
La torre que cambió de nombre y nunca dejó de dar la hora cumplió 110 años
Fue un regalo de Gran Bretaña por el centenario de la Revolución de Mayo; por qué recuperó su identidad tras la Guerra de Malvinas
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Uno de los regalos más significativos que tuvo la ciudad de Buenos Aires llegó desde Gran Bretaña el 24 de mayo de 1916, diseñado por el ingeniero inglés Ambrose Macdonald Poynter, para celebrar el centenario de la Revolución de Mayo: una edificación recubierta de ladrillos rojos y piedra labrada que trepa a 60 metros en las alturas de Retiro y cumplió 110 años el último domingo.
Su nombre original, Monumental, cedió luego a Torre de los Ingleses, por su procedencia. Pero el 2 de abril de 1982 marcó un antes y un después: la guerra de Malvinas caló hondo en muchos sentidos. Y desde entonces, la torre recuperó su nombre original. Además, en 1990, sumó un memorial a los caídos en la guerra y la denominación de Fuerza Aérea a la ex plaza Británica. Las 25 placas de mármol negro con los nombres de los 649 combatientes abatidos acompañan una llama eterna que también forma parte del monumento donde todos los días, a las 8 de la mañana, se iza la bandera argentina.
La historia, sin embargo, empezó mucho antes. En 1910 se mostraron por primera vez los planos de la torre en el Salón del Bon Marché, actual Galerías Pacífico. El ganador por sistema de concursos fue el arquitecto británico sir Ambrose Macdonald Poynter (1867–1923), nieto del fundador del Royal Institute of British Architects.

La construcción estuvo a cargo de la empresa Hopkins y Gardom y casi todo el material para la edificación, que incluyó cemento, piedras Portland, ladrillos del tipo Leicester, el carrillón, las campanas y hasta el reloj, fueron traídos desde Inglaterra. En el cargamento también viajaba una joya secreta: la réplica a menor escala del Big Ben creado por la famosa joyería Gillett & Johnston, en Croydon, en1914. Su melodía es idéntica a la que suena en la Abadía de Westminster, Londres y sus números se despliegan en cuatro imponentes cuadrantes de opalina de 4,40 metros de diámetro que miran a los cuatro puntos cardinales. En el interior, un péndulo de más de cuatro metros de largo y 100 kilos se mueve con una precisión hipnótica.
El sistema mecánico original hoy es eléctrico. Y se encarga automáticamente de activar el carillón cada 15 minutos. La melodía es matemática pura: a los 15 minutos suenan cuatro campanadas, a los 30 se suman otras cuatro, y así va escalando la música hasta que, al llegar a la hora exacta, el aire de Retiro se sacude con el tan tan de la campana mayor.
Del puerto también bajaron los revestimientos de cobre verde para la cúpula, la Rosa de los Vientos y la goleta de oro. Finalmente, también cruzó el océano el ascensor tipo tijera que funcionó hasta que caducó por cuestiones de seguridad. El actual, que llega hasta el sexto piso, es de industria nacional.
Del regalo festivo que pensó la colectividad de residentes para el Centenario de la Revolución de Mayo, a los vaivenes políticos, sociales y kilométricos, la construcción sufrió retrasos. No fueron solo los más de 11.000 kilómetros por mar que atravesaron sus componentes, sino que los andamios tardaron en retirarse. Esos cuatro años, desde 1912 a 1916, fueron tallando en el inconsciente urbano el sobrenombre que hasta estos días pronuncia algún distraído.
Lo cierto es que el domingo pasado se acercó una multitud a celebrar los 110 años: hubo música en vivo, autos antiguos, talleres de fileteado, visitas guiadas al mirador y ambientación patrimonial, a cargo de la Sociedad Victoriana Augusta Argentina.
