Viajar sobre rieles era una fiesta
La cruzada civilizadora del ferrocarril encerró una serie de historias de los placeres que se brindaban a los usuarios
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La cruzada civilizadora e integradora que significó el ferrocarril en el país encerró, en cada formación de ocho o diez vagones que cruzaban el territorio provenientes de los lugares más remotos, una modalidad, un estilo de vida, un "savoir faire" que parecía prenunciar como habría de ser la Argentina del siglo XX.
El ferrocarril, además de proyectar una imagen de progreso, también capitalizó una serie de historias menudas de los placeres que giraban en torno de los que viajaban por los caminos de hierro.
Cuando ya se escuchaban las pitadas aún lejanas del tren de la tarde, las estaciones de los pueblos más chicos se convertían en el paseo obligado. La llegada convocaba a una reunión social y buena parte de los parroquianos concurrían para caminar por los andenes, paseo que se prolongaba durante la espera y que también era una manera de registrar a los afortunados viajeros que llegaban o partían hacia las grandes urbes, lo que significaba para los locales la menuda crónica social.
El arribo de las formaciones ferroviarias con una locomotora de vapor que resoplaba arrastrando coches lujosos, de primera clase, comedores, dormitorios, coches salón y de segunda clase, despertaba emociones en los parroquianos, porque se sentía como una suerte de expresión del modernismo que estaba al alcance de la mano.
Buena parte de las anécdotas ferrocarrileras podrían hoy denominarse como "crónicas de las cosas que ya no existen", y esto es así porque todo ese estilo que rodeó al ferrocarril en las épocas de su esplendor ha desaparecido. Obviamente, no todo eran rosas en los viajes por tren, dicen los memoriosos.
Por más detalles de lujo que hayan tenido las formaciones, generalmente de coches de madera con delicados detalles hechos por artesanos, faltaba el confort del aire acondicionado. Era una necesidad insatisfecha para quienes viajaban cruzando las zonas áridas, como por ejemplo los que iban desde Tucumán hasta la Capital. En los coches dormitorios el recurso inevitable era el de colocar sobre los bordes de las ventanillas toallas húmedas para evitar que el polvo y la arenilla que envolvían el paso de los vagones entrase en el recinto.
El ferrocarril supo unir las comodidades de una época con el mundillo social. Una burguesía regordeta tomaba estos viajes como uno de los medios para hacer más placentera la vida. Los provincianos que llegaban por ferrocarril a Buenos Aires en las primeras décadas del siglo XX lo hacían por lo general de madrugada en confortables coches dormitorios, pero el sueño podía prolongarse hasta la media mañana, ya que los vagones eran estacionados en andenes especiales.
Un servicio de lujo
Quienes llegaban de Tucumán, de Córdoba o de Rosario, por el Central Argentino o por los Ferrocarriles del Estado, éste de trocha angosta, o por el Buenos Aires al Pacífico de la zona cuyana, o de Bahía Blanca, Zapala o Bariloche por el Ferrocarril del Sud, arribaban tras un placentero descanso nocturno, pero antes habían gozado de una opípara cena en el coche comedor, servida al mejor estilo europeo con vajilla de plata y loza inglesa.
El ceremonial ferrocarrilero hasta los años cuarenta y tantos no tenía nada que envidiarle a un restaurante de cinco tenedores.
El maitre recibía a los comensales mientras que el sommelier ofrecía la degustación de una variedad de vinos con la etiqueta de la empresa ferroviaria.
En los coches comedores servían los mozos ataviados con largos delantales al mejor estilo de los restaurantes londinenses. Era un petit banquete sobre ruedas cuyos comensales eran convocados en dos turnos.
La noche podía prolongarse en el coche salón dispuesto estratégicamente entre el coche comedor y la primera clase y los dormitorios. Se trataba de un vagón sin divisiones, con sillones giratorios y mesas. Tanto de día como de noche las tertulias se estiraban en amables charlas, pero se advertía que en esas reuniones sociales predominaban los juegos de azar. Había quienes vivían del juego y de la trampa intentando pelar a los hacendados de la pampa húmeda que viajaban en el corredor Córdoba-Rosario-Buenos Aires o desde ésta a Bahía Blanca o más al Sur.
Más de un experimentado viajero y habitué de estas reuniones nocturnas, allá por la década del treinta, muchas veces matizadas con "scotch auténtico" envasado por la compañía ferroviaria y buenos cigarros, solía aconsejar: "Vea m´hijo, nunca juegue al póquer en el tren con desconocidos porque está lleno de fulleros".
Lo cierto es que cuando el ferrocarril tenía casi el monopolio de los traslados en todo el país, ante la ausencia de las rutas asfaltadas y de ómnibus confortables viajar en tren era una fiesta. Había competencia entre las empresas por presentar un mejor servicio.
En las primeras décadas del siglo XX los viajes en ferrocarril convocaban a una suerte de burguesía ricachona que se daba cita en los pullman, los comedores y los coches dormitorios. Buena parte de la clase alta provinciana se complacía con estos servicios.
Las crónicas sociales relataban que en la primera semana de enero los andenes de la estación Constitución eran los centros de reunión de las familias distinguidas que viajaban a Mar del Plata o a sus estancias que estaban en el camino. La fiesta veraniega comenzaba en los prolegómenos del embarque en el tren expreso del Ferrocarril del Sud.
Viajaba buena parte de la dirigencia política y se dejaba retratar por los fotógrafos de Caras y Caretas, Atlántida o Mundo Argentino. El tren en marcha era una suerte de pasarela que motivaba el exhibicionismo. Casi una reunión mundana a la que no era conveniente faltar. Son historias menudas de los placeres ferrocarrileros que tan sólo pudieron gozar una parte de los argentinos.
Al sur de Bariloche, el tejido de la red ferroviaria quedó en blanco. Los patagónicos tuvieron una gran frustración, que fue el ferrocarril transpatagónico: nunca llegó a concretarse.
Tan sólo se escucha hoy en el silencio de la meseta la bocina del Tren Patagónico, que une Viedma con San Carlos de Bariloche, y que encierra un estilo como el que tuvieron los trenes en la "belle époque".





