
Es una de las Denominaciones de Origen Calificada (DOCa) del país y se extiende sobre 66.800 hectáreas de viñedos
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ELCIEGO, España.- Entre una curva y otra, las nubes alcanzan a esconder uno de los pueblos milenarios que el mapa del gps va revelando a lo largo de la ruta. Los habitantes parecen estar mirándonos, desde sus casas, ubicadas arriba de las colinas. A sus pies se expanden las viñas de tempranillo y garnacha, los dos varietales de la zona, plantados en terrenos accidentados.
Esta geografía en desnivel y pintada de gouache contribuye a la riqueza de los suelos. Las sierras, de colores pálidos, están plantadas ahí, de fondo, y completan un panorama fuera del tiempo, donde el intruso consigue ensamblarse con los lugareños gracias a una pasión universal: la que vive en la copa de todos los amantes del vino.
Uno de estos recorridos serpentinos nos lleva hasta Elciego, un pueblo de mil almas que nos da la bienvenida con una escultura en homenaje al vino y en particular a sus mejores aliadas. Ahí están, amontonadas arriba de una botella gigante pintada de negro sobre la madera: las barricas de roble.
Llegamos al corazón de La Rioja Alavesa, subdivisión del Rioja, la región vitivinícola de mayor relevancia y tradición de España, una de las dos Denominaciones de Origen Calificada (DOCa) que cuenta el país. Se extiende sobre 66.800 hectáreas de viñedos, repartidos en una zona fronteriza que une cuatro comunidades autónomas: principalmente La Rioja y el País Vasco y, en menor medida, Navarra y Castilla y León.
Una de las particularidades de la región, tal como lo dejaba vislumbrar la escultura de la entrada al pueblo, es el uso barricas de roble. Más que una simple herramienta de tradición enológica, es un hecho cultural profundamente arraigado. La DOCa, de hecho, concentra 1,3 millones de esos contenedores de madera que ennoblecen el vino. Mucho más que cualquier otra denominación de Europa.
En los libros de historia riojana surgen varios nombres emblemáticos, los de los pioneros, cuyos herederos se volvieron embajadores de la cultura de crianza, como llaman acá el envejecimiento en barricas. El eclesiástico Manuel Quintano es uno, el marqués de Murrieta, otro… Pero cierto consenso aparece a la hora de designar al marqués de Riscal como el primero de los primeros.
En Elciego se encuentra la icónica bodega que lleva el nombre de este noble. En sus pasillos oscuros y frescos nos topamos con grupos de turistas que se enteran de la historia y del funcionamiento de Riscal. La bodega, con sus 35.000 barricas de 225 litros activas (un cuarto del conjunto de toda la Argentina), es todo un monumento a la cultura de crianza. Un 90% de su producción lleva etiqueta reserva, con un mínimo de tres años de envejecimiento, del cual uno transcurre en madera.
“La idea de criar el vino en madera siguiendo el método bordelés comenzó con Guillermo Hurtado de Amézaga, quinta generación del Marqués de Riscal. Fue él quien contrató a Jean Pineau para el Médoc Alavés, introduciendo con él en Rioja las técnicas bordelesas. Pineau fue el primer maître de chai, o maestro bodeguero francés, y desde entonces la bodega ha trabajado siempre con enólogos franceses. Siempre digo que, si me contrataron a mí, debió de ser en parte para perpetuar esa tradición”, comenta con cierta ironía el enólogo francés Jean-Philippe Pélanne, nombrado director técnico en Rioja hace algo más de un año.
El filólogo Juancho Asenjo, que asesora a Pélanne en sus investigaciones históricas, agrega: “El desarrollo de la barrica viene del siglo XIX. En España esta cultura se impone a partir del establecimiento del sistema bordelais, en los años 1860. Antes, el vino era un producto local, hecho para consumo inmediato”.
Con una visita de esta bodega, elegida como la mejor del mundo en 2024, constatamos la evolución en el tiempo de una empresa más que centenaria, manteniendo identidad, tradición y adaptándose a los caprichos de la modernidad. Hoy día, muchos asocian el nombre de Riscal a su hotel, cuya arquitectura excéntrica fue concebida por Frank Gehry, y generó polémica en la zona. Un revuelo que se convirtió en un golpe de marketing, desempolvando la imagen de la bodega. Al fondo de sus laberínticos pasillos de barricas, una sala iluminada con potente luz blanca alberga no menos de 25.000 contenedores americanos, guardados en filas sobre seis pisos, hasta el techo, y custodiados por 35 empleados dedicados exclusivamente al trabajo en bodega.
“En La Rioja, la gestión del parque de barricas es un desafío diario para bodegas como Marqués de Riscal”, cuenta el enólogo Alvin Miranda, director comercial de Barena, empresa especializada en la regeneración integral de barricas, de visita por la bodega. “Nuestro trabajo consiste en acompañar a las bodegas en la protección y recuperación de sus contenedores, reduciendo riesgos de contaminación y optimizando su gestión logística”. Una exigencia que el mercado vuelve cada vez más urgente: el consumidor ya no tolera la presencia de brettanomyces, el hongo que puede desarrollarse durante la fermentación y comprometer la pureza del vino.
“Aquí, la bodega produjo sus propios toneles hasta los años 1960. Seguimos preservando el estilo bordelés original, con el uso de aproximadamente un 30 % de barrica nueva para los vinos de alta gama. Después, prolongamos la crianza en botella, lo que nos permite sacar al mercado vinos ya afinados, equilibrados y en su momento óptimo de disfrute”, precisa Pélanne. Este ‘momento óptimo de disfrute’ en Rioja no significa abandonar la complejidad en la copa. Al contrario, ya que el alma de estos vinos siempre ha sido la convivencia y complementariedad de aromas. Primarios, secundarios y los terciarios, obtenidos con el envejecimiento.

