
El fin del silencio: las historias de tres pacientes que hoy pueden escuchar gracias a un implante coclear
Una alarma que no despertó a una bebé, un silbido que anunció una pérdida súbita de la audición y una enfermedad que durante años avanzó robándose sonidos: las historias de Martina, Luis y Fabián muestran cómo un implante coclear puede transformar la conexión con el mundo
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La pérdida de la audición puede tener infinitas caras. A veces acompaña desde el nacimiento, otras llega de la noche a la mañana como un golpe inesperado. También hay pacientes en los que avanza lento, robándose los sonidos mes a mes. La sordera no discrimina edad, ni tiene tampoco una única velocidad. Un punto común es que en gran parte de los casos empuja a las personas que la sufren al aislamiento social, y a la vez a la búsqueda de estrategias para seguir tendiendo puentes con el entorno cuando el mundo sonoro se apaga.
Las historias de Martina, Luis y Fabián engloban todo eso: qué se siente no haber escuchado nunca; o dejar de escuchar de un momento para el otro; o saber que llegará el día en el que ya no vas a escuchar. Y qué sucede cuando el implante coclear abre la posibilidad de un despertar: el punto de inflexión en el que parece que ya no hay nada que hacer hasta que la tecnología aparece para romper ese techo.

Martina: “Lo más parecido a un milagro”
Martina Angiono llegó al mundo con hipoacusia bilateral profunda. Cuando nació se veía como una beba normal hasta que una noche, cuando tenía apenas cuatro meses, una alarma sonó justo al lado de su cuna. Pero ella siguió durmiendo como si nada. Sus padres, naturalmente, se preocuparon: empezaron a hacer estudios y a consultar, aunque al principio el panorama no resultaba demasiado claro. “Es que tal vez me hacían morisquetas y yo me sonreía. Pero la respuesta no era por el sonido, sino por el movimiento o la sonrisa del otro”, cuenta Martina, que hoy tiene 18 años.
Hasta que al fin llegó el diagnóstico: no escuchaba nada. Absolutamente nada. La familia se informó con especialistas y comenzó a buscar enseguida opciones de implantes cocleares. A diferencia de los audífonos (que solo amplifican el sonido, y por eso resultan útiles para un oído debilitado), lo que hace el implante es “saltarse” la parte del oído dañada y transformar las señales sonoras en impulsos eléctricos que estimulan directamente el nervio auditivo para que el cerebro pueda interpretarlos. Eso permite que las personas con sordera profunda perciban el sonido de forma clara.

Los Angiono conocieron a Cochlear y desde entonces eligieron siempre los dispositivos de la compañía de salud auditiva, que en la Argentina comercializa Tecnosalud. Cuando realizaron sus implantes en ambos oídos, Martina tenía un año y medio. Hasta entonces no había percibido jamás un solo sonido y de pronto comenzaba a abrirse para ella un mundo nuevo: el de las palabras de sus padres, los ruidos de la calle, el ladrido de un perro, su propia voz. Algo que para quienes escucharon siempre resulta inimaginable. “Mis papás querían que yo escuche y hable –relata–. Y lo hice, pero llevó tiempo: recién aprendí a hablar alrededor de los tres años. Me leían cuentos, me tenían paciencia, y todo el jardín al que iba me acompañó. De ahí en más mi vida fue perfectamente normal, salvo que puedo elegir sacarme el implante y no escuchar nada de nada. Esa es un poco mi historia”.
Un implante coclear consta de dos partes principales: un componente interno y un procesador externo. Este último puede ser de tipo tradicional o “retroauricular” (que se cuelga detrás de la oreja), o bien un dispositivo compacto que se adhiere magnéticamente a la cabeza como si fuera un imán, dejando la oreja completamente libre. A medida que avanza la tecnología esta parte externa se va renovando, por lo general cada cinco años.
