
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Me preguntaba de dónde habría sacado la tierra de mis macetas para que nacieran en ellas tantas plantas: moreras, mburucuyás, tréboles, más otras desconocidas.
Recordé, entonces, que había barrido los restos de tierra del piso y había rellenado con eso y que los zorzales, que siempre andan por ahí, son los grandes difusores de especies.
A una de las plantas nacidas, muy bonita, aún la desconozco, pero las otras me causaron gran placer.
Se trata de Aristolochia elegans, una enredadera nativa que puede prosperar por acá, en los suburbios de su más cálido hábitat americano.
Tiene raíz rizomatosa, puede desaparecer en invierno y luego rebrotar. Los finos tallos volubles se enroscan y apoyan en todo lugar accesible, ayudados por los pecíolos de la hojas acorazonadas, formando una fresca masa de follaje.
Pero lo verdaderamente atractivo son sus flores, de muy difícil descripción: a partir del pecíolo, curvado, se forma un engrosamiento hueco de unos 2 cm -el ovario de la flor- que vuelve a curvarse y despliega el limbo, siempre vertical, acorazonado, cóncavo, de unos 5 cm de diámetro, con centro oscuro y fondo amarillo cubierto con manchas violáceas o marrones.
Tal vez sea más fácil imaginarlas si se las define como parecidas a la pipa de Sherlock Holmes o, como sugiere su nombre de origen griego: aristos , excelente, y locheias , parto, que semeja un útero con su canal de parto.
Estas deducciones, propias de la antigua teoría de los signos, según estudios del ingeniero agrónomo Juan José Valla, también han servido para que la medicina popular les adjudique a otras especies de aristolochias propiedades antiartríticas, antisépticas y anticonceptivas.
Destaca también el ingeniero Valla que la curiosa forma de las flores tiene la finalidad de inducir a los insectos a realizar su tarea de polinización -sin la cual no habría reproducción-, después de la cual son liberados. Pero la curiosidad no termina ahí: las semillas se alojan en un fruto cónico, colgante, de unos 6 cm, cuyas valvas se abren formando una graciosa canastita.
Se reproducen fácilmente por semilla, les gusta un lugar con media sombra y algo de humedad, y florecen en primavera y verano.





