
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Desde que recuerdo he visto a la bonita planta que llamábamos copete de cardenal o borla de obispo. Es un arbusto de madera dura de 3 o 4 metros, ramas apoyantes, follaje permanente oscuro, hojas finas y abundantes flores muy llamativas que se agrupan en cabezuelas de largos estambres rojo intenso. Ha sido y es muy común en Buenos Aires y alrededores, pero también en lugares más alejados y hasta en zona de heladas fuertes. Se la conduce guiando sus ramas sobre tirantes al frente de una galería o dispersas, fijadas con clavos sobre una pared o se la ve podada como arbusto de 1,5 o 2 metros sin soportes, con follaje muy denso. Su nombre es Calliandra tweedie, es nativa de nuestro litoral rioplatense y evoca una bella historia.
Hacia 1825, por gestión del inglés Parish Robertson llega a Buenos Aires un contingente de 220 escoceses de Edimburgo para crear una colonia agrícolo-ganadera, y se establecieron en un campo de 2360 hectáreas de Monte Grande, en la Estancia Santa Catalina. Después de éxitos iniciales e importantes progresos y avances en los cultivos, técnicas de laboreo, industria láctea y cría de animales de corral, un ciclo de prolongadas e intensas sequías los obligó a abandonar y dispersarse.
Entre los colonos había venido un jardinero y botánico, John Tweedie, al que impresionó la flora autóctona, compuesta por talas, espinillos, cinacina y gramíneas, por lo que recolectó y mandó ejemplares para su clasificación al Jardín Botánico de Kew, en Inglaterra. Allá formaron un grupo de plantas llamada luego tweediena, siendo la primera vez que se clasificaba en forma científica la flora argentina.
Tweedie, impresionado por la cantidad de cardos que invadían los campos que también asombró a G. H. Hudson, creó la primera máquina desmalezadora, además hizo plantar cercos para separar los sectores agrícolas del ganado y como las maderas de las plantas nativas no eran apropiadas para construcciones, plantó el primer bosque cultivado de robles, tilos y olivos.





