Fundado por inmigrantes españoles, mantiene platos tradicionales y costumbres de antaño, como reservar por teléfono de línea y usar únicamente menú en papel
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Definir a Rodi Bar como un restaurante es, como mínimo, injusto. Nacido allá lejos en 1967, este lugar es parte de la identidad de un barrio, de una ciudad y de una gastronomía. Una esquina ya icónica, con sus mesas cubiertas de manteles blancos y fotos familiares y de clientes en las paredes que atestiguan el paso del tiempo. El Rodi, como muchos lo llaman, es un punto de encuentro comunitario que atraviesa generaciones y clases sociales, con su cocina casera y platos eternos.
Por sus mesas desfilan vecinos y turistas, trabajadores de a pie y el jet set más encumbrado, seducidos todos por una carne tierna cocinada lentamente en el horno, por una milanesa hecha a la vieja usanza, por un bife de chorizo, un pastel de papas o un filet de merluza con puré mixto. Ya cerca de cumplir sus primeros 60 años de vida, el Rodi mantiene la misma sociedad de sus inicios: un grupo de gallegos representado ahora por su segunda generación. La historia, el presente y el futuro de un clásico, contado hoy por Raúl Adrián García, hijo de José García, uno de los fundadores originales de esta esquina eterna.
–¿Cómo nació Rodi Bar?
–Es la historia de la inmigración. Al Rodi lo abrieron unos gallegos, todos de pueblos ubicados entre Pontevedra y Santiago de Compostela. Uno de ellos era mi viejo, José, pero también estaban su hermano, su cuñado, el cuñado del hermano, un primo… Cada uno venía de trabajar en gastronomía. Mi papá, por ejemplo, había sido mozo en una pizzería. Un día decidieron juntarse, encontraron esta esquina y la alquilaron. El nombre Rodi ya venía de antes y decidieron mantenerlo. Años más tarde, ahorradores como son, terminaron comprando el local, con ayuda de sus proveedores, que les fiaban hasta que juntaban el dinero para pagarles.
–¿El Rodi siempre fue restaurante?
–No, en esos años era otra Buenos Aires, una ciudad con mucha más vida nocturna. Y si bien ellos abrían desde la mañana temprano y ofrecían algunos platos de comida, el fuerte era el bar, las bebidas. La gente salía hasta tarde, bebía mucho. Acá despachaban licores, vinos, jerez y, especialmente, mucho whisky. Abrían hasta la madrugada, era lo que se llama “un lugar de silla caliente”, casi como un continuado: apenas cerraban, ya tenían que limpiar para volver a abrir.
–¿Cuándo empezó a cambiar la propuesta?
–No hay un momento exacto, como todo gallego trabajando en gastronomía, eran muy prácticos: veían cómo venía la mano y se adaptaban a lo que pedían los clientes, siempre buscando avanzar. Así se fueron sumando platos, uno a uno, de manera progresiva. Yo creo que la versión actual más o menos se asentó hace unos 30 años, desde entonces la carta se mantiene casi idéntica, con muchas opciones para todos los gustos. Incluso en un momento empezamos a achicarla, sacando algunos platos como los riñoncitos al jerez, los niños envueltos o el bacalao. Hay comensales que se enojan porque esos platos no están más, pero qué podemos hacer, si ya nadie los pide.
–¿Y cuáles son los platos más vendidos?
–La colita al horno con papas, las distintas tortillas -con la de papa y cebolla a la cabeza-, el bife de chorizo, el lomo, el filet de merluza, los bocadillos de acelga. Cada día tenemos, además, un plato especial: los lunes son albóndigas grandes con puré; los martes, ahora que arranca el frío, hay lentejas; el miércoles, mondongo; los jueves, zapallitos rellenos; los viernes, un guiso de albóndigas chiquitas; el sábado, lomo strogonoff. Y están los combinados, que funcionan muchísimo. Es algo que mi viejo vio en España y, en la crisis del 2000, se le ocurrió ofrecerlo acá: en la carta tenés 18 combinados posibles, platos que se ofrecen ya con sus guarniciones, con precio especial. Hay milanesa con huevo frito, papas fritas y ensalada mixta; filet de merluza con papas al natural y ensalada de lechuga y huevo; bife con huevo frito, papas paille y ensalada de zanahoria, entre muchos más. Cada combinado tiene un número, y los clientes más habituales ya llegan diciendo: “Marche un 5”.
