
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Esta primavera de días luminosos y atmósfera transparente estimula -si hay riego- la plena floración de los jardines.
Pero también los yuyos lucen en flor, y muchos son huéspedes del césped que soportan con entereza los riguroso cortes y forman encantadores manchones de pequeñas flores. Es el caso del trébol, que aporta nitrógeno al suelo; los oxalis de flores como campanillas amarillas y cuyas hojas hacen que se lo confunda con el trébol, el macachín o púrpura; la Phyla canascesn o yerba del mosquito, y otras. Pero el más tenaz, sin duda, es el diente de león ( Taraxacum officinalis ) cuyas flores amarillas asoman a ras en tierras inhóspitas y pisoteadas, o se yerguen airosas en condiciones más amables, y se convierten en esas cabezuelas de pelos -los panaderos - que llevan sus semillas por el aire.
Pero lo cierto es que en jardines y huertas las arrancamos sin piedad. Sin embargo, los franceses, que lo llaman pissenlit por sus cualidades diuréticas, le dan aplicación hortícola: integra el grupo de los amargos tan apreciados para ensaladas, y los siembran en las huertas. Pero les aplican sencillas técnicas para, según dicen, endulzarlo. En primer lugar lo cultivan en tierra buena, sin que falte riego; luego le aplican lo que se usa en nuestras huertas para blanquear las hortalizas: cuando las hojas están desarrolladas, hacen un manojo con ellas y las envuelven en papel oscuro o con paja para que no les llegue la luz y así no formen clorofila, que es el pigmento verde. Otros métodos consisten en cubrir las plantas con recipientes o macetas invertidas o un túnel de plástico negro. Un paso más avanzado sería hacer un segundo cultivo, como con las endivias. Para esto se cortan las hojas y se deja sólo el brote central, se corta un sector de la raíz y se planta en arena al oscuro.





