
No siempre es una experiencia traumática, revela un estudio
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Reescribir la historia personal en una versión optimista es una tendencia que tiñe buena parte de la psicología actual. En ella se inscribe el trabajo de la terapeuta familiar argentina Ilana Sever, docente de la Universidad de Haifa, Israel, que volvió a Buenos Aires para presentar en la Fundación Familias y Parejas un estudio sobre las consecuencias del divorcio.
"Durante años, el divorcio fue analizado desde una perspectiva negativa, por los presuntos daños, las lesiones psicológicas y los efectos traumáticos que se le adjudicaron. En la década del 90 aparecieron estudios que sugirieron que no era una experiencia tan terrible ya que la mayoría de los hijos de padres divorciados se acomoda a la nueva situación sin efectos traumáticos. Se comenzó a ver lo bueno de lo malo", dice Sever.
Según esta nueva mirada, una situación que se presentaba como necesariamente traumática pasó a verse como una oportunidad de aprendizaje y crecimiento, sin perder el carácter de vivencia no deseada para los hijos.
"El divorcio de los padres no tiene por qué significar para los hijos un trauma; por el contrario, con el tiempo puede incrementar la confianza en sí mismo, estimular el proceso de maduración, fortalecer el sentido de responsabilidad, favorecer la adaptación flexible a los cambios, aumentar la preocupación por los otros y la capacidad de entender los conflictos de relación, teniendo una perspectiva más realista acerca de las relaciones de pareja", postula Sever.
La terapeuta llegó a esas conclusiones tras entrevistar a 160 hijos de padres divorciados, de entre 20 y 30 años. Al referirse a los efectos que había dejado la experiencia, el 44% consideró que los positivos superaban los negativos, y el 4% sólo encontró efectos positivos.
En definitiva, la mitad confesó que la situación familiar había sido dolorosa, pero no necesariamente traumática, es decir que les había dejado varias enseñanzas positivas y en no pocos casos había mejorado su capacidad de relacionarse con los otros.
"Lo importante es no sentirse predestinado a una condena de por vida y considerar los problemas como un desafío del que se pueden obtener aprendizajes positivos", alienta Sever.
¿Cómo posicionarse desde una vereda optimista? "Existen dos modos de afrontar la situación -dice Sever-. Uno es el que se sostiene en el apoyo recíproco, en el recibir y brindar apoyo; el otro es el defensivo, encerrado en la bronca, la vergüenza o el miedo."
Para obtener los beneficios de la primera posición, la investigadora privilegia la comunicación continua y estable de los padres con los hijos, que deben tener un espacio para opinar y comunicarse.
"Durante el proceso de divorcio es fundamental que los adultos mantengan abiertos los vasos comunicantes entre los integrantes de la familia; hay que crear situaciones que permitan conversar sobre lo que está sucediendo, comunicar las dificultades y buscar los recursos para enfrentarlas, ofreciendo el apoyo necesario. No todo es ser hijo de padres separados: son muchas las áreas en las que la vida puede tener el giro que le quieran dar."



