
Con las huellas de tres décadas de abandono, el Palacio Molina se prepara para ser la sede de la próxima edición de Casa FOA e iniciar una nueva etapa
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Con heridas visibles, al borde del colapso: así está hoy el edificio de la ex fábrica Alpargatas que se prepara para una transformación radical. En pleno corazón de Barracas, el Palacio Molina conserva la monumentalidad de fines del siglo XIX, aunque tres décadas de abandono dejaron una marca profunda: vidrios rotos, techos dañados, vigas deformadas y pisos castigados por la humedad.

Sin embargo, el proceso de recuperación ya está en marcha. El tiempo corre: el 1 de octubre abre la 41° edición de Casa FOA (se extenderá hasta el 1 de noviembre), la exposición de arquitectura, diseño interior y paisajismo que marcará el inicio de una nueva vida para este histórico conjunto que supo brillar como usina productiva entre la avenida Patricios y las calles Lamadrid, Olavarría y Azara.
En una recorrida exclusiva, fue posible observar el avance de los trabajos. Un equipo de arquitectos e interioristas cuentan los minutos para restaurar pisos, recuperar carpinterías, reparar muros y devolverle parte de su identidad original a los 5.700 metros cuadrados que conforman este emblema del pasado industrial porteño.

Entre el deterioro y la puesta en valor
La muestra girará alrededor del actual baldío donde el paso del tiempo acumuló vegetación seca y charcos enormes que después de las lluvias amenazan con la inundación. Cuesta imaginar que allí crecerán jardines y circuitos verdes que embellecerán el espacio.

La zona más antigua del edificio, construida en ladrillo a fines del siglo XIX por el escocés Robert Fraser y el vasco Juan Echegaray, aún conserva buena parte de su estructura original. Los sectores incorporados posteriormente exhiben otra lógica constructiva, dominada por el hormigón.
Catalina Ulloa, responsable del área de arquitectura de Casa FOA, recorre los ambientes mientras avanzan las obras. “Es un desafío enorme. Este lugar tiene muchísima historia”, resume. A su alrededor, el sonido de las herramientas se mezcla con la música que suena en los celulares de los operarios. La consigna es clara: recuperar sin borrar la memoria del edificio.


Por eso, muchos de los 42 espacios que integrarán la muestra decidieron respetar las marcas del paso del tiempo. Las grietas, las superficies desgastadas y ciertas huellas de abandono no desaparecerán del todo. La intención es rehabilitar y poner en valor el patrimonio sin desdibujar su identidad industrial.
“Es un edificio que vuelve a respirar, donde el aire vuelve a circular”, define César Lago, responsable de una de las instalaciones artísticas de la exposición. Su propuesta inmersiva apelará al sonido, la iluminación y distintas texturas para reflexionar sobre la recuperación y el renacimiento del lugar.

Entre las grietas y malezas trepadoras, las propuestas de diseño que se ubicarán en la planta baja le cambiarán la piel al ex imperio textil donde más de 15 mil personas producían millones de alpargatas de lona. En los antiguos espacios fabriles habrá ahora cocinas, bibliotecas, estudios, cafetería, baños públicos, monoambientes, áreas de bienestar y auditorios. Todas las intervenciones buscarán explorar nuevas formas de habitar y experimentar la arquitectura.
Uno de los proyectos más singulares será una Sala de Escucha diseñada por Sabrina De Luca, de Verona Designi. La propuesta plantea recorridos, murales y situaciones espaciales destinadas al encuentro.

Los arquitectos Rubén Valdemarin y Pía Magri trabajan sobre el techo del Estudio para un creativo, que evidencia décadas de deterioro. Allí buscan rescatar con operaciones quirúrgicas las capas de intervenciones anteriores. “Los espacios desprendidos se van a sostener sin clavar nada, con un sistema que cubrirá huecos y el machimbre quemado. Uniremos vigas abiertas y aplicaremos una limpieza profunda en la madera original sin perder la sombra que provoca la sucesión de vigas”, destacan.

La misma lógica guía el proyecto de Ignacio Martínez Todeschini y Renata Vedda para uno de los futuros baños públicos. “La primera sensación fue de un lugar especial, abandonada en el tiempo. Y eso queremos replicar, un oasis de silencio y conexión con uno mismo”, explican.
De polo fabril a un nuevo barrio urbano
Al fondo de uno de los accesos, donde todavía se cuelan los rayos de sol por los ventanales desvencijados, dos enormes esculturas de caballos del anticuario Gabriel del Campo dominan el espacio. Fueron los primeros en llegar a Barracas. También sobreviven la gran puerta de madera y los adoquines originales que evocan la época de los carruajes.

En el imaginario social, Alpargatas todavía resuena como una marca registrada que atravesó generaciones. “Vamos a hablar de alquimia”, anticipa Juan Blas Fernández, gerente general de Casa FOA, que en 2012 realizó una edición en la otra fábrica, justo enfrente, que luego se transformó en el edificio Molina Ciudad, y ahora aloja 360 lofts, dúplex con terrazas propias y piscina climatizada.
Alpargatas todavía resuena en la memoria colectiva argentina como una marca registrada que atravesó generaciones. “Vamos a hablar de alquimia”, anticipa Juan Blas Fernández, gerente general de Casa FOA, que en 2012 realizó una edición en la otra fábrica, justo enfrente, que luego se transformó en el edificio Molina Ciudad, y ahora aloja 360 lofts, dúplex con terrazas propias y piscina climatizada.

Ambos, Palacio Molina y Molina Ciudad, tomaron el nombre de la familia Molina, vinculada al predio y a su desarrollo posterior. Y fueron protagonistas de las capas de historia que ubicaban a Barracas en el centro de la explosión fabril y productiva, una imagen hoy ya desfigurada.
La exposición será apenas el primer capítulo. Una vez finalizada Casa FOA, el predio dará paso a un desarrollo de usos mixtos impulsado por GES Desarrollos, con una inversión estimada en US$ 100 millones. El proyecto contempla lofts residenciales, oficinas, 7.000 m² de amenities y un polo gastronómico.

Así, el antiguo emblema de la Buenos Aires industrial volverá a cambiar de piel. Después de tres décadas de abandono, el Palacio Molina inicia una nueva cuenta regresiva: la que lo llevará de las ruinas a convertirse otra vez en protagonista de la transformación urbana de Barracas.
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