
Cristina L. de Bugatti
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Los constantes y vertiginosos cambios que se suceden en todos los ámbitos no le han quitado vigencia a esta fecha de Navidad, aunque sus símbolos se van modificando. La representación del hecho histórico que se celebra era para nuestra gente austera y espiritual: sólo la Sagrada Familia, con el entrañable Niño portador de paz y amor. Luego, aquella imagen empezó a estar acompañada por un árbol, de rigidez nórdica e ignorada significación, que terminó por suplantarla. Hoy la Navidad es el árbol. Pero en ese juego de significaciones globalizadas está también la estilización de una flor: la estrella de Navidad, que es la inflorescencia de la Euphorbia pulcherrima, una planta de origen mexicano que, en el hemisferio norte, florece justamente en diciembre, en el solsticio de invierno, cuando allá se festeja la Navidad. Entre nosotros, esa planta se llama estrella federal y la vemos como gran arbusto, también en nuestro solsticio de invierno, en el frío y oscuro junio, vestir de suntuoso rojo los jardines. ¿Por qué no hacerla también nuestra estrella de Navidad? Los cultivadores lo han logrado, y así vemos desde hace algunos años que la Navidad y otras épocas del año se engalanan con las pequeñas plantas de estrella federal con grandes flores.
Pero hay más. Este año han aparecido arbolitos de esta flor con tallo recto y desnudo, de más o menos 1 metro de altura y copa aparasolada, donde se posan las bellas flores, rojas y de otros colores, incluso un increíble tono tornasol.
Los logró el ingeniero agrónomo Manuel Kogiso, al que la formación de esos ejemplares, obtenidos sin finalidad comercial, le demandó 18 meses.
Con la noticia de la llegada de nuevas flores, resultado de investigación y trabajo, hoy les deseamos: ¡Feliz Navidad!




