
Tras su vasta experiencia en el exterior, Marcelo Jouliá decidió encarar su primer proyecto en la Argentina, un club de polo, en la zona de Open Door, cerca de Luján
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Del Chaco a Córdoba y de Córdoba a París. Ese raid por geografías tan distantes y distintas caló sin querer en la vocación de Marcelo Jouliá, que estudió primero geografía, luego urbanismo y finalmente arquitectura. Hace 20 años fundó un estudio en París, donde estudió y vive. Lo bautizó Naco, intuición en guaraní, en homenaje a los cuatro indios nativos con los que convivió durante su infancia en el Chaco. Además de diseño y comunicación visual, el estudio lleva proyectados en Europa, Asia y Africa un total de 750.000 m2, distribuidos en 20 hoteles, 24 cines, 150 locales, 13 edificios, también viviendas y oficinas. Jouliá es inquieto y meticuloso. Durante la entrevista, en su estudio de Palermo, inaugurado a fines de 2009, se quejó con insistencia ante sus empleados porque estaba torcida la baranda de hierro del balcón terraza. Pero a Jouliá le espera un desafío mayor que enderezar la baranda: construir su primera obra en la Argentina, un centro de polo de 35 hectáreas en Luján, cercano a la localidad de Open Door. El proyecto consta de canchas de polo con estacionamiento y amenities para invitados, un área de servicios con dos caballerizas de 32 boxes, depósitos, viviendas para el personal administrativo y petiseros, pista de vareo y piquetitos, más una moderna vivienda destinada al propietario. "La idea se funda sobre algunos elementos vitales de mis recuerdos infantiles en Córdoba, que acá se amalgaman con la arquitectura y el campo, amplios cielos bajo la Cruz del Sur, deporte, reuniendo modernidad y tradición."
-La suya es una formación muy versátil...
-Son disciplinas distintas, pero paralelas. Uno es el espacio construido por el hombre y el otro, un espacio generado. Me gustaban las dos cosas, pero siempre quise hacer arquitectura. En Francia, como en Inglaterra y Suiza, las disciplinas son carreras universitarias en sí mismas y está bien, porque urbanismo es una problemática totalmente diferente a la arquitectura, aunque tienen pasarelas que las conectan. Yo no quería esperar a recibirme para empezar a hacer cosas, a fabricar, así que en tercer año hice mi primera obra, la remodelación de 600 m2 de oficinas en París. Después una casita en La Bastilla de 110 m2. En esos momentos también fabricaba objetos. Tengo guardados en un depósito en las afueras de París más de 150 prototipos de objetos, algunos están en el Pompidou, como la bicicleta E-bike. La idea es siempre fabricar, trabajar, no esperar a que el proceso de arquitectura te lleve. Primero porque en Francia la carrera es muy larga y a los 50 años todavía sos un joven arquitecto. Acá, por ejemplo, en el ámbito de la gastronomía (que me interesa porque tengo en un restaurante, Unico) un chef de 25 habla de cocina de autor. ¿Qué autor si a los 25 no sabés nada de la vida? En Europa un arquitecto de 45 está llegando al principio de su madurez. La experiencia y el conocimiento son importantes, pero también importan la reflexión, la cultura, y la madurez es lenta.
-¿Cómo se enlazan esas tres carreras en el ejercicio de la profesión?
-Todo el tiempo se vinculan. Pero los diplomas no importan. Les digo a mis empleados que el título lo tengan para ellos o para sus padres. Más importante que una carrera es la visualización de lo que uno quiere hacer y la energía que le pondrá. Los chicos de 30 años hacen muy bien un render, pero la arquitectura es experiencia, vivir los espacios, luz, emoción, resolver situaciones. No es copiar y pegar, como acá, que veo todo Palermo construido igual. Está bien, hay una parcela que determina muchas cosas, un Fot, pero se pueden hacer otras cosas con eso.
-¿Por eso le interesan las megaconstrucciones, los espacios de circulación masiva?
-Para ustedes son grandes, para nosotros no. Me interesan los espacios con flujo de personas donde uno debe gestionar muchas situaciones y percepciones, choques, roces, distracciones, la gente que entra y sale. Es más interesante que una arquitectura estática. Por eso hago muy pocas casas, cada tres años algún cliente me lo pide.
-¿Por qué abrir un estudio en Buenos Aires?
-Por varias razones. La primera, hay cosas para hacer. Abrir oficinas en otro país no es fácil, supone viajar y estar presente. China no fue fácil, pero en Shanghai somos 25 personas y voy cada mes y medio allá. Asia es un continente que siempre me atrajo y tiene un potencial enorme, además para un estudio de arquitectura estancarse en París es absurdo. No me interesa Medio Oriente, ni cultural, ni estética, ni económicamente. En cambio la Argentina es diferente. Después de la experiencia en París, de trabajar en toda Europa y Africa, y de la experiencia en Shanghai, donde trabajamos para otros países de la zona, surge una oportunidad de hacer un proyecto acá, de un cliente al que le hice proyectos en Europa y América Central. Para esto tenía dos opciones: lo dibujo en París y lo subcontrato acá, o hago una estructura propia. Pero en mi filosofía no existe subcontratar. Quiero estar en el proceso para asegurarme el resultado final. Soy argentino formado en Francia, y allá la formación y los estándares de exigencia son otros. Pero vengo a la Argentina y veo la baranda torcida y me molesta. Y me molesta más ver que están todos los arquitectos ahí, ¡y no hacen nada! La visión local es hacer un proyecto para toda América latina. Ahora voy a San Pablo a ver un par de clientes futuros, pero admito que es complicado trabajar acá... El proyecto de Luján es nuestro debut en el país. En total son 4700 m2 cubiertos. El desafío fue reformular la estética predominante en esta tipología sin abandonar los aspectos funcionales. El resultado es una estética industrial campestre.