Pasamos del gran productor histórico a la bodega boutique. A pocos kilómetros de Riscal, en Laguardia, la Bodega 202 trabaja con otra escala pero un hilo conductor similar. “Yo soy un obsesionado de la pureza del terruño. Quiero expresar el origen en la copa. Al máximo. Este objetivo no implica descartar la madera, al contrario de lo que dice a veces la crítica. Solo hay que aprender a usarla en su justa medida. Yo sé lo que la madera me aporta: una micro oxigenación que me ayuda a domesticar los taninos un poco rudos de mis vinos. No se trata de darle estas notas amaderadas, sino más fineza”, dice Luís Güemes, el director técnico de 202. Para él, la comparación es tan simple como elocuente: “El término criar lo dice todo. Un vino joven no tiene paso por madera. La barrica le permite volverse adulto. Es como la universidad para el vino”.

La misma búsqueda, con otro vocabulario, aparece en Aiurri, el proyecto que el grupo Alma Carraovejas lanzó en 2020 en el pueblo de Leza, también en Rioja Alavesa. Nos guía por las instalaciones el responsable de bodega, Diego Herrero. “Aquí no hacemos ni reserva, ni gran reserva, sino vino de autor”, cuenta Herreo. “Nos gusta decir que hacemos el Rioja moderno. Eso sí, mantenemos la crianza en madera, más acotada en el tiempo, pero es una técnica que siempre permite obtener mejores vinos. Sobre todo con nuestro tempranillo, que tiene un potencial tánico elevado. La tradición del Rioja no se contradice con la evolución de la demanda. Nos toca encontrar el equilibrio justo”.

El recorrido no termina en las bodegas, sino en la calle del Laurel, en el centro de Logroño, donde las copas de vino se chocan con los vasos de las cañas y las tradicionales tapas circulan de mano en mano. Ahí, las conversaciones fluyen, así como los aromas de fruta roja y sotobosque en las copas. Un pincho de hongo con camarón o una tortilla cumplidora acompañan la degustación.
Encontramos en el salón del restaurante Iruña a Víctor Pascual, una personalidad del vino riojano, expresidente del Consejo Regulador de la DOCa. Sentado ante un plato de espárragos servidos sobre mantel inmaculado. “Las barricas son parte de la esencia de los vinos de Rioja y van a seguir siendo”, dice. “Es verdad que para vender fuera de España, tenemos que adaptar nuestro discurso y no solamente hablar de reserva o gran reserva, que son términos que funcionan aquí sobre todo”. El millón de enoturistas que los visitan al año y quieren verlas le da optimismo a Pascual, que concluye: “La barrica es nuestro emblema y sigue teniendo futuro”.