Martina tuvo ambos modelos (al retroauricular le decía “la bananita”) y hoy usa el Kanso 2, que es pequeño, muy ligero y se sujeta directamente a la cabeza. “Es mi favorito –dice–. Lo amo porque se conecta directo al celular y funciona literalmente como si fuera un auricular Bluetooth que llevo puesto todo el tiempo. Desde la app veo el nivel de batería, regulo el volumen y hasta se pueden hacer calibraciones a distancia. Y si estoy en un lugar con mucha gente, puedo activar una función para enfocar el micrófono hacia la persona que me habla y escucharla mejor”.
Martina va a la facultad (estudia Diseño), sale con sus amigos, baila, corre, maneja. Le encanta escuchar música. Y hasta se dio el gusto de dar una charla TED. “No hay nada impedido con mi sordera –reflexiona–. Absolutamente nada. Para mí, el implante es lo más parecido a un milagro”.
Luis: “El mejor día de mi vida”
Una noche de 2020, en plena pandemia, Luis Ordóñez se acostó a dormir como siempre hasta que sintió un silbido fuertísimo. Se incorporó, pero la confusión pasó pronto. Siguió entonces durmiendo, y al rato sobrevino un segundo silbido todavía más potente: su oído izquierdo había dejado de funcionar. No escuchaba nada. Al día siguiente fue con su mujer a una guardia. Descubrieron que si bien no existía, como les habían advertido, un peligro de derrame, su oído se había literalmente “desenchufado”.
“Se llama sordera súbita – cuenta hoy Luis a sus 70 años–. Y en mi caso el principal efecto que tuvo es que me empecé a aislar. Porque en una reunión con mucha gente, o en un cumpleaños, no escuchaba nada. El oído derecho funcionaba, pero se me saturaba. Y para peor empecé a tener tinnitus, que es un silbido permanente que también empeoraba en entornos ruidosos”.
“Al tiempo me pusieron audífonos: un sistema que se llama CROS –detalla–. Como en un oído ya no había nada que hacer, me equiparon el lado que todavía funcionaba y en el otro me pusieron una especie de repetidor. La idea es captar el sonido del lado sordo y pasarlo al oído sano, más que nada para darte una ubicación en el espacio. Si un auto te toca bocina del lado izquierdo, el aparato te avisa para que no pienses que viene del otro lado. Te da cierta ambientación. El problema era que, aunque me ayudaba a orientarme, la saturación del oído derecho no me la sacaba nadie”.

Hasta que, sin buscarla, surgió la alternativa del implante. “Me lo dijo una doctora en seco: ‘Ya es hora de que te hagas un implante’. Yo ni siquiera sabía de qué se trataba. Entonces tenía 68 años. Con mi mujer nos pusimos a investigar y nos encontramos con opiniones divididas, muchos me decían para qué me iba a operar a mi edad, si del otro oído escuchaba bien, que no valía la pena. Hasta que di con una médica que me explicó todo de una forma clara: que en realidad la operación no era nada del otro mundo, y que recuperar la audición iba a llevar un tiempo, pero era algo posible”.
Luis tomó la decisión de hacerlo, a lo que también contribuyó el hecho de que los implantes cocleares están cubiertos al 100%, porque están contemplados dentro del Plan Médico Obligatorio (PMO).
“El mejor día de mi vida fue cuando me lo activaron. Empezaron a mandarle los pulsos eléctricos y yo estaba otra vez escuchando de mi oído izquierdo, cuando pensaba que era algo que ya no tenía solución. Tuve que hacer rehabilitación durante un año. Y con el tiempo recuperé mi vida social y volví a hablar hasta por los codos. Llevo el Kanso 2 de Cochlear, que además me alivió el tinnitus”, repasa. Y concluye: “El implante coclear es algo que recomiendo toda la vida”.
Fabián: un botón de reinicio
Fabián Andrada tenía cerca de 20 años cuando empezó a notar que su audición disminuía. Fue a consultar a un otorrino y se hizo una audiometría, que no arrojó resultados demasiado alentadores. Hasta que fue derivado a un especialista que le diagnosticó otoesclerosis.
