
Milei, el outsider de su propio gobierno
Eligió un tono combativo para defender su gestión a contramano de los planes de su mesa política; el relato que choca con los datos, la vuelta del insulto sistemático y el riesgo de agredir a sus votantes
11 minutos de lectura'

La gesta de Moisés es el espejo en el que Javier Milei cree ver reflejada su trayectoria en el poder. Al asumir, invocó a menudo el relato bíblico para pedir fe en su plan de ajuste: había que cruzar el Mar Rojo, atravesar el desierto y confiar en que del otro lado esperaba la Tierra Prometida. El paso del tiempo agrió la metáfora.
Esta semana recordó cómo, ante la demora en llegar al destino, al libertador del pueblo de Israel lo criticaban por todo: si se levantaba temprano, tarde o en hora. La sola elección de ese pasaje retrata el ánimo que invade al Presidente. Se siente incomprendido, acaso enojado con quienes lo han seguido y ahora dudan de él, pero imbuido de una certeza ciega en que debe perseverar en su camino.
Su reaparición después de 10 días de aislamiento en Olivos simuló un volcán en erupción. Volvió el Milei enfurecido, de insulto fácil, tono burlón y desprecio a todo lo que contraste con su mirada, sea una opinión, un sentimiento o un dato estadístico. Se plantó contra los que le piden empatía con los sectores sociales que sufren un deterioro de su calidad de vida. La economía, clamó, “está volando”. No caen los salarios, no hay cierre de empresas, la inflación ya empieza con cero, los deudores morosos no son tantos y en todo caso deben hacerse cargo de sus malas decisiones.
Los discursos que dio el jueves en el hotel Alvear y el viernes en Rosario mostraron a Milei como un electrón libre de su propio gobierno. Actúa con una lógica propia que desafía las estrategias que traza la mesa política presidida por su hermana Karina para enfrentar el deterioro de la confianza popular en la gestión libertaria.
Milei no está dispuesto a aceptar la “hipocresía” de que la “gente no llega a fin de mes” y a tratar a sus potenciales votantes como “menores de edad”, dijo en una charla con uno de sus colaboradores. “Yo no soy Macri, que gobernaba mirando encuestas”, suele enfatizar.
La disonancia entre su equipo y su alma indómita quedó expuesta en un episodio de los últimos días. El lunes, en el acto de homenaje a San Martín, leyó un texto protocolar que le prepararon en la oficina de discursos de la Casa Rosada, que tutela Santiago Caputo. Allí se coló una expresión que se interpretó como una señal de autocrítica, en sintonía con los intentos oficialistas de reconectar con los desencantados. “Si la libertad no muestra sus frutos, que son el bienestar y la prosperidad económica, la ciudadanía se olvida de su valor”, dijo.
Patricia Bullrich, en ejercicio de su rebeldía permitida, se subió al concepto y escribió: “Lo que necesitamos es más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana”.

Pero Milei no terminó conforme con el acto sanmartiniano. No le gustó la interpretación que se dio a sus palabras y tampoco las imágenes muy difundidas en las redes sociales sobre su forma de caminar, afectada por los dolores de espalda que lo tienen a maltraer más que lo habitual. El jueves en el Alvear, en la cumbre del Council of the Americas, se dispuso un operativo para que las cámaras de televisión no transmitieran sus movimientos al llegar. El escenario, como es habitual, se oscureció casi por completo en atención a la fotofobia del Presidente.

La hora que siguió fue Milei en estado puro. Como él mismo advirtió, ese discurso lo preparó durante días sin intervenciones ajenas, con el fin de explicar su visión sobre el crecimiento de la economía. Al día siguiente dedicó un tiempo similar a negar cualquier responsabilidad propia en el alza de la morosidad bancaria, que según sus ministros es uno de los motivos que impulsan la caída del Gobierno en las encuestas.
Apoyo colosal
El primer impacto que se sintió hacia dentro fue el respaldo monolítico a Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación, a quien la mesa política había decidido ponerle un límite en su reformismo después de la derrota legislativa por la extranjerización de tierras y el conflicto sindical que paralizó los puertos.

