En el lago San Martín, es la nueva apuesta de Jaime Smart y familia: un casco sin acceso vehicular en el que recibe en cómodos domos con cama y baño privado.
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El lago San Martín es uno de los menos conocidos, casi ignorados de Santa Cruz. Todos los otros tienen su localidad donde hacer base: el Argentino a El Calafate, el Viedma a El Chaltén y el Buenos Aires a Los Antiguos. Hasta el conjunto de lagos que bordea el Belgrano tiene su pied à terre en el PN Perito Moreno. El San Martín, en cambio, tiene un pueblo muy pequeño, Tres Lagos, donde se puede cargar combustible antes de dejar la RN 40 y tomar la RP 31.

Son unos 100 km de ripio hasta donde hay que dejar el vehículo –o bajarse del transfer– y tomar la decisión de embarcar en la lancha (en caso de que el tiempo lo permita) o abordar un trekking de cinco o seis horas.Esta es la quinta temporada de la estancia La Josefina, donde recalaron Jaime Smart y familia, después de dejar El Cóndor, que está en manos de su hermano Rafael y que, con la estancia La Maipú cerrada desde hace un par de temporadas, se ha convertido en propiedad con más tradición turística del lago.
El Cóndor se hizo conocido por ser un exitoso emprendimiento de Cielos Patagónicos, la organización que hace más de veinte años impulsaron los Smart para comprar tierras y restaurarlas usando el turismo como motor de ese cambio, y que siguen proponiendo turismo rural con fuerte hincapié en cabalgatas.
En La Josefina, la apuesta es aún mayor, puesto que se trata de 16.000 hectáreas sin acceso vehicular. Para entrar en la tónica trekker de la estadía decidimos ingresar a pie. Nuestra aventura tiene un condimento extra. Jaime y su mujer, Josie, vinieron a buscarnos a caballo –por si nos cansábamos de caminar y para no mojarnos al cruzar el primero de los ríos– y algo asustó al pingo que traía nuestras viandas, se disparó, y nos quedamos sin almuerzo.
Así que además de mirar para abajo cuidando de no caernos, y preguntando el nombre de la flora nativa, aprovechamos para buscar las alforjas con los sándwiches. Al rato de andar, cruzar un río, y meternos en una huella de cornisa me doy cuenta de que este es el check in más osado y largo que he hecho –estoy haciendo, mejor dicho– en mi vida.
Aprovecho para ir poniéndome en tema y le pregunto a Jaime cómo es el trabajo que vienen haciendo para recuperar el bosque nativo de la propiedad. Tuvieron que buscar y arrear 700 vacas en esas extensiones. No suena cosa fácil, y no lo fue. Es ganado bagual. Hay que atarlas y dejar que se debiliten unos días, para que no estén tan agresivas y se dejen conducir. Forman largas filas de 2 km con varios baqueanos montados, a razón de un caballo cada ocho vacas.

Las que logran pasar el Paso Malo –donde el terreno es alto y está muy suelto– y llegan a buen puerto (nunca mejor dicho), salen en lancha y son vendidas para carne en un frigorífico o para mezclarse con otras y volverse “buenas” otra vez. Las que dan el mal paso, se caen al vacío. Por suerte me lo cuentan después, una vez que llegamos al llano. El equipaje se fue con la lancha, así que no andamos con peso, pero reprimo las ganas de preguntar “¿falta mucho?” más de una vez.

Felizmente, cuando el hambre aprieta aparecen las alforjas y nuestro almuerzo intacto. ¡Qué delicia! Y así, cuando menos lo esperamos, se deja ver el casco de La Josefina, y más allá sus domos. La sensación de fin del mundo, de desconexión, de naturaleza extrema nos invade con un poquito de incertidumbre y mucho de felicidad.
Dolce far niente
Miro el mapa del lago. Sus brazos llevan los nombres de las batallas sanmartinianas que aprendimos en la escuela: Cancha Rayada, Chacabuco, Maipú. La Josefina está muy cerca de Chile. En el camino al límite, sólo aparecen dos estancias más, llamadas Coihueral y Cocoví y, finalmente, el puesto de gendarmería de Cocoví, que es sólo peatonal: se cruza el puente sobre el río Mosco, y ya se está del otro lado. La línea fronteriza pasa por ese brazo del lago, pero no está habilitado para cruzar en lancha. El abastecimiento y recambio del personal de gendarmería se hace en helicóptero. Villa O’Higgins se encuentra ahí nomás. De hecho, el pueblo se construyó transportando materiales por el lago desde el lado argentino, algo que hoy estaría prohibido.