–¿Cómo definirías a este tipo de gastronomía?
–Son platos caseros, hechos con productos de calidad. Una cocina de bodegón, que une lo español con lo argentino: un guiso de lentejas, un mondongo, una milanesa a la napolitana, un pastel de papa. Acá trabajan los cocineros de siempre, están con nosotros desde que empezamos. Una vez una clienta me dijo que teníamos que sumar algún plato con chía a la carta. ¡Pero si acá no tenemos pájaros! [risas]. Esto es el Rodi, acá se cocina lo de siempre. Uno de los cocineros, Jorge, arrancó con mi viejo, y recién se jubiló el año pasado. Otro, Priscilo, está hace más de 30 años. Ellos son los responsables de transmitir el sabor de Rodi a los nuevos que van entrando.
–Vos también sos parte de una nueva generación…
–Sí, hoy en Rodi está la siguiente línea de la familia: de cada socio original hay un representante. Estoy yo, Marcelo, Ricardo, Emilio y Fernando. Nos repartimos el trabajo, cada uno adoptando distintas responsabilidades, aunque todos sabemos manejar todo. Son cosas que fuimos aprendiendo con los años. Yo, por ejemplo, empecé justo antes de la pandemia, en febrero de 2020. Trabajaba de otra cosa, pero entendí que Rodi precisaba de nosotros, y fue el momento justo: la pandemia terminó de jubilar a los socios que quedaban. Para ellos, volver después de ese parate de un año era imposible. Igual, acá hay cámaras, y no te extrañes de que mi viejo nos esté mirando ahora, le gusta chequear qué pasa en el local.
–¿Cómo es tener un bodegón en Recoleta, uno de los barrios más aristocráticos de la ciudad?
–Desde que abrimos, este siempre fue un barrio pudiente. Yo fui al colegio público que está acá enfrente, el Juan José Castelli, y lo más lindo era esa mezcla que había: tenías como compañeros al hijo de un empresario súper poderoso y al hijo de una señora que limpiaba casas en la zona. El Rodi también era eso, y lo sigue siendo: acá vienen muchos laburantes, sobre todo al mediodía; y vienen también jueces de la Corte Suprema, actores y actrices, deportistas y músicos. Hace unos días estuvo Willem Dafoe, Antonio Carrizo era habitué y en la radio no paraba de recomendarnos. Por acá pasaron Bochini, Perfumo, la China Zorrilla, Gastón Pauls, Enzo Francescoli, Gabriel Batistuta, Carlitos Balá, Palito Ortega, Abel Pintos, Soledad Silveyra, no sé, muchos más. Y nadie tiene trato especial: acá solo reservamos mesa en el primer horario, y luego hay que esperar, sea quien seas.
–Aun así, vienen muchos turistas.
–Sí, un montón, un 20% o 30% de nuestros clientes son de Brasil, de Chile, de Estados Unidos, de España. Les gusta porque somos un clásico del barrio, y acá van a encontrar esa cocina argentina más tradicional. Y tenemos carnes excelentes, ¿cómo no les va a gustar?
–¿Qué pasa con el público más joven?
–Al público joven le encanta. Después de la pandemia, nos costó un poco más que a otros llenarnos de vuelta, nuestro cliente era más grande en edad y no se animaba tanto a salir. Pero luego hubo un cambio grande: me parece que hoy la gente más joven valora lo tradicional. Obviamente también le gusta lo moderno, pero les encanta comer una buena tortilla, un buen plato clásico, una napolitana, todo en porciones generosas, que esté bien hecho. Nosotros tenemos suerte: acá vienen todos, los más jóvenes y los de más edad, con más o menos plata, vecinos del barrio y turistas de lejos. Claro que la crisis se siente mucho, los que antes se pedían dos platos, ahora comparten uno, pero igual estamos siempre llenos, mediodía y noche, con cola de gente esperando. Por acá un buen día pasan 250, 300 personas.
–¿Es verdad que para reservar todavía tienen teléfono de línea?
–Sí, ya los vecinos nos tienen agendados, para qué cambiarlo. Tampoco usamos mucho las redes sociales. Yo sé que hoy es importante, que muchos turistas vienen por las reseñas de Google, pero, qué querés que te diga, un poco me enorgullece no entender nada de eso. El delivery lo hacemos nosotros sin aplicaciones y el menú es en papel: cuando voy a un lugar y me muestran un QR me enfurece. Es lo que somos, la vieja escuela, el boca a boca.


