
Con una cocina creativa, platos para compartir, brunch de domingo y una propuesta sin formalidades, suma aire fresco a uno de los polos gastronómicos icónicos de la ciudad
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La premisa detrás del proyecto fue tan simple como ambiciosa: crear un restaurante capaz de adaptarse a distintos momentos del día y convertirse en ese lugar al que siempre se quiere volver.
La experiencia cambia según la hora. Entre las 19.30 y las 21, la barra se convierte en escenario de aperitivos, copas de vino y encuentros informales después del trabajo. Más tarde, la propuesta evoluciona hacia una cena donde conviven guiños reconocibles y combinaciones inesperadas. Los domingos, en tanto, el protagonismo pasa al brunch y a los almuerzos donde las preparaciones familiares conviven con algunas combinaciones audaces de la carta nocturna.

Detrás de la cocina está Hernán Simesen de Bielke, chef salteño con una trayectoria que combina formación autodidacta, experiencia internacional y una marcada curiosidad por las tendencias gastronómicas. Fue chef ejecutivo de Basa, lideró proyectos propios en Salta y trabajó en cocinas de Venezuela y Nueva York, experiencias que hoy nutren una propuesta de autor con fuerte impronta personal.

La carta está pensada para recorrerla de manera flexible: pequeños bocados para abrir el apetito, platos medianos y principales, que se pueden compartir.
Creatividad y sabores del mundo
El espíritu viajero del chef aparece en cada sección del menú. Uno de los platos más celebrados son los dátiles rellenos de paté de mollejas, acompañados por shiso crocante, garrapiñada y wasabi. También destaca el panisse de garbanzos fritos con cheddar inglés, una versión sofisticada e inesperada inspirada en la tradicional fainá.

Entre los principales sobresalen los langostinos adobados servidos sobre arroz de coco crocante con crema de manteca marrón, los hongos braseados con demi-glace vegetal y puré de coliflor, y una humita perfumada con curry verde que sintetiza el interés de la cocina por combinar influencias diversas sin perder identidad.
Si hay un plato que resume el espíritu de Runfla es el sándwich de carnita en torta frita. La preparación reúne una jugosa ternera a la masa, tomates cherry, salsa chipotle, cebolla morada y pak choi sellado a la chapa.

Esa versatilidad encuentra su máxima expresión los domingos a la hora del almuerzo, con una propuesta de brunch y confort food adaptada a la dinámica de los porteños. “Gracias a su estratégica ubicación en Las Cañitas, Runfla se integra de manera ideal en un circuito dominical”, dice el chef.
“La propuesta de mediodía y brunch funciona como el punto de partida perfecto para planificar la tarde: desde allí es posible caminar unos minutos hacia los bosques de Palermo y el Planetario, cruzar hacia Belgrano para recorrer el Barrio Chino, o acercarse a los museos y espacios culturales que hay en la zona”.

La carta habitual suma opciones con impronta brunchera donde las preparaciones con huevo (los clásicos huevos revueltos, benedictino, rancheros, escocés y shakshuka), conviven en armonía con platos insignias y creaciones exclusivas.
Entre las opciones más contundentes aparecen el clásico Sunday Roast, con carne asada, papas, arvejas, puré de manzana, Yorkshire pudding y gravy; las mezzalune rellenas de calabaza con crema de frutos secos y hongos; y una fideuá de inspiración mediterránea que invita a estirar la sobremesa.

“La carta se piensa en base a lo que nos gusta comer y al momento; buscamos preparaciones que emocionen y en las que se note el trabajo detrás”, explica Simesen. Esa filosofía se traduce en dos experiencias bien diferenciadas: una cocina más lúdica y experimental durante la noche y una propuesta dominical centrada en el placer del confort food y la cocina compartida.
La sección de postres mantiene el mismo nivel de ambición. Los profiteroles rellenos de helado de pistacho, con chocolate tibio y praliné de almendras, son una de las opciones favoritas para compartir. Lo mismo ocurre con la mousse de chocolate acompañada por honeycomb, cremoso de maní y nibs de cacao.

La propuesta se completa con una carta de vinos dinámica y una selección de cócteles de autor que reinterpretan clásicos de la barra. Entre ellos aparecen el Penicilina Tropical, el Vermú Runfla y el Runfla Spritz, todos alineados con la lógica de la cocina: tomar referencias conocidas y llevarlas hacia un terreno propio.
El nombre no es casual. En lunfardo, “runfla” remite a un grupo de personas que se reúne con un propósito común. Aquí, ese propósito es sentarse alrededor de una buena mesa.

La identidad del proyecto también se expresa en el diseño del espacio, desarrollado junto a la arquitecta María Emilia de la Torre. La ambientación combina una estética semiindustrial con materiales cálidos como madera, hierro y textiles. La iluminación tenue, la barra como punto focal y una cuidada selección musical terminan de construir una atmósfera pensada para quedarse.
Runfla Báez 315, Las Cañitas. Miércoles a sábado de 19.30 a 1. Domingos de 12 a 16. Instagram: @runfla.ba



