
Entre surf, bosques y acantilados, esta carretera es uno de los rincones más famosos de la isla; los imperdibles, los horarios, los desvíos, los silencios y esos secretos que vale la pena compartir cuando toca despedirse
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¿Hay una forma particular de nostalgia que aparece antes de irse. No cuando el avión despega, no cuando cambiás la hora del reloj, sino en ese momento incómodo en que todavía estás viviendo algo..., pero ya lo estás extrañando. Ese sentimiento apareció con fuerza en la Great Ocean Road australiana. Más allá de ser uno de los recorridos turísticos emblemáticos del país-continente, fue también mi hogar por casi tres años. Viví en su punto de inicio, y la recorrí una y otra vez, en invierno y en verano, con prisa y sin apuro. La conocí como se conocen los lugares que dejan de ser destino y pasan a ser rutina, paisaje cotidiano, referencia íntima.
Este artículo nace de esa repetición. De volver tantas veces al mismo camino hasta que deja de sorprender de inmediato y empieza a revelarse en capas. Es el resultado de la experiencia acumulada: los lugares que más se quedaron conmigo, los desvíos que aprendí a tomar, los horarios que lo cambian todo y esos pequeños secretos que sería injusto guardar solo para mí.
Esta famosa carretera costera de poco más de 240 kilómetros de extensión recorre el sur del estado de Victoria, y une las localidades de Torquay y Allansford. Fue construida entre 1919 y 1932 por soldados australianos que regresaban de la Primera Guerra Mundial y funciona hasta hoy como el “monumento de guerra” más largo del mundo. Aunque ese dato suele quedar eclipsado frente a algo mucho más inmediato: el paisaje.

La ruta avanza pegada al océano Pacífico, bordeando acantilados abruptos, playas abiertas al viento, bosques de eucaliptos y pequeños pueblos con vista al mar que viven a otro ritmo. Es conocida especialmente por formaciones naturales como los Doce Apóstoles, por sus playas de surf de clase mundial y por la posibilidad -bastante concreta- de cruzarse con koalas, canguros y aves nativas sin necesidad de buscarlos demasiado. Parte de su fama tiene que ver con la experiencia del recorrido: las curvas constantes, los cambios de luz, la sensación de que el camino nunca se acomoda del todo. Es una carretera que obliga a ir atento, a detenerse seguido.
Tengo un apego especial con Torquay porque fue mi casa. Es uno de esos pueblos donde la vida empieza temprano, incluso para los estándares australianos, que ya son exigentes. A las cinco de la mañana, el día está oficialmente en marcha: el cielo se vuelve rosado sobre Whites Beach, el mar todavía está ordenado.
Aquí el café no es accesorio, es parte de la cultura. Cafeterías como Salty Dog o Torquay Larder viven su hora punta al amanecer, cuando surfistas con el pelo mojado, trabajadores con chalecos reflectantes y caminantes madrugadores, se cruzan con un amigable “G’day” .

El mar está siempre a un máximo de cinco minutos de distancia. El primer punto turístico que aparece en prácticamente todas las guías de la zona es Bells Beach, conocida por sus olas poderosas y porque es sede del Rip Curl Pro Bells Beach, uno de los campeonatos de surf más antiguos y prestigiosos del mundo, parte del circuito de la World Surf League.
Lejos del ruido de los grandes eventos, lo mejor de Bells no ocurre en competencia, sino al atardecer. Basta subir hasta el mirador de Winkipop, llevar un termo con té -el viento siempre es fuerte- y sentarse a mirar cómo los surfistas entran al mar a desafiar olas enormes.
Detrás del mirador hay un pastizal donde casi siempre aparecen canguros. Caminan lento, se detienen, miran el océano como si también evaluaran el swell.
Lorne y sus sonidos
Este pueblo es, en apariencia, una postal clásica: una playa amplia, bien protegida, ideal para nadar, caminar o simplemente sentarse a mirar cómo el mar entra sin violencia. La verdadera magia está hacia adentro, en las cascadas que se esconden en el bosque. Erskine Falls es la más conocida, y con razón: una caída de agua elegante, constante, rodeada de vegetación espesa. Eso sí, conviene venir con buenos zapatos. El sendero que baja hasta la base es corto, húmedo y persistentemente resbaloso. Un detalle menor, salvo por el hecho de que, en mi experiencia, el musgo tiene una clara vocación pedagógica y se asegura de que uno aprenda por repetición.

El sonido es otra cosa: pájaros que no se parecen a nada conocido, llamados agudos, ruidos secos, ecos que podrían pertenecer perfectamente a dinosaurios. En Australia, francamente, uno aprende a no descartar ninguna posibilidad cuando se trata de flora y fauna.
Dentro del mismo universo verde que rodea Lorne, hay otra parada que quedó entre mis lugares favoritos de toda Australia. Bosque adentro aparece Lake Elizabeth, un lago tranquilo, rodeado de altos mirtos australes. El lugar es conocido porque, con algo de suerte y mucha paciencia, se pueden ver ornitorrincos. El sendero forma un loop que bordea el lago y toma alrededor de dos horas.
Kennett River suele aparecer en todas las guías como el lugar para ver koalas. Y lo es. Pero como casi todo en la Great Ocean Road, el cómo importa tanto como el dónde. Primera recomendación (y esta va con experiencia acumulada): evite el Cafe Koala. Es malo, está lleno de turistas y no aporta nada.
Lo mejor es seguir de largo unos metros y doblar a la derecha, alejándose del ruido y entrando de verdad al bosque por la Kennett River Nature Walk. Esta caminata puede extenderse por un par de horas, donde los koalas aparecen sin espectáculo: dormidos en las ramas, abrazados al tronco, completamente indiferentes a la fama que tienen. No hay que buscarlos demasiado; basta con levantar la vista.

