Jacinta Grondona, la hija artista del reconocido periodista: “Tengo una búsqueda espiritual muy profunda”
Creadora polifacética, heredó de sus padres, Elena Lynch y Mariano Grondona, la pasión por el arte y la disciplina del trabajo
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Jacinta era una nena cuando jugaba en su casa con obras de Edgardo Giménez y Julio Le Parc. Descubrió así que el cambio era una constante, y lo aceptó con velocidad: pasó de escribir poesía a dibujar y pintar. A los 18 ya estudiaba escenografía y se asoció con una prima para impulsar un emprendimiento de tejidos. Se formó luego en escultura y diseño de moda, y lanzó su propia marca textil.
Ahora, a los sesenta años y con cuatro hijos, exhibe hasta el 10 de septiembre en la galería Cecilia Caballero El otro lado: una muestra con piezas recientes que incluyen movimiento e intervienen el espacio de múltiples formas. “Tengo muchos intereses”, asegura esta creadora polifacética que heredó de su madre, Elena Lynch, la pasión por el arte. Y la disciplina del trabajo de su padre, el abogado, sociólogo y periodista Mariano Grondona.

-¿Cómo y cuándo nació tu vocación por el arte?
-En la adolescencia empecé con el interés por dibujar. De niña me gustaba mucho escribir poesía y desde muy chiquita pintaba porcelanas con mi mamá. Ella empezó hace varios años a pintar, y de joven fue muy lanzada para hacer cualquier cosa: desde la pintura sobre porcelana hasta marquetería, pátinas… A los 14 o 15 años fui a pintar al taller de Cristina Santander, y a partir de ahí nunca dejé.
-¿A qué otros talleres fuiste?
-A los de Miguel Dávila y Aurelio Macchi. Soy profesora de escultura y Macchi fue mi gran maestro. Con el que estuve más tiempo desde los 19 o 20 años, en paralelo a la Pueyrredón. Me enseñó a mirar y a pensar el trabajo, a evitar el apego a lo que uno está haciendo. Siempre decía: “No te enamores de tu trabajo, rompelo”.

-¿Había un espíritu creativo en tu casa?
-Sí, del lado de mamá. Y otra cosa, bastante importante para mí, fue que había arte contemporáneo. Mis padres coleccionaban mucho del Instituto Di Tella, de los años 60, y entonces estaba en contacto con obras bastante locas para la época. No era lo que estaba acostumbrada a ver en las casas de mis amigos.
-¿Como cuáles?
-Por ejemplo, una oveja de Edgardo Giménez, recubierta con pelotitas de vidrio de diferentes tamaños y perlitas. Recuerdo jugar con la ovejita, despegarle las pelotitas. Mi mamá después las pegaba y le agregaba otras, porque perdíamos algunas. También había una obra de Julio Le Parc con la que jugaba mucho. Es una caja que tiene varios fondos, cajoncitos y esos cuadraditos de acetato típicos de él. Hay plateados, negros, blancos y rojos, y los fondos de chapa pintada son bifaz, de distintos colores. Yo pasaba mucho tiempo cambiándolos. Este año, cuando estaba haciendo este trabajo que cuelga en la vidriera de la galería, pensé en esa obra. Porque al ser bifaz y moverse, se reconfigura continuamente. Según cómo gire, los colores se superponen de diferentes maneras.

-¿Ibas a museos, de chica?
-No tanto. Sí a algunas exposiciones de artistas. Mis padres tenían también muchos amigos intelectuales y conversaban sobre arte contemporáneo, arquitectura, literatura. Era un ambiente propicio.
-Así como te formaron las enseñanzas de Macchi, ¿cuáles de tus padres te dejaron marcada?
-De mi padre, la disciplina del trabajo. La búsqueda de hacer las cosas de la mejor manera posible. Y mamá fue muy innovadora en cuanto a la forma de vestirse, del arte que compraba. No se ajustó a lo clásico. Hasta hoy, todavía es de vanguardia. Siempre fueron una pareja que se complementó muy bien. Mamá impulsó a papá en su carrera, porque ella organizaba la vida social. Recibían a muchísima gente en casa. Él era un intelectual y se dedicaba a escribir, a pensar, a estudiar. Ella era más extrovertida, fue un motor en su vida.
-¿Te costó encontrar una identidad propia con un padre tan famoso?
-No. Los titulares siempre son “La hija de”, pero él no me condicionó para nada.