“Nosotros tenemos en el oído tres huesitos que cuando entra el sonido vibran”, explica hoy Fabián, a sus 44 años. “Esa vibración empuja el líquido de la cóclea: y ahí es cuando escuchamos. La otoesclerosis es básicamente una esclerosis, un endurecimiento que te traba esos huesos. Afecta a los huesos del oído, haciendo que dejen de moverse y que el sonido no pase. Entonces yo no escuchaba, o más bien escuchaba poco, en los dos oídos. La enfermedad avanza en forma progresiva, y no en todas las personas con la misma celeridad. Tal vez podés vivir con otoesclerosis 20 años, o quedarte sordo en cinco”.
La pérdida de la audición que genera la otoesclerosis es operable: uno de esos huesos calcificados puede reemplazarse por una prótesis, tras lo cual la enfermedad puede avanzar o no. “Yo me operé y viví casi dos décadas escuchando perfecto. Pero durante la pandemia empecé otra vez a sufrir dificultades en mi oído izquierdo. Y para peor los barbijos, las pantallas y las barreras hacían que la comunicación resultara pésima. Fui entonces por el camino de pedir el certificado de discapacidad y conseguir audífonos. Pero en el tiempo que llevó hacer ese trámite descubrí que el oído izquierdo ya no se podía ‘equipar’, esto es: por más que me pusieran un audífono al máximo volumen, no iba a escuchar nada. Entonces pasé al sistema cross, porque solo me podía manejar con el oído derecho, pero con una limitación terrible”, cuenta.
Fabián describe con mucha precisión cómo es la búsqueda de estrategias para alguien que tiene la audición disminuida: “Desde saber dónde ubicarte en una mesa con otra gente hasta reaccionar sonriendo porque la otra persona sonríe, por más que no tengas la menor idea de qué dijo. Empecé a notar también que, si les tenés que estar pidiendo todo el tiempo que te repitan, las personas se fastidian. Y entre no parecer sordo ni tonto, uno se termina aislando”.

En un momento debía hacer un recambio de audífonos (suelen renovarse cada cinco años), y de su prepaga le solicitaron que presentara tres presupuestos. Fue buscando alternativas en Internet que dio con Tecnosalud, donde le respondieron que no ofrecían audífonos sino implantes, aunque lo invitaron a que les contara su caso para evaluarlo. La respuesta del equipo lo dejó perplejo: era un candidato perfecto que no solo podía implantarse, sino que debería haberlo hecho hacía bastante tiempo. “Yo había empezado a estudiar lenguaje de señas, porque todo indicaba que tarde o temprano me iba a quedar completamente sordo. Y de repente alguien me decía que podía tener una solución que nadie, en más de 20 años de consultas y tratamientos, me había comunicado”.
Armó la carpeta, su prepaga dio el ok y en septiembre de 2025 se hizo su primer implante en el oído izquierdo, y no solo eso: Fabián es el primer implantado en la Argentina con el Sistema Cochlear™ Nucleus® Nexa™, presentado por Cochlear como el primer y único sistema inteligente de implante coclear del mundo. Hace pocas semanas se hizo su segundo implante. Y hoy su futuro es radicalmente otro. “No todas las recuperaciones son iguales. La mía resultó muy rápida. Y fue increíble. Lo que quiero combatir ahora es la desinformación sobre esta tecnología, no solamente entre la gente en general sino en el mismo sistema de salud. Porque fue casi de casualidad que descubrí que podía solucionar una discapacidad”.
Los testimonios de Martina, Luis y Fabián dejan en claro que un implante coclear, además de tecnología de vanguardia, funciona sobre todo como una especie de puente que devuelve parte de la identidad y la posibilidad de recuperar la conexión con el mundo. La experiencia es diferente para todos. Pero gracias a la ciencia la sordera ya no implica un destino inevitable de aislamiento, sino apenas una condición para la que hoy –afortunadamente– se abre la posibilidad de un botón de reinicio.
Conocé más en https://tecnosalud.com.ar/cochlear/
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