Porte controlado, raíces inteligentes y flores que alimentan aves y mariposas.
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Pensar en árboles para veredas angostas suele generar resistencia: miedo a las raíces, a la sombra mal ubicada, a las copas desproporcionadas. Sin embargo, el problema no es el árbol, sino la elección.
En ciudades argentinas cada vez más densas, los árboles nativos de porte medio o pequeño aparecen como aliados estratégicos: se adaptan al entorno urbano, conviven mejor con el suelo compactado y, sobre todo, restituyen funciones ecológicas que la ciudad necesita con urgencia.
5 especies ideales
La murta (Ugni molinae) es uno de esos aliados urbanos. De copa amable y crecimiento controlado, ofrece algo que pocos árboles brindan: frutos multicolores, que cambian de tonalidad a medida que maduran y se convierten en una fuente clave de alimento para la fauna urbana. Zorzales, calandrias y otras aves encuentran en ella un recurso estable.

Otro arbol urbano para tener en cuenta es la acacia mansa (Sesbania punicea). Su porte contenido y su floración de naranjas intensos la vuelven ideal para calles angostas donde se busca impacto visual sin crecimiento excesivo.
Florece con generosidad, atrae insectos benéficos y aporta una presencia atractiva que dialoga bien con arquitectura contemporánea y barrios tradicionales por igual.

Más sutil, pero ecológicamente poderosa, es la barba de chivo (Aruncus dioicus). Sus flores color crema son muy particulares y constituyen un verdadero elixir para polillas y picaflores, dos actores clave de la polinización urbana.
Incorporarla en la vereda es apostar por un árbol que trabaja para la fauna local mientras embellece con una floración delicada y poco común en el arbolado urbano.

El sauco (Sambucus australis) merece un capítulo aparte. De crecimiento armónico, desarrolla grandes inflorescencias blancas y perfumadas que iluminan las calles en época de floración. Es una especie noble, con fuerte arraigo cultural, que además ofrece frutos y refugio para aves.
En veredas angostas funciona especialmente bien cuando se lo deja expresar su forma natural, sin podas agresivas que desvirtúan su arquitectura.

Y si de relaciones invisibles se trata, el sen del campo (Senna corymbosa) es una joya. Sus flores amarillo intenso aportan color y belleza, pero su verdadero valor está en el follaje: alimento fundamental para las orugas de varias especies de mariposas, y especialmente para el celestín, una de las más emblemáticas de nuestros entornos urbanos.
Plantarlo en la vereda es abrir una puerta a ciclos de vida que casi no percibimos, pero que sostienen la biodiversidad

Los árboles nativos son especies que evolucionaron en estos suelos y con estos climas. En tiempos donde cada metro cuadrado cuenta, estos árboles demuestran que el tamaño no define el impacto: lo define la inteligencia con la que se diseña.
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