
Por Cristina L. de Bugatti
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...El otro patio y la entrevista parra... escribía Borges en su poema El tango. Y no habla de la vid, que es un universo en culturas y religiones desde la más remota antigüedad, ni de los viñedos y su extraordinario valor, sino de esa forma de cultivo singular y doméstico (el parral), que suele estar unido a los más queridos recuerdos.
Cuando mi vecino de enfrente abre las puertas de su cochera, se puede ver en otro patio el más extraordinario parral cargado -en esta época- de abundantes racimos de transparentes uvas moscatel blancas. Según Angel González Ampudia -su propietario-, años atrás, en julio, recibió de Mendoza unos sarmientos (así se llaman los gajos de dos años de la vid, cortados en bisel, por encima de una yema) y los enterró en arena hasta la tercera yema. En septiembre sacó cuatro baldosas de un rincón de su patio y los plantó ya con las yemas hinchadas, junto a un palo, al que sujetaba el brote a medida que crecía. Con modificaciones que le iban dictando la experiencia y sus contactos mendocinos, armó su parral, que tiene listones de hierro, por los que guió las ramas sujetándolas con alambres, y 15 centímetros por encima colocó un techo de placas de policarbonato transparente en suave declive, con canaleta que desagota el agua de lluvia. El efecto fue mágico: brotaron follajes y racimos limpios, abundantes y vigorosos, mientras que las ramas que salen fuera de la protección muestran hojas y frutos magros... Otros vecinos que cubren totalmente su patio con prolijo parral de uva americana (chinche) lo defienden de golosos ratones quitando los racimos antes que maduren, disuasión que lograrían un gato o un perrito ratonero.
La tradición del parral se enriquece con historias como la del padre Angel Buodo, salesiano, cuya vida y obra en La Pampa rescata otro salesiano, Raúl Entraigas, en su libro El hornero de Dios. A los muchos méritos del padre Buodo, en favor de la caridad y la justicia, se añade que enseñó a podar la parra, operación sabia y compleja. Mi amiga Pía -hija de italianos- poda, por placer, parrales de sus amigos y es delicioso sentarse a leer o tomar mate bajo la parra.
La vid prospera de Jujuy a Neuquén; desde la costa del Plata hasta los Andes. En la Casa de San Juan de Buenos Aires, hay parrales que, según la tradición, había plantado Sarmiento; hasta he visto un céntrico estacionamiento sombreado por un denso parral. Todo simboliza un estilo de vida que no habría que perder.





