
Con 6 casos cada cien mil, la Argentina tiene una de las tasas más altas de suicidio juvenil de América latina.
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Carolina tenía 19 años cuando decidió quitarse la vida. Se deprimía con frecuencia, tendía a aislarse del resto y a quedarse metida en la cama días enteros. Un día volvió de la facultad, tiró la mochila en el comedor, entró en su habitación y se ahorcó.
Seguramente, la historia de Carolina no se aleja demasiado de la de los casi 400 adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años que, según las estadísticas oficiales, se quitan la vida cada año. La tasa de suicidio juvenil en la Argentina es una de las más altas de América latina y una de las principales causas de muerte entre los jóvenes.
Y todavía hay más: una encuesta realizada entre 600 muchachas y muchachos de 14 a 24 años reveló que el 11 por ciento de ellos había pensado alguna vez seriamente en suicidarse.
La muerte buscada
El enigma que plantea el suicidio no es menor: a la muerte hay que sumarle el problema de la voluntad humana. Ya no se trata de un fallecimiento natural; la propia persona decide acabar con su vida. Este hecho posee efectos muy desestructurantes sobre los que quedan.
"Cuando ocurre un suicidio hay que pensar en un ámbito de irradiación de por lo menos siete personas -afirma el licenciado Carlos Martínez, presidente de la Asociación Argentina de Prevención del Suicidio (AAPS)-. Si se trata de un adolescente o joven, su decisión involucrará a sus padres, hermanos, primos, compañeros de facultad y de trabajo."
Con todas estas personas hay que realizar un trabajo que los especialistas llaman postvención . "Son todas las acciones que se desarrollan con los que quedan vivos para ayudarlos a comprender este fenómeno", explica la doctora en psicología Martina Casullo, profesora titular de la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Conicet, directora del doctorado en psicología de la Universidad de Palermo y que trabaja con adolescentes escolarizados.
"Es fundamental tomar la situación de suicidio de un par como una crisis -agrega la especialista-. Se debe intervenir de forma rápida, hablar del tema, terminar con el secreto y los rumores que suele generar todo suicidio y brindar un espacio donde se pueda expresar lo que siente. Si este espacio se anula, existe el riesgo de que se agreguen otros casos."
La escuela -o la facultad- pueden resultar escenarios especialmente dramáticos luego de un suicidio juvenil. Los primeros sentimientos que aparecen entre los compañeros son bronca y enojo. "Se sienten desestabilizados -añade Martínez-. Se preguntan por qué al que se suicidó no le resultó suficiente la vida. Pero, además, la reflexión sobre la muerte del otro activa la posibilidad de la propia."
Los especialistas coinciden en que para la gran mayoría el suicidio de un joven es algo virtualmente incomprensible. "No sucede lo mismo si se quita la vida una persona anciana -dice la doctora Casullo-. La sorpresa expresada ante un suicidio juvenil evidencia el gran rechazo que provoca. Se lo llega a considerar un hecho tan moralmente repudiable como matar a otra persona."