“Días atrás, en un momento, me empieza a estallar el teléfono y eran todas quejas, y yo, cuando leí las quejas, lo primero que dije es: conozco quién es la contraparte de esas quejas. Dije: ‘¡Qué buen trabajo está haciendo Federico!’ Cuando ustedes vean a un sorete, a una mierda humana, criticando a Federico, es porque le está tocando un negocio a un prebendario, a un chorro y a un corrupto”, dijo Milei. “¡Vamos por más!”, insistió para alegría del ministro a quien llama “Coloso” y es uno de los que más contacto personal tuvieron con él en los recientes días de aislamiento en la residencia presidencial. Quedó flotando una pregunta: ¿quiénes eran los que le hacían estallar el teléfono para criticar a Sturzenegger?
A los que le piden mostrarse comprensivo con los que sufren, Milei también les devolvió un misil al decir que es una “estupidez” hablar de “la gente que no llega a fin de mes”. Describió un plan económico sin fisuras y amasó los datos como si fueran arcilla húmeda.
Dijo que se planteaba hacer un recital para festejar lo que presentó como el cumplimiento de su promesa de que la inflación de agosto empezara con 0. En el salón del Alvear los aplausos no lo acompañaron más allá de la fila de los funcionarios. Milei había pronosticado una y otra vez que el indicador minorista estaría por debajo del 1% y que la inflación iba a ser “pulverizada” para esta fecha. El dato que ahora celebra fue el 0,8% de inflación mayorista de julio, un número que ya estuvo en el pasado más abajo sin que eso se reflejara luego en el índice que impacta en el bolsillo de la población.
El 19 de marzo, en Tucumán, fue la última vez que planteó el vaticinio: “Es de esperar que para el mes de agosto de este año la inflación minorista arranque con cero, les guste o no les guste”. El último registro minorista fue de 2,1% y se espera que agosto cierre en torno al 2%.

Se quejó también de los que hablan de cierre de empresas. “No mencionan las que abren”, denunció. Y teorizó que están cayendo empresas de un empleado mientras abren otras de 10 o más. El último dato oficial habla de 30.633 empresas menos en el transcurso del mandato actual. El número, por supuesto, contempla el resultado neto entre las que abren y cierran. La desproporción de empleados que mencionó el Presidente no aparece en ninguna estadística: si así fuera debería notarse una baja sensible en el desempleo, que en realidad ha crecido levemente en los últimos años, según el Indec. Milei asumió con 5,7% y el último registro fue de 7,8%.
A los empresarios que lo oían se les atragantó la parte del discurso en la que, para defender la apertura comercial, consideró “divertido” el cierre de la fábrica de neumáticos Fate y opinó, mientras hablaba de Techint, que “los hijos de puta prebendarios tienen que quebrar”. Echó culpas a los economistas, a los bancos, a los opositores y hasta encontró en la despenalización del aborto una explicación a las dificultades que encuentra su programa. Porque -dijo- afecta la tasa de natalidad “que permite la reposición” de población.

