milei ni a las afirmaciones sobre la reunión de la CELAC. Aun cuando allí se considera que la relación bilateral está en su punto más bajo. El enigma es otro. Qué movimientos subterráneos podría realizar Itamaraty, la cancillería brasileña, si advierte que la liga de naciones que aspira a liderar Milei tiene un tono anti-Lula. En esa agrupación hay países muy ligados a Brasil, como Paraguay y Bolivia. Comienza un emprendimiento que puede resultar atractivo para los amantes del ajedrez.
- 1
2El oficialismo insiste con privatizar Aerolíneas Argentinas pero asume que no es una urgencia para principios de 2026
3El Gobierno sostiene su apoyo al plan de Trump en Venezuela, pero mantiene canales de diálogo con María Corina Machado
4Quién es Isabel Díaz Ayuso, la política española que se reunió con Milei en la Casa Rosada


