
Hablar sobre una planta de frecuente presencia en nuestros jardines tiene el riesgo de provocar aburrimiento, porque todos la conocen y su cultivo no guarda secretos. Pero justamente por eso, y ahora que las heladas y la tormenta han asolado mi jardín y sólo se destaca una mata de junquillos en flor, es ese oasis de delicadeza y aroma lo que motiva esta nota. Y si bien se trata de datos botánicos, que el jardinero puede obviar, se vuelve importante recordarlos para recuperar viejas especies olvidadas.
El junquillo común o Narcissus tazetta es una planta bulbosa, de la familia de las amarilidáceas, con bulbo de tres a cinco centímetros de diámetro, hojas acintadas de hasta 45 centímetros de largo, tallo floral más largo que las hojas, en cuyo extremo se forma una agrupación umbela de flores que se abren en seis pétalos y tienen una corona central que guarda estambres y pistilo. Todo protegido por una larga y fina membrana, cuyo frágil tejido se seca cuando abren las flores y, en mi caso, lo quito porque si lo dejo desluce el conjunto.
Tal vez lo más notable de esta flor sea su intenso y agradable perfume, que ha merecido que le dedicaran poemas, como lo hizo Pedro Miguel Obligado, que escribió El aroma del junquillo. Cuando se lo describe tampoco se deja de mencionar que era habitual su cultivo en las viejas quintas y de hecho, en los avances de urbanizaciones suelen hallarse lugares invadidos por estas plantas. Es la comprobación de que en nuestro medio, y hasta bien avanzada la región pampeana, el junquillo es capaz de prosperar y florecer sin ningún cuidado, y aun en condiciones de abandono.
Es originario de Europa y Asia, y de las Islas Canarias. Florece en invierno y primavera, y se multiplica por bulbos. Existen numerosas variedades. Los hay de diferentes tonalidades de amarillo y blanco, y pueden tener los pétalos redondeados o en punta. Su clasificación es algo confusa, y así lo reconocen los libros de jardinería. Su dispersión ha sido fácil y abundante, reproduciéndose, sin intervención humana, por medio de sus bulbos, y nadie lo va a confundir con el más distinguido y difícil Narciso a quien, como se sabe, lo perdió su vanidad. Para nosotros, simples jardineros, es el fácil y querido junquillo.