Milei describió el proceso de crecimiento como vigoroso e histórico, poco después de que el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, reconoció en público que el incremento de la actividad va “más despacio” de lo que el equipo económico querría y cuando el ministro Luis Caputo empezó a usar la palabra “reactivación” para explicar sus expectativas de corto plazo. Tal vez ahora la destierre de su vocabulario.
También negó la caída salarial que reflejan las estadísticas oficiales y la limitó a los sueldos de los empleados estatales. Usó un razonamiento curioso para justificar esa reducción, cercana al 20%: “Si yo dije que voy a achicar el Estado, ¿qué tendría que pasar con los salarios públicos? Caer”.
Se vio a un Milei histriónico, casi atormentado. Repitió dos días seguidos que lo atacan porque lo odian, pero añadió: “Hay cosas por las que yo también me odio a mí mismo”.
Tampoco se alineó con el intento de reconciliación con el Pro que inició Karina Milei cuando llamó a Mauricio Macri para sondear un acuerdo electoral. Dos veces aludió al gobierno macrista como un ejemplo de fracaso económico y lo adjudicó a “la mala gestión”. Lo aplaudieron pocos otra vez. Por suerte en la sala no estaba Caputo, ministro y funcionario central de aquella presidencia.
El impacto de Cerimedo
La descoordinación entre Milei y su gobierno llegó a un punto insólito con el caso de Fernando Cerimedo, preso en Bolivia bajo la acusación de ordenar un atentado contra su novia, Nadia Beller. Durante dos días la Casa Rosada se esmeró en explicar que Cerimedo no era asesor del Gobierno desde hacía siglos. “Tiene que investigar la Justicia”, dijo con el casete puesto el jefe de Gabinete, Diego Santilli, cuando lo forzaron a opinar. Milei, sin embargo, se pasó dos días replicando en redes sociales mensajes que ponen en duda el episodio y sugieren que es un montaje de la víctima para perjudicar a Cerimedo.
Acaso haya sido un mimo a su tropa de propagandistas digitales, hoy desmovilizados. Ellos, con el Gordo Dan a la cabeza, iniciaron su carrera en los medios de la mano de Cerimedo cuando el proyecto libertario todavía era una utopía. Cerimedo ha sido también el conector del primer Milei con los círculos de la derecha trumpista, cuando la campaña presidencial necesitaba fondos e impulso internacional. Quedó una deuda de gratitud con él, aunque Karina lo mandó al ostracismo cuando el consultor ahora preso se involucró de manera oscura en el caso de los audios en los que Diego Spagnuolo hablaba de coimas en el área de Discapacidad. 0 acaso solo fuera un reflejo de nostalgia. El sábado dio un giro, se despegó de Cerimedo y sugirió que en realidad era un agente del castrochavismo.

Los vaivenes discursivos son marca de la casa. Pero hoy pueden resultar una apuesta arriesgada.
El humor social se sostuvo durante dos años gracias a la confianza en el acierto técnico. El Presidente cumplió cuando dijo que su receta haría bajar la inflación. La insistencia en pronósticos que no se cumplen produce el efecto contrario: erosiona la esperanza en que la salida del desierto esté próxima.
Él se enoja con los que dudan. “¿Vamos a ser tan pelotudos de comernos las operetas del socialismo? O nos ponemos los pantalones largos o nos hundimos. ¿Quieren volver al populismo? Hay una solución: se llama Cuba”, toreó el viernes en Rosario. La lógica de “yo o el caos” explica en gran medida el alza del riesgo país argentino registrado en la última semana, a contramano del resto de los emergentes. Justamente por eso Luis Caputo hace tiempo dejó de hablar del riesgo “kuka”.
La sensación de incomprensión se filtra las palabras de Milei. Suele quejarse en privado de que está “salvando al país” y no se lo reconocen. Deja a su equipo trazar estrategias políticas para ganar, pero eso no impide su frustración. Todavía masculla bronca por haber tenido que sacrificar a Manuel Adorni en el altar de las encuestas negativas. Culpa a los periodistas, a quienes volvió a dedicarles casi 200 mensajes agresivos en redes sociales solo en los últimos cinco días. Una pena para los gurúes que le sugerían no insultar más.
La última versión de Milei se parece a la de siempre. Lo que cambió es el contexto. Irascible, dogmático y con una fe inquebrantable en sus ideas desafía las razones de la política y las lógicas de la demoscopia. Es un outsider entre los suyos.
Resta ver si aprendió el final de la historia que tanto lo obsesiona. Moisés cometió su error fatal cuando empezaron a acosarlo las quejas de su pueblo por la sed que sufría en el desierto. Él fue a hablar con Dios, y Dios le ordenó que le hablara a la roca para que brotara el agua enfrente de su gente. Pero, cansado de los reclamos, Moisés golpeó la roca con rabia en lugar de hablarle. El castigo divino cayó sobre él. Nunca pudo entrar a la Tierra Prometida que al final se abrió para los israelitas.


