
Graciela Borges: hoy, rodeada de amigos y familia, recuerda los grandes amores de su vida
Dueña de una belleza que persiste en el tiempo, disfruta de un presente en plenitud
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No debe abundar en el mundo la gente que lleva el glamour en su voz, en las pausas y los suspiros. Pero ese es el caso de Graciela Borges; belleza clásica si las hay, dueña de una sofisticación que se acrecienta con los años. Diferente en la pantalla y en la vida. Narradora hipnótica, devota de sus amigos, cacique de una tribu sagrada que la venera. Pero ella ríe. “No es para tanto”, dice con esa voz que simula cansancio, pero es pura vida.
La adolescente que debutó de la mano de Hugo del Carril, que fue musa de Leopoldo Torre Nilson, Leonardo Favio, Raúl de la Torre, Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Daniel Burman, Juan José Campanella. Su filmografía es una ruta dorada de festivales internacionales de cine, y de ahí sus otras vidas instalada en París o Londres; las escapadas de amor a Buzios; sus anécdotas con Vittorio Gassman, Pablo Neruda, Paul Newman o Alain Delon.
También se casó [con el corredor Juan Manuel Bordeu], fue madre y hoy es abuela de Jesucita, la luz de sus ojos.
Graciela habla y a veces tose porque su voz, justamente su sello, es sensible a este presente. “Ya no se puede ir a comer en paz, ¡hay lugares con tanto grito!”, comenta en una tarde a puro gol, en un contexto mundialista, que a ella le cae muy bien porque confiesa que le encanta el fútbol, e incluso lo juega.
-Eso no puede ser cierto...
-Pero claro que sí. Yo soy muy futbolera y lo juego. ¿No viste los posteos que a veces hago en La Peregrina, nuestro campo? Cuando Brasil se fue del Mundial me puse furiosa. Amo ese país. Yo viví ahí, tengo amigos, siempre fui a Buzios. En una época viajé muchísimo con Raúl de la Torre, con quien tuve una relación lindísima. Nos íbamos los viernes hasta los lunes a la mañana a Río. Es algo que no se puede creer, pero lo hacíamos. Parábamos en ese lugar mágico que es el Copacabana Palace. Tan adorable todo.
-¿Cuáles eran los rituales, qué te gustaba especialmente?
-Todo. Había unas feijoadas, mesas y comidas maravillosas en casa de Adelita Scarpa. Ahora es todo más frugal en mi vida, pero siempre me ha gustado el picante, las ricas pastas y los mariscos.
-¿Qué bares o lugares en el mundo quedaron para siempre en tu retina?
-Retina y corazón. Muchos, pero especialmente lugares de París, donde viví. Yo estaba sobe una avenida privada en el barrio de Pigalle, al pie de Montmartre, ahí donde Truffaut filmó escenas de Los 400 golpes. Estuve en el París donde el cine, la literatura y el arte formaban parte de la vida cotidiana. Fui muy feliz. Como dijo Hemingway: “Si tenés la suerte de haber vivido en París cuando eras joven, entonces te acompañará adonde vayas el resto de tu vida, porque París es una fiesta”.
-Las ciudades que ya nunca abandonan a quienes las han vivido bien.
-Creo mucho en eso. Ha quedado en mí. Porque también viví un tiempo en Londres, en el Savoy, que fue maravilloso. Pero no significó lo mismo. A París seguí yendo. Incluso hice varios cumpleaños allá. Lo invitaba a mi hijo Juan Cruz, nos íbamos los dos.
-¿Seguís regalándote escapadas de ese tipo?
-No. Creo que los aeropuertos ya no son para mí. Para nadie, supongo. Antes era más fácil. Llegabas y te revisaban la valija como mucho; no recuerdo grandes movidas. Era más simple, más solidario y entrañable. Ahora hay mucha dificultad.

-Pasás gran parte del año en Mar del Plata, pero no abandonás Buenos Aires. También cambiaste de casa.
