
Paradoja de las crisis recurrentes de la UCR
Cincuenta años después de que peronistas y radicales entablaran una constante disputa por el poder, el radicalismo camina ahora hacia una posible ruptura por las candidaturas de dos peronistas. Más que en los atractivos electorales de Néstor Kirchner y de Roberto Lavagna, aquella paradoja existencial tiene su explicación en la profunda crisis irresuelta del partido más antiguo de la Argentina.
¿Divergencias ideológicas? ¿Proyectos distintos frente a un eventual gobierno propio? La izquierda y la derecha radicales se mezclan en los dos bandos en pugna y es difícil imaginar, tal como están ahora las cosas, un gobierno enteramente radical. La única división visible es la que separa a los dirigentes partidarios de los que gobiernan provincias o municipios. La política práctica en estado puro.
¿Es Kirchner, a su vez, el primer presidente peronista en intentar seducir a radicales? No es novedoso ni en eso. En una sola crisis radical, la de 1928 que dividió a yrigoyenistas y alvearistas, no influyó el PJ porque aún no existía.
En la otra gran crisis que dividió al radicalismo, la que terminó con la escisión de 1957 (aunque la convención rupturista se hizo en Tucumán en 1956), ya intervino el peronismo: se enfrentaron un Frondizi deseoso de conseguir los votos del proscripto Perón con el antiperonista Balbín.
En 1946, Perón intentó una división del radicalismo y llevó como compañero de fórmula al radical antipersonalista Hortensio Quijano, pero el radicalismo no se fue con Quijano. En rigor, las dos grandes crisis de escisión del radicalismo fueron las de 1928 y 1957.
El propio radicalismo hurgó en el peronismo cuando estuvo en el poder. En los años de esplendor de Alfonsín, de 1983 a 1987, el ex presidente imaginó un tercer movimiento histórico con una "pata peronista", según la jerga de la época. Estuvo a punto de conseguirlo, pero la reconstrucción del peronismo -y su propia desgracia política- le decapitaron el proyecto cuando ya lo palpaba.
¿Vive el radicalismo las vísperas de la tercera gran división partidaria? Vive una crisis profunda, en primer lugar. Es el partido que menos se ha renovado en los últimos 23 años de democracia. Muchos de los dirigentes que aún parlotean en el escenario público ya estaban en 1983 y fueron protagonistas de varios fracasos.
El peronismo se ha renovado con más intensidad. Quizá no se deba a una virtud, sino a una ley de hierro que rige la vida del justicialismo: el liderazgo partidario tiene el precio del triunfo electoral. El que gana se convierte en Príncipe y al que pierde lo aguarda el destierro. Saadi, Cafiero, Menem y Duhalde conocieron esas ingratitudes que los llevaron de la gloria a la ruina.
Tras las últimas elecciones, el radicalismo pudo hacer el boceto de una renovación. Llegaron a la conducción nacional los eternos rivales de Alfonsín: los exitosos radicales mendocinos. Roberto Iglesias, el titular del comité nacional, fue un gobernador de Mendoza que concluyó muy bien su gestión, aunque le legó a Kirchner, sin querer, a su delfín Julio Cobos. El también mendocino Ernesto Sanz, jefe de los senadores radicales, es la revelación parlamentaria más destacada de los últimos años, y el rionegrino Fernando Chironi, líder de los diputados radicales, es una cara nueva con un discurso igualmente nuevo.
La novedad de las últimas horas fue que Iglesias irrumpió con un discurso de renovación que lo alejó de Alfonsín y del alfonsinismo. Es lo que ha sido siempre. De hecho, pudo llegar a la conducción nacional luego de que el alfonsinismo fuera barrido en la Capital y en Buenos Aires en octubre último.
Alfonsín siempre vio a Iglesias como una amenaza, con ideas demasiado a la derecha de sus gustos personales. No se equivocó: Iglesias declaró la libertad de conciencia de los radicales mendocinos en las presidenciales de 2003 y en Mendoza ganó Ricardo López Murphy. Iglesias acaba de pedir, respetuoso y reconocido, que Alfonsín dé un definitivo paso al costado.
Iglesias señaló que tampoco Lavagna es el candidato aún de la conducción oficial del partido y atribuyó esa candidatura, sobre todo, a la militancia mediática de Alfonsín y sus seguidores. Lavagna podría ser el candidato de Iglesias y de la conducción nacional, pero el presidente partidario no puede correr el riesgo, apurado por la ansiedad, de que el ex ministro entierre en algún momento su proyecto presidencial y desaire a su partido.
La convocatoria del radicalismo kirchnerista, en Vicente López el sábado último, fue lo suficientemente importante como para presagiar una división notable del radicalismo, si finalmente sucediera. Estuvieron cinco de los seis gobernadores partidarios (faltó sólo el del Chaco) y la mitad de los intendentes radicales del país. Los intendentes que fueron son los de los distritos más poblados en manos de radicales.
Es cierto que Kirchner es implacable con los abultados recursos financieros con que cuenta. Todo para los amigos, nada para los enemigos. Pero, ¿el radical de a pie seguirá a los gobernadores e intendentes con la lealtad ciega de los peronistas? Difícil. El propio intendente de San Isidro, Gustavo Posse, de los radicales K, descartó esa posibilidad.
La inclinación de los radicales comunes deberá evaluarse en su momento de acuerdo con la percepción que ellos tengan de Kirchner. Han decidido sin ayuda de sus dirigentes muchas veces en años recientes.
En última instancia, la pregunta sin respuesta aún es si la crisis política de 2001 y 2002 está imponiendo un nuevo orden partidario en la Argentina, ya que el propio peronismo no carece de sus conflictos y contradicciones internos.
Si fuera así, dos condiciones serían indispensables para cualquier reordenamiento político; que no se lo haga a golpe de superávit, obras públicas y subsidios oficiales, por un lado, y que regresen a casa los que llevaron al radicalismo al 2% de los votos nacionales, que es lo que sacó ese partido en las presidenciales de 2003. Las faldas de Lavagna no son muy amplias y no podrán cobijar a líderes radicales bonaerenses como Leopoldo Moreau y Federico Storani. La vida es demasiado corta como para perder el tiempo explicando viejas derrotas.
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