-¿Qué artistas te inspiran?
-Me tiene muy inspirada Imi Knoebel, un alemán. Vi sus trabajos hace quince o veinte años en Dia Art Foundation, en Nueva York. También Gachi Hasper, por el color. Y Ernesto Ballesteros, curador de esta muestra, por la cabeza que tiene. Soy alumna de sus clínicas y fue una experiencia espectacular trabajar con él. Me acompañó en todo el proceso.
-¿Las obras de esta muestra son recientes?
-Sí, son todas de este año. Hay más de veinte, es la primera vez que hago estas obras suspendidas. Pensé la muestra como una instalación site-specific, que tomara toda la galería. Te obliga a llevar la mirada a diferentes lugares de la arquitectura: el techo, el piso, las ventanas. Trabaja en conjunto, que es una característica bastante común en mi trabajo. No llega a ser pintura porque tiene ese contorno y es un objeto; no podés dejar de prestarle atención a la forma ni al color.

-¿Cómo definirías tu obra?
-Mi obra transita entre la tensión entre la pintura y la escultura, sin definirse entre una o la otra. Trata el tema de la impermanencia: las piezas se reconfiguran, se adaptan al espacio.
-Tus primeras esculturas estaban inspiradas en la sexualidad y en la fecundidad. ¿Por qué?
-Creo que de alguna manera las obras son una herramienta de autoconocimiento. Tal vez representaban algún aspecto mío a los treinta años, cuando estaba en la época de tener a mis hijos. También aparecía la idea del huevo.

-En tus textiles también aparece mucho el huevo.
-Sí, es un proyecto que tuve mucho más tarde, durante la pandemia. Me habían convocado para hacer una muestra en el consulado de Nueva York y por el tema del transporte yo había empezado a estampar, había hecho unos cursos de serigrafía. Estaba muy estimulada con la nueva técnica, que me parecía fascinante, y con la cantidad de materiales y su versatilidad. Eso iba a ser en junio 2020, y se canceló todo. Entonces me encontré en el taller de mi casa, encerrada con tres rollos de tela y los materiales de estampado. En Estados Unidos había estudiado diseño de moda, y empecé a coser.

-¿Así nacieron los kimonos?
-Sí, los primeros vestidos y los primeros quimonos, como piezas únicas, todas estampadas. En octubre o noviembre de 2020 me encontré con un perchero con unas cien prendas. Entonces dije: “¿Qué hago con todo esto?”
-¿Por qué tu marca se llama Alquimia de las rosas?
-Porque en 2017 o 2018 fui a un retiro en México, donde había una ceremonia en la que te tiraban pétalos de rosas y los asistentes se acercaban y te decían algo: una bendición, un deseo. Así surgió la idea de la alquimia de las rosas, de la belleza como energía transformadora del alma, de la persona.
-¿Te considerás una buscadora?
-Sí, tengo muchos intereses. Ballesteros dice en sus clínicas que eso es normal en un artista, que no hay que limitarse.

-Está bueno integrarlo, como hacés con la pintura y la escultura.
-Exacto. Y también el color y lo espiritual, porque tengo una búsqueda espiritual bastante profunda. Soy católica pero me siento muy alineada con el budismo. De hecho, hoy llegó un monje lama a mi casa. Se queda tres días. Él es del Tíbet, pero vive en Estados Unidos, y viene a traer el Dharma a la Argentina.
-¿También estudiaste escenografía?
-Sí, fue mi primera carrera pero no la terminé, estudié dos años. Con esta personalidad que tengo, que me interesan muchísimas cosas, mi razonamiento fue: con escenografía voy a poder hacer aplicar un montón de intereses, porque abarca la arquitectura, la decoración, el arte, la interpretación, la literatura. Me interesa la reconfiguración, el movimiento, que la obra no sea estática. Es una idea que me mueve mucho porque yo creo en eso, en la vida también: en el tema de la impermanencia.

-Un concepto muy budista.
-Claro, porque a veces nos cristalizamos en un momento, en una situación, en una etapa, y la verdad es que todo cambia todos los días. Entonces, es un buen ejercicio aprender a aceptar los cambios continuos. Fue lo que me dijo Macchi: “No te apegues”. No hay que apegarse ni a la obra, ni a uno mismo, porque uno cambia también todo el tiempo. Siento que la frescura del trabajo y de uno mismo está en el hecho de aceptar ese cambio continuo. Si nos quedamos quietos, es una forma de no estar vivos. Me importa mucho también la idea de lo que inspira estar en contacto con mis obras. Me levantan el ánimo, me dan alegría y paz. Siento que tienen un aspecto contemplativo y un impacto en la energía.



