
Diez años después de lanzarse a la aventura con mínimos recursos, producen quesos artesanales premiados y convirtieron aquel salto en una forma de vida.
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Su llegada al mundo de las cabras fue una casualidad. Tampoco hicieron ningún estudio de mercado. Juan Ignacio Rodríguez y Soledad Rumbo son ingenieros agrónomos y buscaban desesperadamente un emprendimiento propio tras años de trabajar para otros.
Instalados en Yacanto Abajo, Córdoba, pensaron en un vivero, pero lo descartaron por la escasez de agua. Cuando un familiar les comentó que había visitado un tambo de cabras en Buenos Aires, pensaron: ¿por qué no? Al mes siguiente se lanzaron. Así nomás. “Creo que en la vida algún salto tenés que dar, porque si no te quedás”, asegura Soledad.

Sin embargo, también cree que lo de las cabras fue uno de los actos de inconsciencia más grandes de su vida: vieron un nicho y, sin pensarlo demasiado ni evaluar el negocio o la existencia de competencia, compraron las primeras seis cabrillonas, futuras lecheras, para familiarizarse con el animal. Soledad bromea: “Era como un hola cabra, soy Soledad, te quiero conocer”, porque ni siquiera en la facultad habían aprendido sobre ellas y su manejo.
“Ahí estábamos nosotros y ellas conociéndonos cuando se desarmó un tambo caprino en Cura Brochero y compramos otras tres cabras que hubo que ordeñar al día siguiente porque eran productivas: habían parido y ya tenían producción de leche”, cuenta. Lo hicieron con la ayuda de un vecino, ya que no tenían idea de cómo hacerlo, “por más que en los dibujitos animados pareciera tan fácil”, señala Soledad, divertida.

Recuerda que quedó sola, con su bebé de un año, intentando sacar leche de las cabras por primera vez. De aquellas cabras, Amanda, Lila y Sara, recuerda sus nombres porque fueron especiales.
Los tres litros diarios de leche pronto empezaron a exceder las necesidades de la familia. Buscaron una receta y elaboraron dulce de leche en casa, en una ollita. Llevaban los frascos, sin siquiera etiquetarlos, a la feria de Villa Las Rosas, donde Soledad tenía un puesto de cerámica, y se los sacaban de las manos. Fue el nacimiento del emprendimiento.
“Tengo clientes hoy que me siguen comprando desde ese primer dulce de leche”, señala Soledad.

Años de crecimiento
Desde entonces hasta hoy ha pasado mucho. En el mismo predio al que se mudaron en 2012 con poquísimos recursos y sin luz ni casa, que luego construyeron con sus propias manos aunque vivieron un tiempo en una carpa, hoy tienen 50 madres en producción sobre un total de 60 cabras y un tambo llamado Granja Verbena, donde elaboran quesos artesanales y dulce de leche. Todo, por supuesto, a partir de leche de cabra.
Incluso Yacanto Abajo, la zona cercana a San Javier donde se instalaron, estaba muy poco desarrollada, aunque “recontra prometía”, asegura la emprendedora. “Los dos tenemos una energía bastante arriba en cuanto a la cuestión productiva y del hacer, y moríamos por hacer algo propio”, dice Soledad, satisfecha.

Cuando se metieron en el mundo del queso dieron lo que describen como “un salto cuántico, porque necesitás más infraestructura, un gran despliegue y hay que aprender mucho”, explica. Se formaron a través de cursos en el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y con la ayuda de Jorge Picotti, quien les enseñó a hacer su primer queso y les brindó asistencia técnica. Más tarde también recibieron el apoyo de distintos técnicos del organismo y realizaron la formación en Fromagelier.
Aunque aseguran que los productos de cabra están hoy mejor posicionados, tuvieron que trabajar también sobre los prejuicios que muchas personas tienen respecto de estos quesos y de un supuesto sabor más fuerte.

“Aunque se decía que esto se debía a la presencia del macho en el corral, nuestros productos nunca fueron fuertes y tiene más bien que ver con las buenas prácticas”, asegura Soledad.
Explica que, si los microorganismos comienzan a proliferar y rompen las estructuras de la grasa, estas quedan más disponibles al paladar. Con un manejo prolijo de la leche, lograron así captar a un público que inicialmente se resistía al consumo de productos caprinos.
Mercado gourmet
“Quiero vivir de esto, ¿cómo hago?”, se preguntaron. Al tratarse de un proyecto de pequeña escala, la respuesta llegó por el lado de la diferenciación y la calidad para ingresar en un mercado gourmet.
“Además, al estar en un lugar turístico, vienen a comprar a la granja. Comunicamos mucho nuestro queso”, afirma Soledad. Porque, dice, la gente no compra solamente un queso: compra una historia.

Hoy, diez años después de elaborar su primer queso, producen unas diez variedades de quesos duros, semiduros y con hongos; ganaron premios en concursos especializados y venden en un mercado que incluye restaurantes como Don Julio, Anchoita, Corte Charcutería y Los Galgos.
Entre los quesos de pasta semidura se destacan Chuncano, un queso suave pensado para el consumo cotidiano, que también se presenta en versiones saborizadas con ají molido, orégano o pimienta, y en medallones ideales para la plancha o la parrilla.
Monte, en tanto, es un semiduro curado durante siete meses, con corteza natural tratada con aceite de oliva de la zona. Obtuvo medalla de plata en el Concurso Nacional de Quesos de Totoras en 2023 y 2025. Inspirado en los sabores de las picadas argentinas, ofrece notas picantes y aromáticas.

La línea se completa con Champaquí, un queso de pasta dura con 12 meses de maduración y corteza natural curada con aceite de oliva local, que consiguió medalla de oro en 2023 y 2024 en la categoría quesos duros de leches especiales. Técnicamente es un queso para rallar, aunque también resulta ideal para acompañar vinos tintos o sumar personalidad a una picada.
Entre los quesos de pasta blanda con hongos aparecen Pedro, un queso de cabra tipo Camembert, de perfil suave y sofisticado, ganador de la medalla de oro durante dos años consecutivos, 2023 y 2024, en el Concurso Nacional de Quesos de Totoras; y Emilia, un queso tipo Crottin de gran cremosidad y sutil acidez, que fue elegido Queso del Año y obtuvo medalla de oro en 2025, con un puntaje perfecto de 100/100.

La propuesta incluye además Azul Chingón, un queso azul de corteza enmohecida, con un marcado desarrollo de hongos y notas terrosas, que obtuvo medalla de bronce en Totoras 2025.
Es una buenísima idea acercarse a conocer la granja y llevarse un queso elaborado en el mismo lugar donde viven, ordeñan, producen y comercializan sus productos.
“Mucha gente viene a Traslasierra a retirarse. Nosotros vinimos a empezar”, concluye la emprendedora.
Más info
Granja Verbena T: +54 9 3544 53-4841
IG: @granjaverbena
Emprendimiento familiar dedicado a la producción de leche de cabra y a la elaboración de quesos artesanales y dulce de leche caprino. En su almacén de campo comercializan más de diez variedades de quesos duros, semiduros, blandos y azules. La propuesta permite conocer de cerca todo el proceso productivo, desde el ordeñe hasta la elaboración y comercialización. Verificar horario de apertura y ubicación en Google Maps. Se realizan visitas guiadas en temporada.



