
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Yo soy la hierba/ dejadme obrar, dice Carl Sandburg en su poesía. Pero ese bello manto verde -manto de olvido que conmueve en el poema- necesita otras precisiones. Puede ser el vigoroso yuyal que se adueña del suelo -gramíneas, cardos, quinoas- estimulado por la proximidad de la primavera, o los yuyitos rastreros que crecen alzándose apenas del suelo, y que suelen florecer con gracia, o por fin, el césped. Ya en esta etapa pierde su condición de hierba invasora y se convierte en un sofisticado cultivo, que debe conservar la pureza de sus especies vegetales y su aspecto homogéneo, con rigor casi dictatorial.
Dejando aparte el césped de los campos deportivos -gran negocio, en constante investigación-, el césped de los jardines es objeto de cuidadosas selecciones, y se lo pretende verde, lozano e inmutable todo el año, aunque eso signifique una discordancia con el austero paisaje invernal. Si ésa es la elección, se impone también el trabajo previo de la preparación del suelo para que su textura y fertilidad sean adecuadas, buscar la especie que corresponde a la temporada y la que gusta más, arrancar los yuyos extraños, después, regar y segar.
Pero hay también una vía intermedia entre el yuyal y el césped, y es dejar que se forme un césped natural. Hay que trabajar y nivelar el suelo que, solo, se irá cubriendo de vegetación espontánea. Aparecerán colonias de mastuerzo ( Cornopus didymus ) cuyas hojitas, de característico olor a repollo pueden comerse picadas sobre un canapé; de diente de león (Taraxacum officinalis ), que alegra con sus flores amarillas y sus etéreos panaderos ; tréboles (T rifolium repens) , con flores blancas, y que suele recompensarnos, además, con una hoja de cuatro foliolos; el trébol de cuatro hojas; los oxalis , de flores amarillas, macachin o purpúreas; la hierba del mosquito ( Phyla canascens), de flores blancas, y los yuyitos verdes y tiernos como capiquí, stellaria media, motita, Cotula australis . También, algunas gramíneas.
La manzanilla ( Matricaria camomilla ) no integra este césped, pero forma encantadoras colonias de florcitas blancas cuyo aroma -dicen- inundaba el aire de la Acrópolis en primavera.