-Estuve 52 años en mi departamento de Figueroa Alcorta, que era enorme. Ahora estoy en un lugar muy simpático, pero chiquito, frente al Jockey. Fue casualidad; no creas que lo estuve buscando. Me lo ofrecieron y acepté enseguida porque me encantó. Me hizo bien moverme un poco, cambiar el horizonte. Tiene esa cosa de pequeña suite de hotel lindo.
-¿Sos trasnochadora?
-Sí, no soy alondra sino búho. Difícilmente me duerma antes de las tres de la mañana. No me quedo hablando por teléfono con amigas -que lo haría, feliz- porque me cansa mucho la voz. Elijo leer, escribir, mirar algo de televisión, alguna película que me divierta.
-¿Cocinás?
-Cocino muy bien, pero ahora no lo hago. Eso ha sido un error profundo porque cocinar tiene que ver con el tacto y los aromas, que son cosas que amo. Como adoro los perfumes, también. Las cocinas me maravillan. Yo también viví un tiempo en México, y conocí a una gran escritora, Angeles Mastretta, que alzó fama internacional con su primera novela, Arráncame la vida, la historia de una mujer que desafía el poder, el machismo y las convenciones de su época. Ella o una amiga suya, no quiero mentir porque no recuerdo en detalle, iban a unas clases de cocina. ¡Y yo me sumé! Lo hice y lo disfruté. Es como jugar a las cartas, pero con más creatividad. Ponés la cabeza en otro lado y das amor.
-¿Alguna vez te pesó la belleza?
-¡Ay no! Yo nunca me di cuenta. Creo que en mi historial cinematográfico, siempre ponían algo de la belleza. Y no era algo bueno para mí. Porque eso competía con el trabajo que yo hacía como actriz. En algún punto jugaba en contra. Creo que mi cara fotografía bien. ¿Viste cuando dicen que una cara es amada por la cámara? Yo creo que sí, que mi cara la pega con la cámara y hay una cosa de entrega. Pero eso no es suficiente.
-Tuviste ese affaire oportuno con la cámara, entonces. Pero después te descubrieron como gran actriz. Y no solo eso: fuiste musa de diseñadores, entre ellos tu amigo Gino Bogani.

-Sí, adorable amigo. Pero yo soy de lo más sencilla. Me encanta estar despojada. Tengo preciosos tapados. Algunos los he comprado, otros me los han regalado. Me cuesta ponerme divina para ir a algún lado. Doy algunas vueltas.
-¿Fuiste una afortunada en el amor?
-He tenido suerte. Me casé con alguien estupendo, padre de mi hijo. Pero una vez tuve una decepción grande. No lo voy a nombrar porque nunca hablo de mis relaciones amorosas, excepto Juan Manuel o Raúl de la Torre, con quien tuve un vínculo de muchos años y fue entrañable. Pero me han roto el corazón, sí.
-¿A vos?
-Sí. Y está bien, porque eso también es una maestría. Hay que pasarlo en la vida porque te enseña muchas cosas. Son dolores que uno puede trascender. El tiempo lo cura. No hay forma de que salgas herida de una relación y al otro día estés bien. A mí me sorprende la gente que rompe una relación y al otro día ya está con alguien. Yo no puedo con eso.
-¿Cuál es tu frase de cabecera?
-Hay un maestro espiritual que dice: “Hay que hablar con delicadeza para no herir en el otro la dignidad de su propia expresión”. Y me parece perfecto. Lo tenemos que usar en la vida. Yo cuando escucho cosas ilógicas o pavadas, no discuto. Los oigo y digo: “Se ve interesante”. Lo mismo cuando hablan de uno. Lo que piensen o digan no es asunto nuestro. Porque uno, en el fondo, siempre sabe quién es el otro. Existe un veredicto adentro de tu pecho que te dice “ojo, este no es como nosotros”. Ni mejor ni peor. Pero seguramente no nos va a entender. No vale la pena gastarse para explicar la sensibilidad de uno.


