
Cristina L. de Bugatti
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La plenitud del jardín primaveral trae algunas otras cosas: la mayor necesidad de riego y el nacimiento de yuyos. Para minimizar esas trabajosas circunstancias hay algo que ayuda muchísimo: la aplicación de mantillo. Se llama mantillo a la capa de material con la que se cubre el suelo para los fines expresados. Hay una permanente búsqueda de nuevos materiales para ser usados como mantillos orgánicos. En Estados Unidos y España, la xerojardineía, o jardinería con bajo consumo de agua, impulsó fructíferas investigaciones. Entre nosotros estaba en ensayos, por ejemplo, el bagazo de caña de azúcar y se utiliza bastante la cáscara de arroz.
En la jardinería doméstica hay muchas opciones. Son muy utilizados los chips de madera, sin duda los más decorativos, pero también los más caros. Si se trata de corteza, tienen mayor duración y vienen en diferentes tamaños.
La hojarasca es un recurso abundante y barato, que se degrada rápidamente. La de pino -pinocha- se incorpora al suelo y aporta algo de acidez; los recortes de césped deben secarse extendidos, pues si acumulan humedad pueden provocar enfermedades; también se usa paja de trigo o de lino, triturada y turba. La borra del café, el té y la cebadura del mate son buen mantillo para las macetas.
Pero esta sencilla práctica exige ciertas condiciones. En primer lugar, según el ingeniero agrónomo Germán Roitman, de la cátedra de Jardinería de la UBA, el material de origen vegetal debe estar totalmente degradado, pues de lo contrario consumiría nitrógeno.
Además debe formar una capa que alcance, como mínimo, entre 7 y 10 cm de espesor y rodear totalmente las plantas para proteger el suelo de la erosión y los rigores de la temperatura, e impedir el nacimiento de malezas.
Como en contacto con la tierra y los microorganismos que en ella viven ese mantillo se va incorporando al suelo -y actúa como enmienda, que impide la compactación, y como abono, aportando nutrientes-, se debe reponer cuando esa capa disminuye.