A lo que sí conviene prestarle mucha atención es a los rosella carmesí, unos pájaros de colores intensos, modales discutibles y sorprendentemente estratégicos. Kennett River funciona de esta manera: sin café memorable, sin grandes miradores, pero con uno de esos paseos que se sienten genuinos.
Una bahía para quedarse
Apollo Bay es el lugar más recomendable para pasar una primera noche. No solo por ubicación (queda justo donde la Great Ocean Road empieza a volverse más salvaje), sino porque tiene esa rara capacidad de hacerte pensar, muy seriamente, ¿y si me quedara a vivir aquí?
Hay lugares que invitan a la fantasía inmobiliaria con una facilidad inquietante y Apollo Bay es uno de ellos. Creo que es porque este pueblito logra algo difícil: equilibrar campo y playa, sin que ninguno se sienta impostado. Es pequeño, acogedor, caminable. Hay cafeterías muy buenas, panaderías que huelen a manteca desde temprano y restaurantes que no necesitan gritar para ser memorables.
La playa, Apollo Bay Beach, es extensa, abierta y limpia. Un lugar donde se puede nadar, caminar por horas y quedarse mirando el mar sin que el viento te expulse a los cinco minutos. Para ver el amanecer, hay un lugar que no falla: Marriner’s Lookout. La subida es corta pero intensa, y la recompensa es clara: el pueblo todavía dormido, la bahía extendiéndose como un anfiteatro y el sol apareciendo lento, ordenando los colores.
En los alrededores, Apollo Bay se expande sin perder su calma. Hacia el interior se ven los pliegues verdes del Great Otway National Park; hacia el sur, el océano vuelve a abrirse. Uno de los desvíos más lindos y menos concurridos es Elliot River Addis Bay Coastal Reserve, una mezcla perfecta de río, playa y vegetación costera. El Elliot River desemboca ahí con suavidad, formando pozones tranquilos antes de encontrarse con el mar, ideales para nadar.
El largo sendero de los Apóstoles
La Great Ocean Walk es un sendero de más de 110 kilómetros que conecta Apollo Bay con los Doce Apóstoles, atravesando acantilados, playas remotas, bosques costeros y parques nacionales. Es una caminata pensada para varios días, con tramos que exigen planificación, logística y un respeto serio por el clima. No la hicimos completa, pero sí caminamos algunos de sus tramos más accesibles, suficientes como para entender por qué este circuito es considerado uno de los grandes trekkings costeros del país.

Uno de los puntos clave del recorrido es el Cape Otway Lighthouse, el faro más antiguo que sigue en funcionamiento en Australia continental. Está ubicado dentro del Great Otway National Park y mira directamente hacia el océano, vigilando el borde del continente.
A pesar de que es uno de los tramos más destacados de la Great Ocean Road, sorprendentemente poca gente se detiene aquí. Muchos pasan de largo, apurados por llegar a los íconos de piedra más famosos.
Después de los Doce Apóstoles, muchos dan media vuelta. El viaje, para varios, termina aquí. Pero seguir avanzando hacia el Bay of Islands Coastal Park permite cambiar de registro: un paisaje igual de poderoso, pero sin testigos. Esta zona funciona como una versión más contenida de lo que ya vimos antes. Acantilados de tonos ocres, formaciones rocosas aisladas, playas amplias donde el sonido del mar no rebota contra multitudes.
A Childers Cove, por ejemplo, la encontramos casi por accidente en uno de nuestros tantos viajes. Teníamos ganas de parar en alguna playa para descansar un rato, sin expectativas mayores. La bajada es sencilla y el paisaje se abre de golpe.
El cierre perfecto del recorrido no está, estrictamente, en la Great Ocean Road. Pero pocas cosas en Australia funcionan de manera estricta. Tower Hill Wildlife Reserve es una reserva natural ubicada en el oeste del estado de Victoria, a unos minutos de la costa, formada dentro de un cráter volcánico extinto de más de 30.000 años.
Hoy, Tower Hill es un santuario de fauna nativa: canguros, wallabies, koalas, emús (inesperadamente elegantes) y una enorme variedad de aves que viven en libertad dentro del cráter, rodeados por lagunas, colinas suaves y antiguos flujos de lava solidificada. Lo interesante de Tower Hill no es solo su origen volcánico, sino la sensación de estar moviéndose dentro de un paisaje que se reconstruyó a sí mismo.
Este recorrido, claro, no es definitivo ni exhaustivo. Es, más bien, lo que queda después de muchas pasadas: lo que resistió la repetición, lo que siguió importando cuando el asombro inicial ya no estaba. Y lo que quedó escrito en el mapa personal imposible de borrar.
Por Aurora Coddou Navarro.

