
Un escenario que está dominado por la miseria más extrema
En Haití, las imágenes dramáticas se tornan habituales
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GONAÏVES (De un enviado especial).- Recorrer los barrios de esta ciudad haitiana es una experiencia desoladora. No están los cadáveres dispersos en las calles como recuerdan los cascos azules argentinos cuando un temporal se llevó 2700 vidas y lo poquísimo que tienen los habitantes. Pero quedan los pobladores, los sobrevivientes de la inundación y de la vida misma.
Esto es Haití. El rincón olvidado de la Tierra. El Año Nuevo encontrará a este país fallido en el 201er aniversario de su independencia, proclamada justo en esta ciudad. La vida común parece estancada hoy en ese 1804.
La caravana que traslada al ministro de Defensa, José Pampuro, avanza por las calles, polvorientos caminos que sólo ponen metros entre los frentes de viviendas. Edificaciones bajas de cemento a la vista, casi ninguna terminada. Son 300.000 seres humanos que se hacinan en lo que se definirá por convención como casas. ¿Cuántos habrá cruzado la comitiva argentina? Miles, en poco más de una hora. Están fuera de sus viviendas; esperan no saben qué.
Y miran. No hay odio ni rencor en esos ojos. Ni resignación ni esperanza. En esas miradas no había nada, ni el mínimo sentimiento que pudiese ser decodificado por el extranjero.
Caminan por cientos; no hay empleos, no hay horas ocupadas, el sol los abandona a las 17.30, no hay adónde ir, pero estas personas van por el camino por el que las guíe el destino o el azar, que es lo mismo.
Hoy se cruzan con las Naciones Unidas, con un nuevo interés por ayudar, algo que aquí significa casi en exclusiva repartir comida y evitar que un malandra se junte con otro, formen una bandita de pocos miembros y dominen así a miles.
Los soldados argentinos entienden, por haberlo visto una y otra vez, un gesto: el tocarse la panza y cruzar un dedo por la garganta no significa una amenaza, sino algo así como: "Me estoy muriendo de hambre, denme de comer". Y se les da, como se puede.
La caótica distribución de alimentos poshuracán pasó a un orden simple al entregarse una tarjeta a las jefas de hogar, que aquí lo son en serio, y cada día son 800 familias las que tienen turno para recibir la ayuda. Arroz, garbanzos, alguna lata con pescados, aceite es lo que da el programa de ayuda alimentaria de la ONU. Quizás alguien piense que en la Argentina también hay chicos desnutridos, que muchos menores murieron de hambre. Pero que nadie dude de que la Argentina no es Haití. Esto no es comparable con nada. Barricadas naturales de mugre, de desperdicios, de vaya a saber qué, detienen por momentos la caravana, escoltada por tanquetas Panhard y soldados con los fusiles listos.
Una protección necesaria
La protección es necesaria porque aquí manda el más fuerte y la ONU quiere ser el músculo de un país que desea tener elecciones sin contar con una población documentada. Cerdos y niños deambulan en la misma montaña de basura. ¿Sabrán los pequeños qué es la Navidad?
Todo es silencio. Polvo y olores cubren a los visitantes. Pero no hay sonidos. Son miles en las calles y casi no se oyen sus voces. Cocinan junto al agua estancada en arroyos muertos. La música está ausente en la ciudad. Tampoco hay energía eléctrica durante la mayor parte del día. Pero hay una universidad -una especie de edificio de tres pisos en las afueras- que intenta reabrir sus puertas luego de convertirse en helipuerto de la ONU.
Hay graduados en medicina, abogados y universitarios que encontraron un trabajo como traductores de las tropas de paz.
Pero no son ellos esa mayoría silenciosa que mira sin transmitir sentimientos, que camina sin rumbo, que está en el mundo olvidado donde el tiempo es una medida que no vale nada.






