
Hace tres años pedían 400 mil dólares por él. Hoy, distintas inmobiliarias lo ofrecen por 150 mil. La historia de una casa que fue el capricho de un poeta y terminó siendo el termómetro de una época que ya no vuelve.
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Hay un cartel en la reja, entre las calles 511 y 520 de Quequén, a tres cuadras del mar, que dice lo mismo que dicen los avisos inmobiliarios normales: se vende. Es una casa imponente de tres pisos, ocho dormitorios, cuatro baños, con un mirador hexagonal desde donde se ve todo Quequén. En las fotos que circulan en Instagram que subió la inmobiliaria que hoy la representa se ven pisos de madera oscura, cielorrasos altos, una escalera que sube en curva hacia los dormitorios del segundo piso. Todo parece pensado y diseñado en una época de puro fulgor aristocrático.

Lo que no dice el cartel es que el precio de venta de este inmueble viene cayendo desde 2023, cuando la propiedad cotizaba a 400 mil dólares. Hoy, distintos operadores la publican por 150 mil. Nadie parece querer comprar el Castillo Astelarra.
Y, sin embargo, sigue bajando. Cada tanto vuelve a aparecer en el mercado con un número más chico, como si el mismo objeto perdiera valor por el simple hecho de seguir ahí, esperando. Para entender por qué, hay que ir para atrás. Casi 120 años para atrás.

El poeta que se construyó un castillo
Martín Coronado no era de los apellidos que solían levantar mansiones de veraneo en la costa bonaerense de comienzos del siglo XX. Era periodista, dramaturgo, poeta. Se lo recordaba, según una publicación de la época citada por medios locales, como alguien que “cantó las cosas sencillas y los sentimientos humildes” y que, por haber sabido “penetrar en el alma del pueblo”, fue durante años el más popular de los poetas argentinos. Varias de sus composiciones terminaron convertidas en tangos.

Ese mismo hombre eligió Quequén -entonces un balneario selecto donde las familias porteñas de mayores recursos empezaban a construir sus casas de verano cerca del Hotel Quequén- y se hizo levantar, en 1904, una casa de tres pisos con mirador panorámico. No era una casa cualquiera: la más alta, la más visible, la que todavía hoy se reconoce de lejos entre las calles arboladas del pueblo.
Hay una tensión ahí que vale la pena mirar de cerca. El poeta de lo sencillo, construyéndose lo más parecido a un castillo que Quequén iba a conocer. Coronado murió en 1919. La casa quedó cerrada, o al menos sin él, durante 17 años.
El médico que le dio el nombre
En 1936 la propiedad salió a remate. La compró José Astelarra, médico porteño que unos años antes se había radicado en Balcarce, donde llegó a tener entre sus pacientes a Juan Manuel Fangio. Fue Astelarra quien la transformó en casa de veraneo familiar y quien, sin proponérselo, terminó bautizándola: desde entonces es el Castillo Astelarra, no el castillo de Coronado.

Hay un dato curioso que conviene aclarar antes de que la confusión se repita, porque ya la cometieron más de un medio: existe otra propiedad, el chalet Astelarra, en otra parcela de Quequén, construida en 1908 por Antonio Coronado -hermano del poeta- y comprada también por la familia Astelarra en la misma época. El chalet fue declarado patrimonio municipal en 2001. El castillo, hasta donde se pudo confirmar, no tiene esa protección. Dos casas, un mismo apellido comprador, una sola de ellas resguardada por el Estado. La otra depende, entera, de que alguien la quiera comprar.

Lo que vale una joya que nadie quiere
Ahí es donde vuelve a aparecer el cartel de la reja.
En 2023, cuando la venta del castillo empezó a circular en la prensa de Necochea, la cifra pedida era de 400 mil dólares. Ya entonces llevaba más de cuatro años en el mercado sin encontrar comprador. Tres años después, en agosto de 2026, el precio volvió a moverse: 150 mil dólares, según las publicaciones inmobiliarias más recientes, aunque persisten avisos con cifras distintas, porque la casa es ofrecida en simultáneo por varios operadores.

El precio cayó 60% menos en tres años. No es una casa que se devalúa por estar en mal estado: las fotos disponibles muestran una estructura conservada, sin las grietas ni los techos hundidos que sí afectan a otras casonas de la zona. Se devalúa, más bien, por lo que representa: una propiedad enorme, de mantenimiento caro, construida para una vida doméstica (servicio, veraneos largos, generaciones enteras bajo el mismo techo) que ya no existe.
Es tentador pensar el Castillo Astelarra como una ruina más de las tantas que dejó la aristocracia porteña cuando abandonó Quequén por Mar del Plata, a fines de los años 20. Pero no es una ruina. Está en pie, entero, fotografiado y publicado en Instagram semana a semana por quien intenta venderlo. Es otra cosa: un objeto de lujo que sigue ahí, disponible, cada vez más barato, sin que eso alcance para que alguien lo quiera.

Cerca de ahí, otras casonas de la misma época tuvieron destinos distintos, algunas se perdieron, otras encontraron quien las rescatara y las pusiera en valor de nuevo. El castillo, por ahora, no es ninguna de las dos cosas. Sigue en un limbo: ni ruina ni rescate, apenas un cartel que cada tanto cambia de número.
Desde el mirador hexagonal del tercer piso todavía se puede ver, dicen quienes conocen el interior, todo Quequén y parte de Necochea. El mismo horizonte que veía Coronado cuando la construyó, el mismo que vio Astelarra cuando la compró. Lo único que cambió, en definitiva, es lo que alguien está dispuesto a pagar por pararse ahí arriba.



