Ping pong, metegol, juegos de mesa, bowling o arcades vintage; el fenómeno no parece impulsado solamente por la nostalgia noventosa o el revival retro, sino también por una necesidad mucho más actual, volver a conectar sin pantallas de por medio
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Durante años, salir parecía reducirse a una escena bastante repetida: música fuerte, celulares sobre la mesa y conversaciones interrumpidas por notificaciones. Pero algo empezó a cambiar. En distintos rincones de Buenos Aires, cada vez más bares reemplazan el “mirar y ser visto” por otra propuesta: jugar a juegos tradicionales.

Puede ser una partida de ping pong, una ronda de Catán, o una mesa compartida entre desconocidos mientras esperan su turno para el bowling, metegol o pool. Lo curioso es que el fenómeno no parece impulsado solamente por la nostalgia noventosa o el revival retro, sino también por una necesidad mucho más actual: volver a conectar sin pantallas de por medio.
La mística que algunos lugares nunca perdieron

Mientras muchos bares recién ahora recuperan la lógica del encuentro analógico, Café San Bernardo (Av. Corrientes 5436) la sostuvo siempre. Entrar al histórico bar de Villa Crespo es encontrarse con algo difícil de fabricar: pertenencia. Entre mesas de billar, partidos eternos de ping pong y mozos que atraviesan generaciones, el lugar conserva una identidad que parece haberse construido sola, con el paso del tiempo.
“No creo que haya un secreto, al menos no en el sentido de una fórmula. Nunca intentamos ser otra cosa”, cuenta Laura Ávila, una de las dueñas del lugar. Y quizás ahí esté parte de la explicación de por qué Sanber sigue funcionando igual de bien para habitués históricos y para gente que llega por primera vez.

“La mística no está en las cosas, está en lo que pasa entre las personas”, comenta. Eso aparece en escenas mínimas como alguien enseñándole a jugar a otro, una mesa que se arma entre desconocidos o grupos que pasan horas compartiendo tiempo sin mirar una pantalla.
Aunque el ping pong hoy marca el pulso del lugar por su energía y movimiento constante, aseguran que ningún juego reina realmente sobre el otro, lo importante sigue siendo compartir el momento.
La gastronomía también acompaña esa lógica sin querer robar protagonismo. “La tortilla, sin vueltas”, responde Laura cuando se le pregunta cuál es el pedido más clásico de una noche entre amigos. Después aparecen las papas fritas, las milanesas y los sándwiches, comida simple, rápida y compartible, pensada más para acompañar la charla que para convertirse en espectáculo.
Más que nostalgia

A 10 minutos a pie, se encuentra La Board Game House (Aguirre 938) donde el fenómeno se vive desde otro lugar: el descubrimiento. Mucha gente llega pensando en juegos clásicos y termina entrando en un universo enorme de dinámicas cooperativas, estrategia, deducción, negociación o roles ocultos. Hay juegos con cartas, dados, torres, piezas y hasta desafíos físicos que transforman rápidamente cualquier mesa en una experiencia colectiva.
Juan Esteban Bonora, “Bono”, como todos lo conocen ahí, cuenta que una de las cosas más lindas es ver cómo cambia la relación de las personas con el juego. “Hay gente que llega sin conocer nada de este mundo y meses después vuelve recomendando juegos como si jugara desde siempre”, comenta.
El gran clásico sigue siendo el Catán, donde negociar importa tanto como la estrategia. Pero el diferencial del espacio aparece en otra parte: el acompañamiento. Antes de recomendar un juego, el equipo intenta entender quiénes son los que tienen enfrente. “No es lo mismo una primera cita que un grupo de amigos o una familia”, explica Bono.

Y quizás ahí también esté parte del fenómeno. El juego funciona como una especie de lenguaje universal, no importa demasiado la edad, el trabajo o si las personas se conocen entre sí; después de unos minutos, todos quedan absorbidos por la misma dinámica.
En paralelo, la comida vuelve a aparecer como acompañamiento del momento compartido: tostados, pizzas, nuggets, café con algo dulce por la tarde y mucho fernet por la noche. “Buscamos que la comida acompañe el juego sin interrumpirlo”, explican.
El cansancio digital y las ganas de volver a hacer cosas juntos

“Hay una saturación de redes sociales y aplicaciones. Cuando vienen acá no se ven celulares en las mesas”, cuenta Julián Mizrahi, actual dueño de Jobs. La ironía es perfecta, uno de los grandes éxitos del lugar hoy es el fonobar, inspirado en teléfonos noventosos que muchos jóvenes jamás habían usado. Aunque el bar existe hace décadas y cambio de locación, el público que terminó apropiándose del lugar fueron chicos de entre 18 y 22 años que crecieron completamente atravesados por la virtualidad.
Más que un bar tradicional, funciona casi como un club social. Hay bowling, pool, speed dating, mesas compartidas y grupos de desconocidos que terminan mezclándose entre sí. “Quizás venís con dos amigos y terminás sentado con otras tres personas que no conocías”, explica Mizrahi.

Al final, el juego aparece como una excusa para habilitar algo más grande, hablar con desconocidos, romper el hielo más rápido y compartir tiempo sin que el teléfono quede en el centro de la escena.
El regreso del entretenimiento sin algoritmo

La tendencia también se expande a lugares como Che Bonche y El Destello, dos espacios donde el entretenimiento analógico dejó de ser un detalle para convertirse en el corazón de la salida.
En Che Bonche, los juegos de mesa conviven con una lógica comunitaria y relajada donde las cartas, el Uno o el Jenga aparecen naturalmente entre tragos y conversaciones largas. El clima se parece más al living de una casa que a un bar tradicional: grupos mezclados, mesas compartidas y una dinámica donde jugar funciona como excusa perfecta para romper el hielo. Incluso tienen una regla que ya se volvió parte de la experiencia: si sacás generala, no pagás la cuenta.
El Destello, en cambio, recupera de lleno la estética arcade. Entre luces, fichines vintage y cerveza tirada, el espacio construye una experiencia atravesada por la nostalgia noventosa, pero sin quedarse únicamente en lo retro. Con cada bebida, entregan fichas para usar en los juegos, algo que transforma rápidamente la salida en una competencia improvisada entre amigos o desconocidos.
Ya no se trata solamente de ir a comer o tomar algo. La propuesta ahora pasa por compartir una actividad, tener una experiencia en común y habilitar conversaciones menos forzadas. Hay algo del juego que desarma rápidamente cierta incomodidad social contemporánea: nadie tiene que performar constantemente una versión interesante de sí mismo mientras intenta ganar una partida de metegol o meter una ficha en un arcade.

Durante años, salir estuvo asociado a mostrarse, hoy, cada vez más personas parecen buscar algo bastante más simple: sentirse parte.
Por eso vuelven los juegos, las mesas compartidas, los fichines, el bowling o las cartas pasando de mano en mano. Porque el juego tiene algo que las pantallas no logran replicar: obliga a mirar al otro, a esperar, a perder el control un rato y a habitar el tiempo de otra manera.
Nadie entra a estos lugares solamente para ganar una partida, lo que se arma ahí, entre risas, desconocidos y reglas improvisadas, es otra cosa, un pequeño recreo frente al cansancio digital.
Porque al final, entre una partida de ping pong, un bowling, una ronda de cartas o un fichín vintage, lo que vuelve no es solamente el juego. Es el placer, cada vez más raro, de compartir tiempo sin querer escaparse de él.
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