Escudos, dragones y goletas
Antes de subir al mirador, el edificio exige una mirada atenta a su arquitectura renacentista isabelina. El basamento, con cuatro escalinatas señoriales y vertederos en los ángulos, sostiene un cuerpo de ladrillos a la vista, puro estilo británico. Sobre la entrada principal se despliega un friso donde alternan triglifos y metopas decoradas con soles y emblemas del Reino Unido.
Allí conviven, tallados en piedra, los escudos británicos y argentinos, rodeados por las insignias de Inglaterra y Escocia. Un unicornio y un león custodian dos leyendas en francés antiguo que resumen la tradición de la Orden de la Jarretière: “Dieu et mon droit” (Dios y mi derecho) y “Honni soit qui mal y pense” (Deshonor al que piense mal de esto).
En lo más alto, donde la estructura se afina buscando las nubes, la cúpula de cobre exhibe un color verde texturado que solo otorgan el tiempo y la oxidación. Coronando el conjunto, una veleta con la rosa de los vientos remata en una goleta isabelina de tres palos que gira dócil según el humor del viento.
Hacia el oeste se puede ver la trama de la Avenida del Libertador y la Plaza San Martín. En primera línea, la Torre Pirelli de los años 70 rompe el molde con su planta pentagonal, sus fachadas vidriadas y su helipuerto en la terraza. A un costado, la Cancillería, en el Palacio San Martín, contrasta con la silueta del Edificio Kavanagh, que en 1936 se coronó como el primer rascacielos porteño y el gigante de hormigón más alto de Latinoamérica.
Hacia el sur, en tanto, cambia el paisaje con vistas al Wall Street porteño, el centro financiero que hizo pie en Catalinas Norte. El icónico Hotel Sheraton convive con el remate curvo de la torre del Banco Macro, una de las últimas firmas del arquitecto tucumano César Pelli. Al fondo, detrás del vidrio y el cemento, surge la Reserva Ecológica y el antiguo Hotel de los Inmigrantes (hoy Museo de la Inmigración).
Hacia el este, la paleta de colores se torna amarronada, ancha, con el Río de la Plata. Se distinguen la Escuela Nacional de Náutica, los Tribunales de Comodoro Pi y las grúas rojas y blancas de la Terminal de Cruceros Benito Quinquela Martín. En los días limpios, muchos aseguran que pueden ver la silueta uruguaya de Colonia del Sacramento.
Finalmente, hacia el norte, la postal cobra movimiento. La avenida Ramos Mejía organiza el caos de las terminales ferroviarias. La estación del Mitre impone su escala francesa, mientras la del Belgrano Norte (de 1914) luce su mansarda y su cúpula afrancesada.
Pero las sorpresas no terminan en las alturas. La torre también esconde una historia de tesoros enterrados. En su planta baja, una muestra permanente pone en valor los logros de la arqueología urbana, que explora debajo de las baldosas.
Bajo la coordinación del arqueólogo Marcelo Weissel, se exponen piezas rescatadas en las últimas obras de infraestructura: las reformas de Plaza San Martín en 2008, la extensión de la Línea E de subtes bajo la Avenida Leandro N. Alem y las excavaciones en el estacionamiento del Convento de Santa Catalina de Siena.
Con precisión quirúrgica, el equipo de arqueología urbana de la ciudad rescató botellas de aguardiente y cerveza, tapas de olla de porcelana, herraduras y una colección de utensilios de cocina. Con más de 200 artefactos clasificados, los especialistas conformaron tres “yacimientos urbanos”, junto a personal de la Dirección de Patrimonio, Museos y Casco Histórico. Hay piezas de dominó de hueso, fragmentos de mayólicas, frascos y tinteros de vidrio. También, cepillos, fragmentos de pipas de caolín, un tenedor, tinteros de vidrio y piezas de porcelana de los siglos XVIII y XIX. Están intactos, detrás de las vitrinas. Y son el testimonio de una Buenos Aires colonial donde un reloj, en lo alto de la torre de Retiro, marcaba el pulso cotidiano.