De todo esto hablamos mientras Camila Smart –hija de Jaime y Josie, y gran anfitriona– prepara la cena: una sopa riquísima, ensalada de la huerta, guiso y flan. Justo lo que precisábamos para recuperar fuerzas.

Para la sobremesa, yo sigo con mis preguntas sobre cómo es pasar el invierno tan lejos (Cami y su novio Facundo lo hicieron este año), cómo se organizaron, y si no les daban antojos. Claro que tenían internet. La instalación de la antena –previa a Starlink– fue otra odisea. Nos la cuenta Jaime, que estaba cuando fueron, después de mucho esperarlos, dos muchachos en pleno mes de julio. Uno de ellos en jeans y sin saber andar a caballo. Tenían que trepar hasta un lugar a cuatro horas de senda, y enseguida se hizo de noche. Jaime se preocupó, subió un poco a buscarlos, y les gritaba, pero no lo escuchaban. Por suerte, al cabo de un largo rato, vio a lo lejos la luz de un celular que se acercaba… Bajaron, medio congelados, y al probar el servicio, quiso el destino que no anduviera. “Ustedes no se van de acá”, les dijo pensando que, si los dejaba ir, nunca más tendría wifi. Finalmente, les permitió irse, reseteó el modem al día siguiente –tras el largo trekking de cuatro horas– y, por suerte, funcionó.

Las cosas más nimias pueden ser pequeñas hazañas en estas latitudes. Por eso Jaime tiene vedado el ingreso de copas, y casi casi, también de vidrios para las aberturas. Para él, no tiene sentido llevar algo así a un lugar tan recóndito, donde la reposición de cualquier ítem de esos requiere largos traslados, y con pocas chances de que duren. Así, en La Josefina se toma en vaso, y las aberturas del rancho de adobe que reciclaron son de un plástico transparente que sirve igual y no se rompe.

Está a favor de las energías renovables y por eso instalaron termotanques solares en algunos de los domos y el rancho. Y apenas escuchó hablar de los “acodos aéreos” como una forma de reproducir los frutales, contactó a Cami con el ingeniero agrónomo con el que se pusieron a hacer intentos con los nothofagus… y ¡oh sorpresa! ¡funciona! Buscamos las bolsas negras con las que envolvieron las ramas de algunos ñires y festejamos al comprobar que ya brotaron algunas raíces.
Otra particularidad que me llama la atención a la hora de ir a dormir son los tapones para los oídos sobre la mesa de luz. No hay vecinos que hagan ruidos molestos por ningún lado, sino que están pensados para quien se inquieta mucho con el ruido del viento.
Bahía La Josefina
Después del activo día de ingreso a la estancia, aprovechamos que la segunda jornada lo permite y nos embarcamos para dar un paseo por el lago. Vamos a la península y la bahía La Josefina, justo enfrente, un paraje increíble para disfrutar de un asado al disco seguido de siesta al solcito en versión bucólica o kayak y pesca para los más activos. Antes, hay que juntar leña. Jade, la fotógrafa que vive en Epuyén y sufrió los tremendos incendios del verano 2025, se sorprende al ver que en Santa Cruz no han prohibido –aún– hacer fuego.

Mientras Cami, Josie y Aurélie, preparan el almuerzo, los demás nos vamos con Jaime a explorar. Nos cuenta que, además de Cami, otros dos de sus hijos viven en El Calafate. Si se cuentan los años en El Cóndor es mucho el tiempo que Jaime lleva en el San Martín, y se ve que la Patagonia caló hondo en todos ellos. Le gusta que se hayan entusiasmado con esto. Sobre la idea de volver a armar un grupo para el desarrollo y la conservación del campo, es cierto que ya no tiene el ímpetu ni la juventud de cuando arrancó con Cielos Patagónicos, pero confía en que Cami se involucre, como viene haciendo. ¿Si la tierra es cara? “¿Cuánto valen, comparadas con un departamento en Puerto Madero, miles de hectáreas con bosques, lagos, glaciares, y ríos?”, reflexiona Jaime.

Recostados después de comer con esa vista, la pregunta nos queda resonando en la cabeza, como cuando uno tira una piedra en el lago un día sin viento.
La Josefina WS: (11) 2386-0751 Ofrecen programas con traslados in-out desde El Calafate de tres y cuatro noches. En el programa “Estancia”, los traslados se cotizan aparte y las actividades se combinan sobre la marcha, a medida del huésped, y según la cantidad de días. Entre u$s 250 y u$s 350 por persona en base doble, con pensión completa. Esta temporada irá del 1 de octubre de 2025 al 21 de abril de 2026. Quienes no quieran hacer el ingreso a pie pueden solicitar hacerlo en lancha, sujeto a condiciones climáticas.
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